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domingo, 23 de julio de 2017

☆Santos, Beatos, Venerables, Siervos y Fallecidos en Olor de Santidad, Ecuador

Sant@s

Beat@s

Venerables

Sierv@s de Dios

Fallecidos en Olor de Santidad
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Fuente: OremosJuntos.net
Información recibida vía tefefónica y en la entrevista que tuve en Guayaquil, Ecuador, Octubre 2, 2006 en casa del Padre,
Hugo Vázquez Almazán
(Abril 29, 1936 + Abril 6, 2008)
Que después de una exaustiva y extensa investigación de muchos años, ha logrado reunir estos valiosos datos que muy gentilmente me los ha cedido, en víspera de la publicación de su libro "Nuestra Contribución al Cielo" cuyo borrador se perdió, pero yo dispongo una copia de ese Indice, que el me permitió fotografiar.

Fue publicada posteriormente en el 2014 por Monseñor Roberto Pazmiño +, tratando de recopilar por varios medios su original obra.

domingo, 2 de julio de 2017

Beato Victor Emilio Moscoso Cárdenas, Jesuita Mártir

Victor Emilio Moscoso Cárdenas, Jesuita Mártir

Nacido: Abril 21, 1846 - Cuenca, Azuay, Ecuador
Bautizado: Abril 27, 1846 - Cuenca, Azuay, Ecuador
Fallecido: +  Mayo 4, 1897 - Riobamba, Chimborazo, Ecuador
Nombre Completo: Salvador Victor Emilio
(Fue asesinado por órden de Flavio Alfaro.)
Emilio Moscoso nació en Cuenca en el año 1846. Era una época en la que Ecuador se hallaba enfrascado en una guerra con Colombia (1840). El gobierno colombiano, que era de corriente liberal antirreligiosa; había expulsado a los jesuitas, quienes vinieron a refugiarse en el Ecuador hacia 1850, expulsión impuesta con el argumento inverosímil de que ¡la expulsión de Carlos III (1767) estaba vigente! y ejerció presiones para que Urbina (presidente entonces del Ecuador) los expulsara de nuestro país.

Sin embargo, los jesuitas volvieron al Ecuador en 1862, traídos por García Moreno. El general Mosquera, presidente de Colombia, que veía con malos ojos la política del Ecuador bajo el régimen garciano, pretendió invadirlo y efectivamente llegó con su ejército hasta Ibarra. La Compañía de Jesús entonces, sintiéndose amenazada, quiso poner a salvo a sus estudiantes y novicios, enviándoles a Riobamba y al noviciado a Cuenca. Emilio Moscoso, que tenía entonces 18 años y había iniciado su carrera de leyes en la universidad, pidió entrar en el Noviciado. Fue de los 2 o 3 primeros novicios que ingresaron a Cuenca. El noviciado en Cuenca duró algo más de 2 años, tiempo suficiente para que el novicio Emilio completara el bienio. Los primeros votos los hizo en la capilla de Santa Mariana de Jesús (que en esa época era beata), por haber retornado el noviciado a Quito. Continuó sus estudios en el Colegio Seminario San Luis, distinguiéndose como buen filósofo, campo en el que ejerció su magisterio eficientemente.

Desde el año 1892 y por espacio de unos cuatro años, el P. Emilio Moscoso fue destinado al Colegio San Felipe. Dentro de la Compañía de Jesús, se sentía llamado a la docencia y trato directo con los estudiantes, de carácter sencillo y bondadoso, rehuía los cargos de gobierno, cuando le nombraron vicerrector del Colegio San Felipe, era claro que le costaba mucho asumirlo.

Mientras tanto en Guayaquil se proclama la Revolución Liberal en el año 1895. Con apoyo de mercenarios militares centroamericanos, el General Alfaro, y algunos soldados reclutado de la costa, emprende la campaña del centro del Ecuador hasta apoderarse de la capital de la República. En 1896, tras la fácil victoria de Gatazo, Eloy Alfaro dio por consolidado su poder sobre la República, mientras en la Sierra, pequeños grupos de resistencia se aglutinaban en Riobamba y sus alrededores. El gobierno concentró por eso, en este sector, fuerzas militares, y las suspicacias les hacían ver por todos lados movimientos revolucionarios. Empezaron de pronto a sospechar y perseguir al Obispo de Riobamba, Mons. Arsenio Andrade, al alto clero de la diócesis y a los jesuitas acusados de ser promotores de la resistencia conservadora. El 2 de mayo toman preso al Obispo, hecho que motivó el rechazo de la población y su amotinamiento. Al día siguiente, los jesuitas fueron tomados presos y llevados al cuartel.

Con tales noticias, los de la resistencia alarmados empezaron a aglutinarse y a acercarse a la ciudad; se habían hecho la ilusión de que uno de los cuarteles, tan pronto como las fuerzas de resistencia se acercaran a la ciudad, plegaría para apoyarlos. No ocurrió así, sino que se produjo el combate entre conservadores y liberales. El 4 de mayo a la madrugada, los liberales toman posesión por asalto del Colegio San Felipe. Al Sr. Obispo lo habían liberado por el amotinamiento de la gente, pero lo mantenían en calidad de preso en su casa. A los jesuitas les liberaron y les dejaron que volvieran a su comunidad.

