Mostrando las entradas con la etiqueta -Monja. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta -Monja. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de junio de 2023

Dolores Pérez Pareja, Terciaria Mercedaria

Sor Dolores Pérez Pareja, Terciaria Mercedaria
Noviembre 20, 1830 - Septiembre 25, 1900

(María Dolores Pérez y Pareja, hermana gemela de Rosario)


Terciaria de la Merced, fue otra de las seguidoras fieles de la Azucena de Quito.


Nació en Cotacachi, Noviembre 20, 1830.

Muy tierna fue a vivir a Quito, donde vistió el hábito de la Virgen Redentora de Cautivos.


Monja del monasterio de Santa Clara en Quito. Su director espiritual la guió en una vida ascética, austera y mística.


Contemplativa y laica, amiga de las penitencias corporales y de las oraciones inmensas, la vieron en la Merced, delante del Santísimo, del Cristo que le hablaba o de la Virgen de Piedra.

Se ganaba el pan con su trabajo manual.


Llena de cosas de Dios esperó a su Bienamado para las Bodas Eternas.

Murió en "Fama de Santidad" en  Quito, Septiembre 25, 1900, a la edad de 70 años.

=
Fuente: oremosjuntos.net

viernes, 21 de julio de 2017

Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa, Monja Concepcionista

Venerable, Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa, Monja Concepcionista
Enero 16

1563 - + Enero 16, 1635

Mariana fue la primogénita de D. Diego Torres Cádiz y de Doña María Berriochoa Álvaro, que también tuvieron dos hijos varones; nació en el año 1563 en España.

La familia vivía en un pueblo de la provincia de Vizcaya, junto a las dependencias de la parroquia. Esta dichosa vecindad, a sus siete años, le daba lugar a ciertas fugas inocentes y frecuentes, con dirección segura y por todos conocida: ir a los pies del Sagrario, donde su corazón encontraba el amor de su vida.


Un día se produjo un gran incendio a causa de un descuido del sacristán, que consumió todo el templo, parroquias y sus dependencias, llegando el fuego hasta su casa, sus viñedos y pertenencias, reduciéndoles casi a la mendicidad. Por estas y otras razones, con esfuerzo y sacrificio, la familia se vio obligada a salir a Santiago de Galicia.

Rumbo a las Américas
En 1556, las piadosas mujeres de Quito, en comunión de ideales con su primer obispo, Don García Díaz Arias, habían elevado ferviente petición al Rey de España, Don Felipe II, para la fundación de un Monasterio de la Limpia Concepción.


Pasados algunos años, el Rey escogió personalmente en la provincia de Galicia, a cinco monjas Concepcionistas, que bajo la dirección de la Madre María de Jesús Taboada, llevasen a Quito el espíritu de la Orden de la Inmaculada Concepción.

Marianita contaba tan solo 8 años cuando lo supo. Creyó llegada la hora para dar expansión a sus ansias de amor sacrificado, correspondiendo a su Divino Esposo.


Rogó y obtuvo de su tía, la Madre Taboada, que la llevara consigo como aspirante a la vida religiosa.

Los razonamientos de su madre, peticiones de su padre y hermanos no fueron capaces para dar marcha atrás. La precoz niña veía ser esa su vocación y le hacia mucha ilusión. Se bien que, grande era el dolor de la separación de sus padres y de su patria, más grande era el fuego del amor Divino.

Después de pasar por grandes vicisitudes, al fin, al clarear el 30 de Diciembre de 1576, los clarines y tambores de la banda alegraban al pueblo por la llegada de las religiosas fundadoras.

Marianita, cuya entereza de ánimo no había flaqueado en la extremadamente dura prueba de la travesía; se convirtió en un núcleo de admiración y respeto.

Consagración al Señor
El 13 de enero de 1577, fue una fecha muy importante para la comunidad, que veía realizada la fundación. Por entonces Marianita estaba de Postulante. El 8 de septiembre de 1579 cumplidos todos los requisitos y casi cumplidos los 16 años, en una sencilla ceremonia tomó el Santo hábito. Sobresaliendo en la oración y la penitencia, se decía de ella, que "era una monja en miniatura".

