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martes, 18 de julio de 2017

Mercedes María Morla Flor, Madre de los Pobres

Mercedes María Morla Flor
Agosto 20, 1894 - Junio 26, 1984
Madre de los Pobres, Fallecida en Olor de Santidad

FILANTROPA- Nació en Guayaquil, en la casa familiar de Pedro Carbo y Sucre, el 20 de Agosto de 1.894 y fue bautizada con los nombres de Mercedes Maria, pero su padre Darío A. Morla Mendoza (1.836-1.921) le llamaba Mercedes Segunda, por ser la segunda de las tres hijas que tuvo en su matrimonio con Mercedes Flor Saona, celebrado en Guayaquil el 30 de Noviembre de 1.895, cuando -muy enamorado y de 59 años de edad- la había desposado. Ella solo contaba con 22 y ya le había dado dos hijas. La tercera vendría en Enero del 96 y llamó Maria Alejandrina.

El había sido un hombre de grandes empresas y muy mujeriego, padre de ocho hijos en dos uniones anteriores (Morla Mosquera y Morla Jurado) y como todos los de su familia era un trabajador insigne. Agricultor e industrial, filántropo y millonario logró ser dueño del Ingenio “Luz Maria” con ferrocarril propio en la zona de Chobo con una formidable producción de 40.000 quintales anuales de azúcar, el segundo de la República detrás del Ingenio Valdez que daba 45.000. También era dueño de valiosas propiedades urbanas en Guayaquil, de la hacienda cacaotera '"La Maria" con 22.000 hectáreas y vista al río Balao y al golfo; de otras haciendas menores, de las lanchas Carolina y Alejandrina, de una gran balandra para el traslado del cacao, de terrenos en Posorja, de acciones bancarias, valores fiduciarios, joyas.

A principios de 1.895 había sido lanzada su candidatura presidencial por los conservadores de Quito, pero el sesgo político que tomaron los acontecimientos con el triunfo de la revolución liberal del 5 de Junio de ese año, impidió que su nombre siguiera en la palestra política.

Para el incendio del Carmen de 1.902 se quemó la casa en que vivían y pasaron una larga temporada en la hacienda hasta que se rehizo el edificio. Mimada y engreída por un padre sexagenario que las adoraba y decíales '"Mis tres Gracias", Mercedes y sus hermanas tuvieron una niñez plena de dicha y felicidad.

En la hacienda habían diversos animalitos. Siempre fue Mercedes compasiva con ellos, tenía un burrito para dar paseos matinales, también le gustaba rezar con su mamá y se sentía atraída por las cosas simples, en todo demostraba una excesiva responsabilidad y bondad, animosa, tranquila y de carácter dulce y asequible, cuando surgía alguna pequeña discusión entre sus hermanas intervenía como pacificadora.

Su padre se preocupaba de todo lo concerniente a ellas pues estaba semiretirado de los negocios que manejaba a través de apoderados y mayordomos. Para formar el carácter de sus hijas les inculcó "modestia en su trato público y privado, contracción diaria a alguna ocupación útil, que no gastaran mucho en afeites, chocantes con quienes tienen los dones de la virtud, superiores a esas hermosuras ficticias."

Con los años había cambiado mucho, pues habiendo sido un don Juan de joven terminó por volverse hogareño con la mujer que le dio paz y tranquilidad en esa etapa de la vida.

En 1.909 viajaron con la abuelita materna Juana Rosa Saona San Martín a París. Primero vivieron en un lujoso edificio de los Campos Elíseos No. 114 y empezaron a codearse con la aristocracia ecuatoriana del Gran Cacao y con otras familias millonarias de latinoamérica. Después adquirieron una mansión vacacional frente al mar en las doradas playas de Biarritz, por entonces el balneario más importante de Francia. La villa tenía dos plantas y estaba rodeada de jardines y árboles frutales.
Mercedes tocaba el piano a cuatro manos con Carolina.

Su papá, al oírlas, iba al salón y también tocaba. Era un caballero respetabilísimo y muy querido por sus obras de filantropía. En 1.910 obsequió a la Sociedad Protectora de la Infancia de Guayaquil, a nombre de su esposa, la cantidad de diez mil sucres y un valioso edificio ubicado en el Boulevard 9 de Octubre No. 819 de Guayaquil.

Sus negocios habían quedado en manos de Euclides V. Cabezas y en 1.912 nombró apoderado general a Carlos Saona Acebo (1) pero como no tenían talento mercantil pues a duras penas eran tenedores de libros, solo cuidaron en lo posible los bienes, sin preocuparse de hacerlos crecer y producir más, de suerte que al iniciarse en 1.916 la declinación del cacao por las pestes y la baja del precio en los mercados internacionales, la fortuna fue menguando. Proceso que felizmente fue largo, casi imperceptible y duró medio siglo.


De esas épocas existen numerosas fotografías de Mercedes que la muestran con la hermosura propia de los primeros años de la pubertad. Era una criolla de tez canela y llenita, sin ser obesa ni cosa por el estilo. No podía haber sido calificada de hermosa pero el conjunto era aceptable. Su belleza tropical realzaba por unos ojos soñadores, grandes y negros, quizás melancólicos. Su espesa cabellera azabache. Una marcada femineidad que se traslucía por la dulzura de su rostro y su mirada, por su trato decente y hasta delicado con los demás, la volvía deseable. Solamente le afeaba en algo su gruesa y prominente nariz pero como vestía con elegancia y poseía una natural y sencilla dignidad, nadie se fijaba en ese detalle. En alguna época de su vida cantó sin que le acompañara una bonita voz y por eso dejó

(1) Hermano de padre de Juana Rosa Saona San Martín.
de hacerlo. Era buena con todos, especialmente con los necesitados, los desvalidos, los animalitos del señor, a quienes alimentaba en las calles y en los parques. Siempre que llegaba un pobre a su casa solía decir: "El señor viene a verme."