Ni los del cuartel vecino al Colegio, ni los de la resistencia sabían que los jesuitas estaban en el Colegio. Al acercarse a la ciudad hicieron estos un agujero y entraron para atacar al cuartel por el lado sureste del Colegio. Por el lado de la Basílica que estaba en construcción lograron entrar al espacio del Colegio San Felipe. Los del cuartel, al sentirse atacados, creen que el ataque provenía del colegio y se lanzan al asalto, destruyen las puertas de la iglesia, la profanan, arremeten contra el sagrario, lo rompen, desparraman las formas consagradas y empieza la vorágine sacrílega desde las 4 am hasta las 8 am. La comunidad jesuita no se había percatado de la invasión. Los invasores se acercan a la comunidad jesuita, la maltratan con insultos y vejámenes. Van donde está el P. Moscoso a quien le encuentran orando en su habitación, y a quemarropa le dan dos disparos, que le matan instantáneamente. Una vez cometido el asesinato, quisieron cubrir el hecho poniéndole en las manos un fusil para decir que había caído en combate.

Pasados cien años de este acontecimiento, el 4 de mayo de 1997, se suscitó en la Academia Nacional de Historia Eclesiástica la iniciativa de promover la causa de beatificación del P. Emilio Moscoso., S.J., iniciativa que fue secundada por la Congregación de Religiosas Franciscanas de la Inmaculada, y haciéndose eco de ella, el Provincial de ese entonces, P. Allan Mendosa, se dirigió al P. General proponiendo al P. Julián como postulador de la causa. Un postulador es una especie de “abogado” promotor de la causa del Siervo de Dios propuesto para la beatificación. Oficialmente la iniciación de la causa tuvo lugar el 4 de mayo del año 2000 una vez obtenida la aprobación autorización de la Santa Sede por el Obispo de la diócesis de Riobamba.

El 14 de octubre de 2005 se dio la clausura del “proceso diocesano”. Esta clausura es simplemente el término de una fase, la siguiente etapa será llevada en Roma por el Postulador General de los jesuitas, P. Pablo Molinari.

En este proceso se han incluido todas las pruebas históricas que se han podido reunir con investigación de archivos (no solo de los jesuitas de Quito y Roma, sino de la misma Santa Sede donde existe documentación relacionada con los acontecimientos del 4 de mayo de 1897). Se ha utilizado también el interesante proceso civil que ordenó instruirlo el P. Rector que sustituyó al P. Moscoso, el P. Andrés Machado. De este documento hay copias notariadas en el Archivo de Quito y Riobamba y contiene información valiosa y definitiva porque en él están los testimonios de todos los que tomaron parte en los mismos acontecimientos, incluso de quienes mataron al P. Moscoso.
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Autor: MAURICIO BURBANO ALARCON
(Texto editado y ampliado a partir de una entrevista realizada al P. Julian Bravo., S.J. en Radio Católica de Riobamba)

Tomado de: sfelipeneri.edu.ec
El 12 de febrero de 2019, el Papa Francisco firmó en el Vaticano el decreto de Beatificación. La ceremonia se llevó a cabo el 16 de noviembre de 2019 en Riobamba, Ecuador

martes, 2 de agosto de 2016

Beata María de la Encarnación (María Vicenta) Rosal, Virgen Fundadora

Beata María de la Encarnación (María Vicenta) Rosal, Virgen Fundadora
Agosto 24 - Octubre 27

Martirologio Romano: En Tulcan, ciudad de Ecuador, beata María de la Encarnación (María Vicenta) Rosal, virgen, que fundó las Hermanas de Belén, con el fin principal de reivindicar la dignidad de la mujer y formar cristianamente a las niñas.

(1815-1886).

Vicenta, nacida en Quetzaltenango, Guatemala, el 26 de octubre de 1820, en un hogar cristiano, creció en un ambiente de fe.

Fue bautizada por sus padres como María Vicenta Rosal Vásquez, pero al asumir su vocación religiosa cambió su nombre por el de María Encarnación Rosal del Corazón de Jesús.


A los 15 años ingresó en el Beaterio de Belén, en la ciudad de Guatemala, institución que estaba bajo la jurisdicción de los padres Betlemitas, fundados por San Pedro de Betancour.

El 16 de julio recibe el hábito de manos del último padre Betlemita, Fray José de San Martín, y toma el nombre de María Encarnación del Sagrado Corazón. Insatisfecha con la vida en el Beaterio, pasa al convento de las "Catalinas", para retornar luego a su "Belén", donde es elegida Priora; trata de reformarlo, pero al no lograrlo decide fundar otro donde se vivan las Constituciones que ella había redactado y que habían sido aprobadas por el Obispo. Lo logra en Quetzaltenango, su tierra natal.