El 4 de Octubre de 1581, Marianita, emite sus Votos entregándose por entero al Señor en un Místico Desposório: "Dios Esposo y dueño del alma ". Acabado de pronunciar los votos de Pobreza, Castidad y Obediencia, Marianita es sacada de sus sentidos y entra en un gozo estático por la aparición del Señor, quien amorosamente le acepta como Mística Esposa y le da a conocer profecías que se irán cumpliendo en el transcurso de los siglos, llegando hasta el siglo XIX.


En los Oficios del Monasterio
Fue muy probada por su propia tía, y en todo sobresalía con la virtud y humildad.
Se distinguía en todos los oficios  que le tocaba. Hay constancia de hechos con matices extraordinarios, como el multiplicar panes, porque no llegaban a toda la comunidad, siendo 'provisora'.

Curar a una joven que se dedicaba a los menesteres de la cocina y que un día se quemó la cara y el brazo; viendo que el facultativo no daba esperanzas por haberse formado ya una gangrena, ella se ofreció a atenderla y en un mes, hizo que todo desapareciera, sin dejar huellas.

Su alma se recreaba y gozaba con los detalles para los actos litúrgicos y sobretodo la Eucaristía, cuando era sacristana; también como vicaria de coro formó jóvenes en el canto, y armoniun para la solenmización de la liturgia.

La ciudad de Quito le llegó a conocer por sus consejos y ayudas que hacía con las personas que se acercaban al Monasterio, como la Madre.

Como Abadesa
A la muerte de su tía, la Madre María de Jesús, el año 1593, que había llevado 16 años en el cargo de abadesa y fundadora; la Madre Marianita fue proclamada por unanimidad Abadesa del Monasterio, contaba con 30 años.


Llega el término de su primer trienio, es reelegida por segunda vez, pero donde el Divino sembrador había regado, abonado y fecundado el dorado trigo, había crecido la cizaña. Una monjita criolla, a quien  los cronistas de su tiempo denominan "la capitana", apoyada por un eclesiástico, pariente suyo, provocó la desunión monacal.


Por aquellos tiempos la diócesis de Quito estaba bajo la dirección del Obispo Franciscano, Fray Luis López de Solís. Su vicario general, dejándose llevar por las palabras de la "monja capitana" destituyó de su cargo a la Madre Marianita y fue encarcelada en el mismo monasterio. Sólo la sacaban al refectorio para recibir de la comunidad improperios, insultos, desprecios, etc. mas ella, todo lo recibía con gran humildad y obediencia. Este ejemplo de sumisión, de no defenderse y solo confiar en su amado que todo lo sabe y lo permite para el bien del alma, sirvió para que otras hermanas se unieran a ella, llegando a 25 que pasaron por los mismos castigos, porque comprendieron que la cosa iba mal en la comunidad.

Por fin llega a los oídos del Obispo lo que estaban pasando en el Monasterio de la Limpia Concepción. Con dolor escuchaba las quejas del pueblo. Acudió pues al Monasterio para informarse personalmente y poner las cosas en su sitio y  la normalidad se fue restableciendo poco a poco gracias también a la bondad de la Madre Mariana de Jesús.

Aliento y consuelo de los demás
Uno de los muchos casos es el siguiente: Una madre que temía perder a la niña que esperaba con mucha ilusión, corrió al monasterio a pedir oraciones a la 'madre Marianita' y ésta le retornó a la hermana portera el obsequio de "agüita de anís del país" para que la tomara con confianza de que su parto iría bien y daría a luz una hermosa niña, sana, robusta, destinada por Dios para el Monasterio.


Pasado el tiempo, la niña ingresó en el convento. Se preparó para recibir el hábito y profesión religiosa y emprender el camino de la perfección, esforzándose siempre por pisar en las mismas huellas de santidad de su maestra; y así fue.