Su vida y obra logra conservar el carisma del fundador, Beato Pedro de Betancour. "A la luz de la encarnación, de la Navidad y de la muerte del Redentor", la Congregación vive el espíritu de reparación de los Dolores del Sagrado Corazón de Jesús, dedica el 25 de cada mes a la adoración reparadora. El ansia por la gloria de Dios y la salvación de los hombres la  lleva a "servir con solicitud al hermano necesitado" y a dar "impulso a la educación de la niñez y de la juventud en los colegios, escuelas y hogares para niñas pobres" como también a "dedicarse a otras obras de promoción y asistencia social".

En 1855, la reformadora de la Orden Bethlemita inició formalmente su trabajo religioso por la comunidad, fundando en Quetzaltenango dos colegios, pero su obra fue interrumpida al iniciarse la persecución del gobernante Justo Rufino Barrios (1873-85), quien expulsó del país a varias órdenes religiosas.


Con el fin de continuar su labor evangelizadora, la reformadora de la Orden Bethlemita llegó a Costa Rica en 1877. Ahí fundó el primer colegio para mujeres en Cartago, a 23 kilómetros de esta capital, donde se asienta la Basílica de la Reina de los Ángeles, Patrona de Costa Rica.

En 1886, la Madre Encarnación fundó un orfelinato-asilo en San José. Sin embargo, nuevamente debió abandonar el país en 1884 cuando otro gobierno asumió el poder, expulsó a las órdenes religiosas e impuso la educación laicista.

La Madre Encarnación funda casas también en Colombia y Ecuador, y sufre el destierro que le imponen las autoridades Gautemaltecas.

Luego de abandonar Costa Rica, se instaló en Colombia y en la ciudad de Pasto fundó otro hogar para niñas pobres y desamparadas. La religiosa es considerada como una de las impulsadoras de la formación integral de la mujer en el continente latinoamericano.

La infatigable peregrina, estableció posteriormente la Orden Bethlemita en Ecuador, en Tulcán y Otavalo. La madre María Encarnación falleció el 24 de Agosto de 1886 tras caerse del caballo que la transportaba de Tulcán al Santuario de Las Lajas, en Otavalo. Su cuerpo fue trasladado a Pasto donde se conserva incorrupto luego de 110 años. Su instituto trabaja actualmente en 13 países.

La causa de beatificación fue introducida el 23 de abril de 1976. El Decreto de Aprobación del Milagro fue firmado por el Papa Juan Pablo II el 17 de diciembre de 1996. Fue beatificada el 4 de mayo de 1997 en el Vaticano.
Su fiesta se celebra el 27 de octubre.

Actualmente la orden Bethlemita tiene presencia actualmente en Italia, Africa, India, España, Venezuela, Ecuador, Estados Unidos, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Panamá y Guatemala. Su casa general se ubica en Bogotá.



†CUERPO INCORRUPTO DE LA MADRE ENCARNACION


Algo muy especial y significativo lo constituye el hecho de que, después de 115 años de fallecida la Madre Encarnación, su cuerpo permanezca incorrupto. Ella murió en Tulcán, Ecuador en 1865 y en el Siglo XX, cuando por motivo de la guerra, su cuerpo corría el peligro de ser profanado, las hermanas lo sacaron del sepulcro para llevárselo a Colombia. Al abrirlo, descubrieron con sorpresa que el su cuerpo estaba intacto.

Su cuerpo fue traslado al Hogar de Pasto, fundado por ella y se dejó allí celosamente guardado hasta 1978, cuando vino de Roma el postulador de la causa para corroborar este hecho. Con esta visita fue nuevamente abierto su sepulcro y todos los allí presentes fueron testigos de que el cuerpo de la Madre Encarnación permanecía y hoy permanece incorrupto.

En la fiesta de su beatificación, los periodistas le dieron el nombre de la "Monja Durmiente", ya que su cuerpo no se ha descompuesto, no ha perdido consistencia muscular y su piel está adherida al cuerpo y sus venas se alcanzan a detallar perfectamente. Para su beatificación le fue cambiado el hábito con el que fue enterrada, el cual es conservado como tela para reliquia, y su cuerpo lo soportó perfectamente además le fue colocada una máscara en su cara, como se acostumbra con tantos santos, que conserva sus rasgos bien definidos.
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Fuente: oremosjuntos.net

Beata María de la Caridad del Espíritu Santo Brader, Fundadora

Beata María de la Caridad del Espíritu Santo Brader, Fundadora
Febrero 27

Virgen y Fundadora de la Congregación de Franciscanas Hijas de María Inmaculada

Martirologio Romano: En la ciudad de Pasto, en Colombia, beata María de la Caridad del Espíritu Santo (Carolina) Brader, virgen, que supo conjugar admirablemente la vida contemplativa con la actividad misionera y, para promover la formación cristiana, fundó las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada (1943)

Fecha de beatificación: 23 de marzo de 2003 por el Papa Juan Pablo II

Caridad Brader, hija de Joseph Sebastián Brader y de María Carolina Zahner, nació el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn, St. Gallen (Suiza). Fue bautizada al día siguiente con el nombre de María Josefa Carolina.

Dotada de una inteligencia poco común y guiada por las sendas del saber y la virtud por una madre tierna y solícita, la pequeña Carolina moldeaba su corazón mediante una sólida formación cristiana, un intenso amor a Jesucristo y una tierna devoción a la Virgen María.

Conocedora del talento y aptitudes de su hija, su madre procuró darle una esmerada educación. En la escuela de Kaltbrunn hizo, con gran aprovechamiento, los estudios de la enseñanza primaria; y en el instituto de María Hilf de Altstätten, dirigido por una comunidad de religiosas de la Tercera Orden Regular de san Francisco, los de enseñanza media.

Cuando el mundo se abría ante ella atrayéndola con todos sus halagos, la voz de Cristo empezó a hacer eco en su corazón y decidió abrazar la vida consagrada. Esta elección de vida, como era previsible, provocó en primera instancia la oposición de su madre, dado que ésta era viuda y Carolina su única hija.

El 1 de octubre de 1880 ingresó en el convento franciscano de clausura «María Hilf», en Altstätten, que regentaba un colegio como servicio necesario a la Iglesia católica de Suiza.

El primero de marzo de 1881 vistió el hábito de Franciscana, recibiendo el nombre de María Caridad del Amor del Espíritu Santo. El 22 de agosto del siguiente año emitió los votos religiosos. Dada su preparación pedagógica, fue destinada a la enseñanza en el colegio adosado al monasterio.

Abierta la posibilidad para que las religiosas de clausura pudieran dejar el monasterio y colaborar en la extensión del Reino de Dios, los obispos misioneros, a finales del siglo XIX, se acercaron a los conventos en busca de monjas dispuestas a trabajar en los territorios de misión.

Monseñor Pedro Schumacher, celoso misionero de san Vicente de Paúl y Obispo de Portoviejo (Ecuador) escribió una carta a las religiosas de María Hilf, pidiendo voluntarias para trabajar como misioneras en su diócesis.

Las religiosas respondieron con entusiasmo a esta invitación. Una de las más entusiastas para marchar a las misiones era la Madre Caridad Brader. La Santa María Bernarda Bütler, superiora del convento que encabezará el grupo de las seis misioneras, la eligió entre las voluntarias diciendo: «A la fundación misionera va la madre Caridad, generosa en sumo grado, que no retrocede ante ningún sacrificio y, con su extraordinario don de gentes y su pedagogía podrá prestar a la misión grandes servicios».

El 19 de junio de 1888 la Madre Caridad y sus compañeras emprendieron el viaje hacia Chone, Ecuador.


En 1893, después de duro trabajo en Chone y de haber catequizado a innumerables grupos de niños, la Madre Caridad fue destinada para una fundación en Túquerres, Colombia.

Allí desplegó su ardor misionero: amaba a los indígenas y no escatimaba esfuerzo alguno para llegar hasta ellos, desafiando las embravecidas olas del océano, las intrincadas selvas y el frío intenso de los páramos. Su celo no conocía descanso. Le preocupaban sobre todo los más pobres, los marginados, los que no conocían todavía el evangelio.

Ante la urgente necesidad de encontrar más misioneras para tan vasto campo de apostolado, apoyada por el padre alemán Reinaldo Herbrand, fundó en 1894 la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada. La Congregación se surtió al inicio de jóvenes suizas que, llevadas por el celo misionero, seguían el ejemplo de la Madre Caridad. A ellas se unieron pronto las vocaciones autóctonas, sobre todo de Colombia, que engrosaron las filas de la naciente Congregación y se extendieron por varios países.

La Madre Caridad, en su actividad apostólica, supo compaginar muy bien la contemplación y la acción. Exhortaba a sus hijas a una preparación académica eficiente pero «sin que se apague el espíritu de la santa oración y devoción». «No olviden —les decía— que cuanto más instrucción y capacidad tenga la educadora, tanto más podrá hacer a favor de la santa religión y gloria de Dios, sobre todo cuando la virtud va por delante del saber. Cuanto más intensa y visible es la actividad externa, más profunda y fervorosa debe ser la vida interior».

Encauzó su apostolado principalmente hacia la educación, sobre todo en ambientes pobres y marginados. Las fundaciones se sucedían donde quiera que la necesidad lo requería. Cuando se trataba de cubrir una necesidad o de sembrar la semilla de la Buena Nueva, no existían para ella fronteras ni obstáculo alguno.

Alma eucarística por excelencia, halló en Jesús Sacramentado los valores espirituales que dieron calor y sentido a su vida. Llevada por ese amor a Jesús Eucaristía, puso todo su empeño en obtener el privilegio de la Adoración Perpetua diurna y nocturna, que dejó como el patrimonio más estimado a su comunidad, junto con el amor y veneración a los sacerdotes como ministro de Dios.

Amante de la vida interior, vivía en continua presencia de Dios. Por eso veía en todos los acontecimientos su mano providente y misericordiosa y exhortaba a los demás a «Ver en todo la permisión de Dios, y por amor a Él, cumplir gustosamente su voluntad». De ahí su lema: «Él lo quiere», que fue el programa de su vida.

Como superiora general, fue la guía espiritual de su Congregación desde 1893 hasta el 1919 y de 1928 hasta el 1940, año en el que manifestó, en forma irrevocable, su decisión de no aceptar una nueva reelección. A la superiora general elegida le prometió filial obediencia y veneración. En 1933 tuvo la alegría de recibir la aprobación pontificia de su Congregación.