Cuando desempeñaba el oficio de enfermera, le preguntó a la madre si deseaba recibir los últimos sacramentos, esta le contestó que todavía no había llegado su hora, que los recibiría gozosamente el 16 último de su vida. Apenada la joven religiosa la dice:


Madre le ruego me lleve y no me deje ya que no tengo fuerzas físicas para resistir la dura prueba, a lo que la madre le respondió: pide al Señor esta gracia, si le place concedértela, prepárate para irnos. Y así sucedió, ella pide permiso a su madre abadesa para morir, pide que se le conceda el hábito más viejo para su mortaja, pide que venga su confesor, pide un hoyito en la huerta para su entierro, pide perdón a toda la comunidad y llena de alegría va a los pies de Jesús y se deshace en lágrimas de felicidad.

Cuando la madre Mariana murió, ayudó a preparar las cosas en la sacristía y ya colocado el cadáver en el coro para la ceremonia que se celebra al día siguiente, pidió a la Madre abadesa que le dejara pasar junto a su madre el último momento.

Se le concedió y se colocó a los pies con la frente y las manos sobre ella y no se movió de allí hasta que a la una de la madrugada vino la madre trayéndole una taza de caldo para que tomara y al llamarle no respondió; le llamó mucho la atención porque era una hermana dócil, la tomó del hombro para verla y cual fue el susto verla muerta con sangre en sus manos, boca y los pies de la difunta. La llevan a la celda y solo pueden confirmar su muerte. Así pues, la hermana Zoila Blanca Rosa de Mariana voló al cielo junto a su madre y maestra.

Era vista en Quito, como la 'madrecita' que arreglaba los problemas y conflictos familiares.

También se da fe del don de bilocación en Madre Mariana, para ayudar a los que se encomendaban a ella cuando hacían viajes en mulos ya que los caminos estaban llenos de ladrones.

Últimos días
La Navidad de 1534 fue una fiesta inolvidable para toda la comunidad, porque sabían que sus días se acortaban y todas querían unas palabras de la madre querida, que les decía entre otras cosas: "Mirad hijas mías, que mi destierro se ha prolongado mucho, todas mis hermanas fundadoras gozan ya de la visión de Dios, dentro de un mes y medio también yo os dejaré, como nos han dejado ellas".

La llama su biógrafo la 
"Monja que muere tres veces" porque se comprueba histórica y documentalmente que esta bendita monja, murió realmente en el año 1582; luego sigue viviendo y muere por segunda vez el 17 de septiembre de 1588, para resucitar y volver a morir definitivamente el 16 de enero de 1635 a la edad de 72 años.
A las tres de la tarde dejó de latir el corazón de Madre Marianita.


Cuerpo incorrupto de Madre Mariana de Jesús Torres, a quien Nuestra Señora del Buen Suceso le apareció en 1634 y le hizo numerosas profecias, varias de ellas ya realizadas, otras que se están cumpliendo y otras por fin que deben ocurrir.
Después de la muerte
Todo el pueblo de Quito se volcó para ver por última vez a la 
"madrecita buena". Entre el gentío había una pobre mujer, llamada Petra Martínez que deseaba llegar a las rejas del coro y suplicar curase a su niña ciega de nacimiento, que contaba con cinco años. No cesaba de repetir:


"Madre Marianita, duélete de nosotras! ¿Qué será de esta niña, después de mi vida? ¿Quién le acariciará como lo hacía vuestra merced? Insistía la madre, deje que la mire por primera y última vez mi niña, luego la madre metía la mano por las rejas con solo el deseo de coger una rosa que adornaba las andas y al no conseguir lo deseado salió corriendo y trajo un palo y así obtuvo lo deseado y con gran alegría cogiendo a la niña le frotaba los ojos pidiéndole a la madre Marianita le curase.

Y así entre llanto y súplicas se quedaron dormidas por un buen rato. Al cabo, la madre se despertó y comenzó nuevamente con sus rezos que despertó a la niña, la cual se incorporó poco a poco en las faldas de su madre y luego dando un salto a las rejas exclamando:

"Madre Marianita qué bonita ha sido, pero no duerma ya más, despiértese y levántese, otra madrecita tan bonita también está durmiendo"


A estas voces la madre no cabe en su asombro y el milagro se cumplía.