A los 82 años de vida, presintiendo su muerte, exhortaba a sus hijas: «Me voy; no dejen las buenas obras que tiene entre manos la Congregación, la limosna y mucha caridad con los pobres, grandísima caridad entre las Hermanas, la adhesión a los obispos y sacerdotes».

El 27 de febrero de 1943, sin que se sospechara que era el último día de su vida, dijo a la enfermera: «Jesús, ...Me muero». Fueron las últimas palabras con las que entregó su alma al Señor.

Apenas se divulgó la noticia de su fallecimiento, comenzó a pasar ante sus restos mortales una interminable procesión de devotos que pedían reliquias y se encomendaban a su intercesión.

Los funerales tuvieron lugar el 2 de marzo de 1943, con la asistencia de autoridades eclesiásticas y civiles y de una gran multitud de fieles, que decían: «ha muerto una santa».

Después de su muerte, su tumba ha sido meta constante de devotos que la invocan en sus necesidades.

Las virtudes que practicó se conjugan admirablemente con las características que su Santidad Juan Pablo II destaca en su Encíclica «Redemptoris Missio» y que deben identificar al auténtico misionero. Entre ellas, como decía Jesús a sus apóstoles: «la pobreza, la mansedumbre y la aceptación de los sufrimientos».

La Madre Caridad practicó la pobreza según el espíritu de san Francisco y mantuvo durante toda la vida un desprendimiento total. Como misionera en Chone, experimentó el consuelo de sentirse auténticamente pobre, al nivel de la gente que había ido a instruir y evangelizar. Entre los valores evangélicos que como fundadora se esforzó por mantener en la Congregación, la pobreza ocupaba un lugar destacado.

La aceptación de los sufrimientos, según el Papa, son un distintivo del verdadero misionero. !Qué bien encontramos realizado este aspecto en la vida espiritual de la Madre Caridad! Su vida se deslizó día tras día bajo la austera sombra de la cruz. El sufrimiento fue su inseparable compañero y lo soportó con admirable paciencia hasta la muerte.

Otro aspecto de la vida misionera que destaca el Papa es la alegría interior que nace de la fe. También la Madre Caridad vivió intensamente esa alegría en medio de su vida austera. Era alegre de ánimo y quería que todas su hijas estuvieran contentas y confiaran en el Señor.

Estas y muchas otras virtudes fueron reconocidas por la Congregación de las Causas de los Santos y aprobadas como primer paso para llegar a la Beatificación.

Se diría que Dios ha querido ratificar la santidad de la Madre Caridad con un admirable milagro concedido por su intercesión en favor de la niña Johana Mercedes Melo Díaz. Una encefalitis aguda había producido un daño cerebral que le impedía el habla y la deambulación. Al término de una novena que hizo su madre con fe viva y profunda devoción, la niña pronunció las primeras palabras llamando a su madre y comenzó a caminar espontáneamente, adquiriendo en poco tiempo la normalidad. Ella estubo presente para agradecer a la Madre Caridad en la solemne Beatificación realizada por S.S. Juan Pablo II el 23 de Marzo de 2003.
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Fuente: Vatican.va

Beata Mercedes de Jesús Molina y Ayala, Virgen Fundadora

Beata Mercedes de Jesús Molina y Ayala, Virgen Fundadora
Junio 12

Fundadora de las Marianitas

Nació en Baba, población perteneciente en esa época a la provincia de Guayaquil (hoy provincia de Los Ríos), el 24 de septiembre de 1828, hija de don Miguel Molina y Arbeláez y de doña Rosa Ayala y Aguilar.

Dos años más tarde murió su padre, por lo que con su madre se trasladó a vivir a Guayaquil, donde ingresó a estudiar en una de las escuela de la ciudad. Por esa época su madre le enseñó a rezar y a conocer la doctrina cristiana.

A los quince años de edad sufrió el gran dolor de perder a su madre; era entonces una bella jovencita que atraía poderosamente a muchos gentiles galanes que rondaban su casa con pretensiones amorosas, pero en 1849, cuando acababa de cumplir veintiún años, renunció a un brillante matrimonio, y al frente de un asilo de huérfanos se dedicó a la acción social y evangélica. Entonces repartió todos los bienes que había heredado de sus padres -destinándolos a obras para los pobres-, y colaboró con la incipiente Junta de Beneficencia de Guayaquil.


Mercedes se entregó por entero a Dios y emitió votos de virginidad perpetua tomando el camino del sacrificio, la bondad, la oración y la meditación. Sucedió entonces que estando en oración contemplativa, siguiendo los pasos de Mariana de Jesús a quien imitaba en su amor a Dios, éste le manifestó, a través de un rosal florido, que fundaría un colegio religioso.

En 1862 comenzó a levitar cuando oraba, perdía los sentidos y entraba en éxtasis después de comulgar. Al año siguiente su fama de beata se extendió por toda la ciudad ocasionando los más variados comentarios. Fue justamente por esa época cuando conoció a Narcisa de Jesús Martillo Morán, con quien compartió su casa por largo tiempo para ayudarse mutuamente en el camino de la cruz, y practicar juntas la virtud, la oración y la penitencia.