Son muchos los prodigios obrados por la intercesión de esta sierva de Dios.
=

sábado, 15 de julio de 2017

Carmen Inés Barona Guzmán, Monja Dominica

Carmen Inés Barona Guzmán, Monja Dominica
Abril 12, 1860 - Noviembre 8, 1932,
a la edad de 72 años
BEATA.- Nació en Ambato, Tungurahua, Ecuador,  el 12 de Abril de 1.860 y fue la octava hija legítima de Angel María Barona Vásconez y de María del Rosario Guzmán Suarez, ambateños.

Vino al mundo envuelta en el saco amniótico y parecía cubierta de una tela blanca dicen las crónicas familiares, lo cual es muy normal cuando no se rompe la fuente, pero su madre creyó con la simpleza propia de aquellos atrasados tiempos, que esta circunstancia constituía un signo extraordinario y que la criatura estaba predestinada para algo grande en la vida, así se lo inculcó desde pequeñita y hasta decidió darle de lactar sin ayuda de nodrizas como se acostumbraba por entonces, después le tomaría a cargo en su alimentación material y formación espiritual.

Desde los tres años la llevaba consigo a la vecina iglesia de Santo Domingo y como la niña era muy inteligente, en todo pretendía ser como su madre y buscaba sus ropitas para vestirse como cuando concurrían a la iglesia. "Hasta me conseguí una alfombrita e iba por los corredores oyendo misa."

En el escritorio de su abuelito Guzmán, en cuya casa habitaban, escogía las obleas que él tenía para pegar las cartas, hacía con ellas las sagradas formas y comulgaba, pues era traviesa, alegre y con sus continuos juegos llenaba la casa de felicidad.

De ocho años hizo la primera comunión. Era vanidosilla pues le pedía a su mamá trajecitos bien hechos y con ciertos adornos, cantaba, bailaba, comía bien, se pasaba mirando en el espejo y cuando notaba que el peinado no estaba a su gusto, martirizaba a una de sus hermanas mayores porque no se lo arreglaba como ella quería.

Con su abuelito, sus padres y hermanos concurría a los toros, a las equitaciones y al teatro. De diez años, por una corta temporada estudió en la escuelita mixta del maestro José Navarrete, que con la de Encarnación Saa de Ceballos eran las únicas en Ambato, aprendiendo a leer y a escribir, las cuatro reglas de la Aritmética, algo de Gramática, el Catecismo de Pauget, un poco de Carreño o urbanidad de señoritas y la Historia Sagrada; pero su madre la hizo salir porque no estaba bien que una señorita anduviera por las calles. Por eso no pudo rendir ningún examen público y dado su carácter piadoso, al verse recogida al interior de su casa, siguiendo los consejos de su madre empezó a frecuentar diariamente las iglesias y se entregó por entero a Dios, (1) con lo cual se perdió para el mundo.

La madre le proporcionaba trastecitos y ropitas adecuadas a la vida de piedad que le había elegido, todo en pobreza, para lo cual le compuso un cuartito donde Carmen Inés se estaba tranquila en sus devociones bajo la mirada benéfica de su confesor el Padre Juan de Dios López, Párroco del lugar.

En el cuarto tenía una humilde cama de palo con cortina blanca, por una mesa un cajón con la imagen de Mariana de Jesús, un ropero y dos baúles, uno grande y otro chico, y habiéndole robado a su madre los cilicios de la tía abuela Margarita Sevilla, ya fallecida, que encontró guardados en un ropero, comenzó a usarlos a diario. Estos cilicios eran de alambre tejido color amarillo, amarrados con unas reatas azules. Y como por las penitencias que le ordenaba su confesor comenzara a flagelarse, un día amaneció el cuarto salpicado de sangre y su madre solo atinó a decir ¡Qué

(1) En su casa se vivía un ambiente de profunda religiosidad, pues sus padres eran católicos a ultranza. En l.886 ingresó al Monasterio del Carmen Bajo (Moderno) de las Carmelitas descalzas su hermana menor María del Rosario, quien llevó una vida de continuos sacrificios hasta su muerte ocurrida en l.925 a causa de lupus. Para entonces también profesaban su sobrina Mercedes Barona, Monja carmelita conocida en religión como Sor Carmen de la Santa Faz y una prima hermana María de la Paz Barona, Monja en los Sagrados Corazones.
imprudencia la del padre! y lloraba, pero no hacía nada para impedirlo porque tenía una visión simple de la vida y carecía enteramente de personalidad. Era, lo que se dice, una completa tonta.

Carmen Inés leía el Año Cristiano con su mamá y entre ambas sostenían pláticas piadosas, pero su mayor placer era vivir la vida escondida dentro de su cuarto, encantada de su soledad. Entonces llegó a su noticia que había una novelita muy linda intitulada "Genoveva" del Abate Smith, que era tan preciosa que en los exámenes públicos se repartía de premio entre las niñas del Colegio y empeñada con su mamá la consiguieron y empezaron a leer con avidez, pero sintieron tal emoción en el alma y amargura en el corazón, que empezaron a llorar. Al oírlas, su padre, se apersonó ¿Qué es lo que pasa? ¿Cuál es el motivo de este llanto? Estamos leyendo a Genoveva y ha sido tan tierna que no es para menos! Vaya, vaya! dijo el buen señor ¡Creía que había ocurrido algún acontecimiento grave y me preocupó mucho! retirándose a su cuarto y dejando solas a las dos inconsolables lectoras de Genoveva.

Días después Carmen Inés entró en remordimientos por haber leído su primer libro profano y arrepentida, hizo solemne juramento de no volver a caer en el " pecado" de leer novelas y no volvió a tocar otro libro en toda su vida, a no ser que se tratara de obritas de estricta piedad o las que le proporcionaban sus confesores dominicanos, de suerte que se quedó ignorante y para colmo encerrada en un mundo de penitencias y culpas, de cilicios y flagelaciones, aprendiendo únicamente a morir como en los tiempos del tenebrismo de la Contrarreforma, sin conciencia que todo es cambio en Occidente y que la vida y la religión ofrecen múltiples aspectos provechosos para el desarrollo de la humanidad.

El 25 de Diciembre de 1.879 ingresó a la Tercera Orden Dominicana donde era Hermana su tía Carmen Guzmán Suarez y recibió el hábito de manos de Fray Miguel Pagés. Realizó su profesión el 11 de Marzo de 1.880 y decidió despojarse de todas sus galas externas en sus vestidos y zapatos, de su ropa de seda, de sus alhajitas que obsequió a la virgen pues quería vivir a plenitud las disposiciones del Manual de la Tercera Orden, en completa pobreza evangélica.

Viendo su ejemplo, su madre también se hizo Terciaria y entre ambas confeccionaban hermosos ramos de flores de papel y tela para adorno de los altares de la iglesia de Santo Domingo y cuando habían procesiones tomaban a cargo la confección y arreglo de las andas con muchas y delicadas labores de mano.

Por esos días Carmen Inés fue designada sacristana - ropera y camarera de la imagen de la virgen del Rosario de Pompeya, advocación que los reformadores dominicanos venidos de Italia por orden de García Moreno habían iniciado en el Ecuador. Como sacristana estaba obligada a lavar y planchar los corporales, purificadores y lavados que servían para las misas y como Ropera - Camarera cosía las vestiduras de las imágenes y las cambiaba para los grandes festejos. Su índole suave y complaciente se divertía con estas pequeñas naderías, luego ascendería por sus virtudes a Priora y Consejera.

Sus hermanos mayores le traían de sus viajes de Quito libros de instrucción religiosa, con los cuales formó una pequeña biblioteca, aunque más se distraía con la oración mental, sin intentar los altísimos caminos de la accésit mística que nunca llegó a conocer. La Tercera Orden era una cofradía de damas virtuosas dedicadas al servicio de Dios y del templo, no usaban hábito alguno pero podían emitir votos de pobreza, obediencia y castidad si lo querían. Había de todo, algunas damas eran viudas, aunque la mayoría eran casadas o solteras.

En 1.882 se produjo la batalla de Quero cerca de Ambato, entre las fuerzas del General Ignacio de Veintemilla y los Restauradores y tuvo la oportunidad de ayudar en un improvisado Hospital de sangre.