En 1870 viajó al oriente con el propósito de evangelizar a los jíbaros, y tres años más tarde, luego de cumplir con su labor cristiana a costa de muchos sufrimientos, el Señor la condujo a la ciudad de Riobamba donde el 14 de abril de 1873 vio cristalizado su deseo de fundar un instituto religioso, al que puso bajo el patrocinio de la santa quiteña Mariana de Jesús.

Posteriormente continuó llevando una vida ejemplar, de amor al prójimo y de sacrificio hasta el heroísmo, y debido al ayuno y la penitencia su cuerpo se fue debilitando poco a poco hasta que la muerte la sorprendió, en olor a santidad, el 12 de junio de 1883.

El 8 de febrero de 1946, Su Santidad el Papa Pío XII decretó la introducción de la causa de su beatificación, y el 27 de noviembre de 1981, el Papa Juan Pablo II expidió el Decreto sobre las Virtudes Heroicas y le dio el título de Venerable. Cuatro años más tarde, el 1 de febrero de 1985, «La Rosa del Guayas» fue beatificada durante la visita pastoral que el Santo Padre realizó a la ciudad de Guayaquil.

Sus restos descansan en la ciudad de Riobamba, en la misma casa donde fundó la Congregación de las Marianitas.
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lunes, 1 de agosto de 2016

Beata María Troncatti, Misionera Salesiana

Beata María Troncatti, Misionera Salesiana
Agosto 25

Martirologio Romano: En Sucúa, provincia Morona Santiago (Ecuador), beata María Troncatti, religiosa profesa de la Congregación de las Hijas de María Auxiliadora († 1969)
María Troncatti nació en Cortegno Golgi (Brescia, Italia) 

Sor María Troncatti, Dios llama en la selva
16 de febrero de 1883 - 25 de agosto de 1969

En 1892 el Boletín Salesiano llegaba a Corteno de Brescia, y la maestra, al final de la lección, se lo leía a sus pequeños alumnos y alumnas. Leía las cartas de los misioneros, sus aventuras en las pobrísimas regiones de América del Sur, su trabajo entre los emigrados y los indios. Entre las niñas que escuchaban encantadas estaba María Troncatti, con nueve años y una inocencia que afloraba en sus ojos claros. María hubiera querido partir enseguida para las misiones, pero había otras cosas que hacer en la casa de papá Santiago y de mamá María. Había que subirse, todos los veranos, a los Alpes con las cabras, hasta el refugio. Había que preparar la polenta para el papá y los hermanos que guardaban las vacas en los prados altos, ordeñaban la leche y hacían el queso.

En 1900 María cumplió diecisiete años, y tuvo la valentía de confiar a alguien su gran deseo. Se lo manifestó primero a su hermana mayor, Catalina, luego al párroco. La mayor dificultad estaba en decírselo a su padre, hombre rudo y con un amor muy tierno a sus hijas. Una mirada severa de sus ojos y un largo silencio de enfado cerraron la conversación... durante cuatro años. María rezó, continuó obediente y serena la vida de todos los días. El párroco, de vez en cuando iba a hablar con el padre y la hija. En 1904 María Troncatti cumplía veintiún años, y continuaba constante en su decisión. Hasta que su padre le dio el permiso.

Le dio todo lo que se necesitaba para prepararse el equipo, no dijo ni una palabra de desaprobación. Pero cuando la besó a la puerta de casa, cayó desmayado.

La guerra y el tornado
La primera obediencia la destinó a Rosignano Monferrato, como cocinera y catequista de las niñas, que enseguida la quisieron muchísimo. De Rosignano a Varazze, mientras estalla la primera guerra mundial. Sor Troncatti toma parte en un curso para enfermeras, mientras el colegio salesiano se transforma en hospital. Tiene treinta y dos años cuando comienza a dar vueltas por los corredores, entre los soldados destrozados por las granadas. El 25 de junio de aquel año 1915, un violento tornado se abate sobre Varazze. El agua del torrente Teiro invade el colegio, rompe las paredes. Sor Troncatti se encuentra, no sabe cómo, sobre una mesa del comedor arrastrada por la corriente entre remolinos y escombros. Se dirige a la Virgen, y le promete que si salva su vida irá a las misiones, entre los leprosos. Se salva agarrándose a una barandilla, mientras otra hermana es arrastrada. Escribe una carta larga a la Madre General, contando lo que ha sucedido y haciendo su petición para las misiones, entre los leprosos. Pasan siete años, y la petición duerme en los cajones de la Superiora.

Una niña, Marina Luzzi, en marzo de 1922 se está muriendo por una pulmonía doble. Sor María está a su lado. Ambas saben que ya no hay esperanzas. En cierto momento sor María murmura: "Tú vas a ver a la Virgen pronto. Dile que me obtenga de Jesús marchar misionera entre los leprosos". Marina la mira, sonríe y logra musitar la respuesta: "Usted irá como misionera al Ecuador". "Pero yo he pedido ir a donde los leprosos." Marina continúa sonriendo y repite: "Al Ecuador". Marina Luzzi, un alma transparente que había pedido como último regalo morir en la "casa de la Virgen", va al encuentro de Dios aquella misma noche. Y tres días después María Daghero llama a sor Troncatti: "Have siete años que pediste ir a las misiones. "¿Pero cómo podía mandarte en plena guerra? Ahora los mares están tranquilos. Irás al Ecuador".