Al cumplir 30 años de edad en l.890, ya se había decidido por el celibato pues en su mentalidad pacata no había cabida para el matrimonio. En l.89l fue electa Subpriora de la Tercera Orden y el 92 reemplazó en el priorato a su tía Carmen Guzmán Suarez y aunque trató de rechazar el honor por humildad, terminó por aceptarlo porque el Padre Director le mandó a decir que no se niegue. En cambio, se ganó la emulación gratuita de una parienta que durante un año le hizo la vida imposible; mas, al cabo de ese tiempo, reconociendo su buen desempeño le fue a visitar, siendo recibida con los brazos abiertos y como si nunca hubiera pasado nada entre ellas.

En 1.894 su prima Mercedes Suárez Sevilla, compañera de toda su confianza, cayó herida como por un rayo en el interior del templo de Santo Domingo y murió en el comulgatorio. Este accidente impresionó tan vivamente a Carmen Inés, que desde ese día, ante el temor de la muerte y sintiéndose escogida por Dios, se dedicó únicamente a la vida contemplativa y de oración.

Como Priora ayudó a reparar el techo de la antigua iglesia de Santo Domingo cuyas paredes fueron elevadas para darle mayor prestancia. También llegó a su conocimiento que entre las terciarias de mayor categoría, una de ellas tomaba parte en conversaciones políticas en las cuales se expresaba con bastante libertad en favor del partido liberal, tenido por esos días como contrario al clero y a la iglesia.

La señora era de más que mediana edad y matrona muy distinguida. Carmen Inés la llamó en privado y le manifestó que su proceder no era ejemplar como convenía a una terciaria. Ella se excusó diciendo que varios miembros de su familia pertenecían a ese partido pero prometió enmienda, mas no se enmendó.

La Priora la llamó por segunda ocasión y dándole una nueva admonición le dijo ¡Si sigue Ud. de este modo nos separaremos de la Tercera Orden! La anciana se dejó asustar con la amenaza de expulsión, que hubiera sido escandalosa dada la pequeñez de la población, se humilló y juró enmendar su falta. Desde entonces quedó muda en materia política y los dominicanos italianos siguieron ordenando sobre las conciencias femeninas de Ambato hasta que al poco tiempo, con el triunfo del liberalismo, tuvieron que salir del país.
 
En otra ocasión, sabiendo que una joven terciaria iba a contraer matrimonio sin la voluntad de sus padres, le reveló que iba a tener un porvenir desgraciado. La joven no le hizo caso, abandonó la casa paterna y tal como se lo había pronosticado comenzó a sufrir y hasta se le llegó a desfigurar el rostro, al punto que llamaba la atención e impresionaba, lo cual fue tenido en Ambato como castigo divino por su desobediencia.

El 14 de Agosto de 1.895 uno de sus hermanos menores se sumó a la revolución contra el gobierno de los conservadores y se fue a caballo en compañía de un amigo. El gobierno había destinado un batallón, que tras un corto tiroteo con los jóvenes, ocupó Ambato. Esa noche algunos soldados fueron a la casa de los Barona Guzmán a requisar armas, pero Carmen Inés se armó de valor, los atendió cortésmente y evitó un ultraje a su padre, que estaba muy viejecito y en cama. Entre sus apuntes de vida manifiesta que unos pastusos entraron violentamente en su casa, cuando en realidad eran soldados del gobierno pues confundió episodios de la revuelta contra Veintemilla ocurrida en 1.882 cuando actuaron los pastusos en Ambato, con sucesos de la revolución liberal de 1.895 donde no actuó ningún soldado pastuso.

En l.896 falleció su madre. Carmen Inés, a causa de su histeria, empezó a sufrir una afección nerviosa que le hacía quedar como muerta tres horas al día y hasta se le cayó buena parte del pelo, pero se recuperó con oraciones y para distraerse fabricó una urnita para el Señor del Huerto y como su casa quedaba a solo ochenta metros de la plazoleta de la iglesia de Santo Domingo, todos los días iba tres veces y en cada ocasión sus criadas llevaban los objetos del culto junto a ella, de suerte que la gente empezó a tenerla por beata y como siempre había sido hermosa, un caballero que la vio por primera vez díjole ¡La señorita tiene cara de imagen! lo cual fue tomado como un cumplido.

Aparentaba fortaleza de ánimo pero era de constitución delicada y enfermiza y vivía en sobresaltos y en paroxismos provocados por su exagerada religiosidad que le hacía ver lo mundano como cosa del demonio y sucedió que una joven terciaria amiga suya quedó huérfana en grave pobreza y para colmo de males le empezaron a suceder ciertos fenómenos paranormales provocados por ella misma, dado su estado de exaltación nerviosa.

La amiga se quedaba inmóvil en el reclinatorio y no había quien la pudiere sacar, los rosarios se rompían en sus manos y desgranaban las cuentas, rasgaba las vestiduras y quedaba desnuda hasta la cintura por lo que había que cubrirla con un paño, daba de botes como una pelota entre los cimientos de la iglesia que estaba en reparación.

El asunto se hizo público y fue la comidilla de Ambato hasta que la enferma, histérica, descontrolada y que solo deseaba llamar la atención, se agravó y murió. Durante el tiempo de esta enfermedad Carmen Inés la acompañaba y alimentaba en su casa con gran dedicación, haciendo suyos los pesares ajenos, pues se pensaba que estaba poseída del demonio y era necesario cuidarla.
 
En 1901 viajó con una hermana a Quito a fin de tratarse de una leve dolencia y se quedaron un año en casa de diferentes familias. Nuevamente en Ambato volvió a ocuparse de la ropita de la Virgen como antes.

En Enero de 1.907 falleció su padre del corazón. Con su hermana Rosario se trasladó un año a Quito, habitando un departamento alquilado. Ambas vivían de diferentes sumas de dinero puestas a interés. De regreso a Ambato reinició su vida de costumbre, hasta que en 1.913, de 53 años de edad, empezó a sufrir de "tentaciones violentas y horrendas" que la atormentaron hasta Octubre de 1.914 y tal como le llegaron se le fueron, atribuyendo dichos deseos sexuales a la labor del demonio, empeñado en perderla, pues ni con jaculatorias, promesas u oraciones suspendía el embate porque estaba con la menopáusica.

Poco después murió un hermano suyo en situación misteriosa porque nunca se llegó a saber si falleció asesinado o se había suicidado. Esto la preocupó mucho al punto que diariamente rezaba por la salvación del alma de su hermano; pero una tarde cuando se cumplían seis meses de la muerte, las muchachas de su casa le llamaron la atención porque una avecita estaba volando sobre una de las ventanas. Todos presenciaron tan curioso vuelo hasta que después de un rato se encumbró el ave perdiéndose en los cielo, no sin antes decirle muy quedo "Beata, soy salvo" lo cual la llenó de gozo sin darse cuenta que era una trastada que le hacía su inconsciente.

De ese tiempo fue su costumbre llevar el hábito dominicano debajo de sus vestidos. En la cintura portaba un rosario colgado además del salterio de quince misterios. En su cuarto, transformado en oratorio, recibía las visitas de todos aquellos que acudían en busca de consuelo y oraciones, pues su fama se había regado por la población.

Entre los años 1.920 y 30 perdió a dos hermanas mayores llamadas Isabel Barona Vda. de Jauregui y Delfina Barona que se conservaba soltera. La primera falleció del corazón y la segunda de un lobanillo maligno.

Era natural en ella escuchar voces en el interior de su cerebro y como pensara que se estaba trastornando, su confesor la calmó indicándole que era el mismo Dios quien le hablaba. En otras ocasiones llegó a sostener largos diálogos con "su Jesusito" a quien le daba el tratamiento de esposo. Estos diálogos se han salvado por mandato de su confesor, pero solo contienen frases intrascendentes de alabanza, cortesanía y sumisión. (2)

En Abril de 1.932, con motivo de los solemnes festejos por el Centenario del natalicio de Juan Montalvo y la inauguración de su monumento fúnebre en el interior de la casa de la familia Montalvo, los sacerdotes dominicanos pensaron que era contrario a la religión exhibir el cadáver del escritor y a pesar que Carmen Inés era sobrina de María Aurelia Guzmán, esposa del Cosmopolita, fue obligada por su confesor a escribir tres cartas privadas "a su esposo Jesusito", para que no permita que con ese monumento, "en esa casa de corrupción", sea ofendido.