Marsella, estrecho de Gibraltar, océano Atlántico, estrecho de Panamá, océano Pacífico. El barco costea Colombia, baja a lo largo del Ecuador y se enfila hacia la bahía de Guayaquil. En la periferia de la ciudad hay una casita de madera con algunas Hijas de Maria Auxiliadora, y nubes de muchachas que cantan, estudian, juegan. Sor Troncatti pasa su primera navidad misionera.

Y allí aprende las primeras nociones sobre su nueva patria. Ecuador tenía seis miiones de habitantes, con esta curiosa distribución: el 49% de la gente habitaba a lo largo de las orillas del mar; otro 49% habitaba en las provincias que desde el mar trepan hacia las cordilleras de los Andes; eran blancos e indígenas que lentamente se habían mezclado; el 2% habitaba en las vastas y desconocidas tierras del oriente, más allá de los altísimos e insuperables Andes. Este 2% estaba formado por colonos y aventureros blancos (llegados en gran parte de Perú y de Colombia) y por las tribus de indios shuar y achuar.

Entre blancos e indios había continuos encontronazos y choques, y todos vivían metidos en la "selva". Dentro de ese 2%, los misioneros y misioneras salesianos trataban de introducirse y establecerse.

Gran expedición a la tierra de los indios

Después de un tiempo de "aclimatación" en Chunchi, una pequeña ciudad montada sobre las espaldas de la cordillera, y habitada prevalentemente por indígenas (donde ella fue médica en el ambulatorio y farmacéutica en el pequeño despacho de medicinas llamado botiquín), llegó el obispo misionero Domingo Comín y dijo: "Es hora de partir". Empezó a andar la gran expedición que debía atravesar la altísima cordillera andina y luego bajar a la selva, hasta la tierra de los indios shuar.

El padre Albino Del Curto, que tenía que dirigir la expedición, había recorrido primero aquella zona inexplorada, y junto con algunos obreros había trazado un sendero y construido algunas chozas que serían su refugio durante el viaje.

En Cuenca, a 2.000 metros de altura, la última parada entre personas amigas, en la casa dedicada al "Corazón de María". Sor Troncatti, sus dos jovencísimas compañeras, sor Dominga Barale y sor Carlota Nieto, junto con la inspectora y la novicia que las acompañaban (y que luego se volverían enseguida) se vistieron para un viaje por en medio de la vegetación de la selva, llena de lianas, ramas enredadas, hierbas gigantes. Se vistieron un delantal de tela, un guardapolvo, un sombrero de ala larga, botas hasta media pierna. Se pusieron en camino con el obispo, dos salesianos, doce robustos porteadores.

A la cabeza de todos don Albino Del Curto, y a la cola los hombres de escolta venidos desde Cuenca a caballo, costeando torrentes que aparecían y desaparecían entre precipicios espantosos y picos de montaña cuya cima no se veía, subieron hasta los tres mil metros de Pailas. Era inútil buscar esa localidad en los mapas geográficos, porque la había construido poco antes don Albino: una construcción en madera con tres habitaciones. Pudieron descansar una noche al abrigo. A la mañana el obispo dijo la misa, mientras una lluvia torrencial caía sobre la selva. Cuando la lluvia, que parecía que no iba a terminar nunca hizo una pausa, los hombres de la escolta ensillaron los caballos e iniciaron la vuelta.

Los misioneros y misioneras continuarían a pie, por el pequeño sendero que trepaba interminablemente por entre los árboles de la selva. Avanzan rezando, entre ramas resinosas y hojas viscosas. Sor Troncatti no se acordaba de cuánto había durado el viaje: recordaba que había rezado, llorado, que había perdido los tacos de las botas y que se había desmayado. Don del Curto, siempre a la cabeza de todos, cantaba las glorias de la Virgen, y sor Troncatti trataba de acompañarle al menos con el corazón. Y sin embargo, recordaba que en aquel interminable viaje le había entrado el miedo: un miedo invencible a aquella marea verde que no se acababa nunca, y que la iba a acompañar durante meses y años.

Operación quirúrgica con la navajita
Un tiro de fusil rompió el desagradable encantamiento. Un tiro de fusil disparado por el, padre Corbellini, que con algunos shuar había salido al encuentro, había visto desde arriba la caravana y daba así la bienvenida. Se abrazaron. Recorrieron en canoa un trecho del río Paute. Y he ahí Méndez, el centro del vicariato apostólico confiado a monseñor Comín.

Recibieron una desagradable sorpresa: la misión estaba ocupada por un centenar de shuar armados y amenazantes. En un choque entre dos tribus, la hija de un jefe habla sido alcanzada por una bala que le había atravesado el brazo y se había hundido en el seno. El jefe se acercó al padre Corbellini y en el poquito de español que sabía fue brutalmente explícito: "Tú curando, nosotros ayudando. Tú no curando, nosotros a todos muerte dando". El obispo se volvió a sor Troncatti: "Usted es la única que sabe de medicina. ¿Se atreve?". "No." "De todos modos, opérela usted. Nosotros rezaremos." Con un poco de tintura de yodo y una navajita esterilizada a! fuego, sor Maria arremetió contra el absceso que en cuatro días  se había formado alrededor de la bala. Abrió hasta el fondo mientras decía: "¡María Auxilio de los cristianos!". La bala saltó fuera y fue a caer a los pies de los shuar, que rompieron a reír contentos. La Indígena de trece años, después de tres días, pudo volver a la selva con los suyos.

Después de la parada en Méndez, la caravana siguió hacia Macas, a cuatro días de camino, subiendo de nuevo el curso del río Upano. Macas era un poblado de colonos, rodeado de jibarías, las viviendas colectivas de los shuar. La misión, con la casita de las hermanas, se alzaba sobre una colina. La acogida fue cordialísima. La gente fue a ofrecer sus regalos: gallinas, botellas de miel, huevos, racimos de bananas. Sor Troncatti abrazó a todos, lloró por última vez cuando la inspectora y la novicia se volvieron junto con el obispo. Luego se secó las lágrimas, se arremangó, y dijo a los dos jóvenes misioneras que se quedaban con ella: "Y ahora, a trabajar. La Virgen nos ayudará", Tenía cuarenta y dos años. Pasaría otros 44 en aquella selva, en el ambulatorio y en la escuela, sobre los senderos y las canoas con las que alcanzaba las jibarías, entre aquella gente de piel blanca y oscura, que en aquellos días comenzó a llamarla "madrecita", y así siguió siempre.


Los cuarenta y cuatro años de madrecita

¿Cómo narrar aquellos cuarenta y cuatro años, densos en días y acontecimientos, en sacrificios y éxitos, en lágrimas y salvación? María  Troncatti se desgastó como una moneda que pasa de mano en mano, que todos emplean y todos gastan. Los episodios, todos los episodios de bondad y de recia caridad, los ha registrado sólo el Señor.

Él ha visto a Yampauch, la pequeña shuar de once años, huir de su casa en la que la madre se había ahorcado de desesperación, y refugiarse en sor Troncatti diciendo: "Tenme contigo". Ha visto a la madre blanca, maltratada por su marido borracho, huir de noche con sus niños y llamar a la puerta de las hermanas: "Madrecita, si no nos recibes tú, aquel nos va a matar". Ha visto a sor María adoptar al hijo ilegitimo de una pobre criada, que todos querían matar, y que ella puso en una cuna junto a su cama, le llamó José María y lo cuidó como hijo suyo.

Después de diez años de trabajo, sor Troncatti escribió en la relación annual: "Tenemos 70 alumnas en las clases elementales; 80 muchachas, prometidas o casadas en el taller para externas; 28 huérfanas blancas internas; 200 shuar en el catecismo". Valía la pena llorar sobre el sendero que subía hacia los Andes, para plantar en aquella selva el Reino de Dios. Así pensaba la madrecita, cuando todas las tardes hacía el vía crucis y añadía una hora de adoración a las oraciones que hacía con su pequeña comunidad. En 1947 se rompe de golpe el aislamiento de la Selva: pequeños aviones consiguen unir Méndez con la capital dcl estado, Quito.

El 27 de agosto de 1948 sor Troncatti sube a uno de los pequeños aviones y va a la capital a hacer los ejercicios espirituales. Tiene sesenta y cinco años. En los años siguientes ve llegar la luz eléctrica, la estación de radio, el molino, la trilladora, hasta un jeep. Ve nacer, como un milagro, la Federación Shuar, para defender a las familias indígenas de las prepotencias de los blancos.

25 de agosto de 1969. Sor Troncatti tiene ochenta y seis años y las piernas hinchadas. Ya no la llaman "madrecita", sino "abuelita". Sube una vez más a un pequeño avión para ir a los ejercicios espirituales. Pocos minutos más tarde; la radio de la Federación Shuar interrumpe la transmisión y una voz estremecida comunica: <<Hoy, a las quince horas, un avión ha caído poco después de su salida. Nuestra madre, sor María Troncatti ha muerto". Había quedado extendida sobre la hierba con los brazos abiertos. El último gesto resumía toda su vida: había abierto los brazos a todos, en nombre de Dios.
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Bibliografía
M. DOMINGA GRASSIANO, Selva, patria del corazón. Inst. FMA, EDB, Barcelona.
Tomado del libro: "Familia Salesiana, Familia de Santos".
Escrito por Teresio Bosco S.D.B.
Editorial CCS. España
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Fue declarada Venerable el 8 de noviembre de 2008.
Beatificada: 24 de noviembre del 2012

En la ciudad de Macas, capital de la provincia ecuatoriana de Morona Santiago, el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, fue la beatificación de Sor Maria Troncatti, de las Hijas de María Auxiliadora, misionera italiana que pasó gran parte de su vida en el Ecuador.
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Tomado de: vidas-santas.blogspot.com