Su sobrino el Padre Jauregui Barona al comentar "estas curiosas" cartas, manifiesta que es la primera ocasión en que Carmen Inés se dirige a Jesús por escrito tratándole de esposo, locución familiar utilizada únicamente porque en un diálogo mental anterior, él mismo le había manifestado que "la amaba con delirio". Dado el carácter político de la protesta contra la traída de los restos de Montalvo desde Guayaquil, la Municipalidad de Ambato usó de gran discreción en el asunto y no se produjeron roces mayores, consiguiéndose que el civilizado Arzobispo de Quito, Manuel María Pólit, tan buen escritor como excelente diplomático, autorizara al Cura Vicario de Ambato a formar parte del Comité organizador y firmara con los demás miembros una Esquelita de Invitación oficial. No sucedió así con los ignorantísimos dominicanos que declararon la guerra santa pero nadie les hizo caso dada la fama del Cosmopolita y el día del traslado de los restos a Ambato el Cura Vicario concurrió portando una hermosa cruz de flores naturales que depositó al pie del féretro.

(2) Estoy pronta a hacer tu voluntad aún a pesar mío, pero algunas cosas están sobre mis fuerzas. Respuesta: Cuando yo tomo parte no están sobre las fuerzas, sacrifícate por tus pecados y por mi Pasión. ¿Porqué tanta bondad para conmigo cuando soy solo merecedora del infierno?
R.- Lavado está con mi sangre.
- Yo soy solo la causa de tu pasión.
R.- Quita la causa, haciendo mi voluntad.
¿Qué haré para corresponderte?
R.- Ámame, ámame. Yo como a mi criatura y tú como a tu creador.
¿Qué haré cuando estoy angustiada sin saber qué hacer?
R.- Ven a mi corazón pero no fuera, sino dentro de mi mismo corazón.
¿Dónde estaré? Si dentro de casa o dónde el Santísimo.
R.- Allá donde estoy tan ultrajado. ¿Qué te diré?
R.- Lo que yo te digo, que estoy allí por tu amor y que tu estás por mi amor. Estoy haciendo unas florcitas para mi mamá Virgen.
R.- Me complace que trabajes por ella. Tal vez me hará mal.
R.- No escudriñes mi voluntad. ¿De qué tienes sed Dios mío?
R.- De que me recibas, de que te unas conmigo, de estar en tu corazón, de que me consueles, de que seas toda mía, como Yo soy todo tuyo...!. etc. etc.

En sus últimos años de vida, agravadas sus exageraciones, muchos otros hechos "sorprendentes" le sucedieron como por ejemplo, que al tocar una imagen de la Vírgen se le encendía el rostro. En otra ocasión sufrió una cortadura en el cuero cabelludo a consecuencia de un vidrio roto en una ventana tomando a la herida por estigma. San Luis Gonzaga la visitó en el patio de su casa para ofrecerle una cruz, que resultó muy pesada para sus débiles fuerzas, según relató a su hermana.

Tras la guerra de los Cuatro días y derrota del grupo de los Compactados de Neptalí Bonifaz en Quito, se corrió la voz que los sacerdotes dominicanos iban a ser expulsados del país y Carmen Inés, aterrada, ofreció su vida a cambio del perdón de los religiosos.

Pocas semanas después cayó gravemente enferma con el aneurisma que siempre había tenido en la garganta, a consecuencia de lo cual tuvo una hemorragia y falleció entre las 12 y la 1 de la madrugada del 8 de Noviembre de 1.933, de 73 años de edad, sin asfixia ni agonía visible.

A sus funerales concurrió masivamente la población y fue sepultada en el mausoleo de los Jauregui Barona. Se dijo que había sido una señorita de costumbres austeras y sacrificadas, una Beata, dedicada por entero a la oración, lo que actualmente ya no se da debido al tráfago de la vida moderna.

En 1.936 el Padre Enrique Vacas Galindo escribió en Roma su biografía, editada el 38 en Ambato, en cuarto, en 481 pags. usando un estilo vacuo, ampuloso y aportando muy pocos datos de vida debido a que se encontraba en la corte romana, alejado de las fuentes históricas inmediatas, que no pudo consultar. Por eso esta obra está considerada entre las menos felices de su autor.
=