Durante una temporada de verano en Biarritz las visitó Maria Piedad Castillo y pasaron momentos muy amables. Fruto de ellos es el siguiente poema que dedicó a Mercedes // Tu negra cabellera es una nube/ tempestuosa en el cielo de tu frente;/ tus pupilas oscuras y serenas,/ tienen la alba inocencia de un querube / y el misterio sombrío de una fuente,/ formada con el llanto de mis penas.//
Para la primera Guerra Mundial en 1.914 y ante el peligro del avance alemán dejaron París y se trasladaron a una preciosa casa antigua arrendada en el Paseo de Gracia en Barcelona y como siempre vacacionaban en verano en la Suiza francesa y en Italia, las Morla Flor nunca dejaron de darse la buena vida de las familias adineradas en Europa.

Al finalizar el conflicto en 1.918 vivían alojados en el lujoso Hotel Continental de Barcelona donde Mercedes comenzó a reunir a sus amistades para coser ropa a los pobres. Esas reuniones fueron llamadas por ella con el cordial nombre de "El Costurerito"

De regreso a París se entristeció al ver los campos desolados de la guerra en el norte, con tumbas por millares regadas en el suelo, de soldados caídos, la mayor parte franceses, alemanes e ingleses, pero también había de otras nacionalidades; sin embargo la vida fue recobrando paulatinamente su normalidad y comenzaban los años locos de Postguerra, pero no para Mercedes que acostumbraba salir diariamente a sus obras de caridad.

Maria Piedad Castillo le mandó la siguiente esquela en verso // Segunda de mi vida,// la de las largas y sedosas trenzas/ alma pura, generosa y abnegada./ I pupilas lumínicas e inmensas //! Oh niña soñadora! / risueña y bondadosa que otros días / con tus frases suaves / mi corazón llenaste de alegrías.// ¿Me has olvidado ya? / ¿Puede la ausencia / apartar mi recuerdo de tu mente?/ ¿ I mi lejana imagen/ disipar como niebla de tu frente? //Estoy muy triste, aquel pasado hermoso/ huyó cual nube que arrebata el viento;/ ¿Tu eres feliz, oh niña idolatrada?/ 'Dedícame siquiera un pensamiento! /


En la plenitud de los 23 años tuvo un enamoramiento con Gonzalo Zaldumbide pero "cierto día se encontró con una carta en la cual le comunicaban que el referido diplomático hacía trato con otra persona. Eso bastó para que terminara definitivamente con el novio. Nunca más tuvo ni el menor deseo de casarse." Zaldumbide, espíritu de selección, alma exquisita y poética, debió sentirse fuertemente atraído por el aire de abandonada melancolía tan propio de Mercedes, por su infinita bondad y elegante figura. De haberse casado estoy seguro que hubieran sido felicísimos... pero la dejó pasar pues motivo tan baladí pudo haber sido explicado, no luchó por ella debido a su enamoramiento por Celia Rosales Pareja, una de las pianistas más consumadas que ha producido el Ecuador en Francia, quien le subyugó con sus encantos.

En 1.921 falleció Don Darío Morla a la avanzada edad de 85 años. Mercedes sufrió muchísimo sintiéndose sola con su madre. Había sido su inseparable compañero durante los últimos años. Iban juntos a pasear a los parques y boulevards, pues sus hermanas habían casado. Carolina la mayor, siempre activa y deportista, lo había hecho en 1.912, de 20 años, con Tomás Gagliardo Ceballos, de quien divorció sin hijos. Posteriormente se unió con Fromant, también sin hijos. El tenía una hermosa voz de tenor y fue su compañero en Europa y Ecuador hasta la muerte. Caballero elegante, atlético, simpático, inveterado jugador de tennis a quien conocí en ese club por los años 50. Alejandrina había casado con un caballero italiano de apellido Rapini, después fue sucesivamente esposa de los argentinos Ignacio Cramer e Ignacio Mayol, con sucesión de este último. La gran fortuna paterna se repartió entre todas, unas conservarían las tierras, otras las irían vendiendo y así fue como se liquidaron las haciendas.

Mercedes también tomó a su cargo el cuidado y atención de su madre, señora sana pero sexagenaria, que empezó a compartir sus correrías apostólicas, la ayuda cotidiana a los pobres, a quienes visitaba. En eso Mercedes fue siempre una mujer religiosa sin excentricidades ni beaterías. Cuando entraba a una iglesia se arrodillaba a rezar con fervor y en alguna ocasión que llegó a ponerse uno de esos anticuados y desaseados cilicios, se lo quitó con rapidez porque le dolió mucho. "Yo no nací para eso sino para amar, confesaría años después, con mucha gracia, a su mejor amigo, el Padre Hugo Vásquez y Almazán, que acaba de editar en 1.994 en 128 pags. su biografía, con el título muy justo por cierto de "Manos Abiertas", procurando referir sus hechos y salvar la memoria de Mercedes del olvido en que se encontraba. Su trabajo nos ha servido de guía principal para esta biografía.
Mercedes también tomó bajo su cuidado el manejo de las finanzas familiares, llevando la correspondencia con los apoderados del Ecuador, pidiendo información a los Mayordomos, requiriendo datos. Las épocas se tornaban no tan buenas como antes, pero aún seguían recibiendo dividendos.

Su vida, aunque rutinaria pero libre de compromisos sociales, era activa. En Octubre de 1.923 fue Dama de Honor con Laura y Fanny Gangotena Fernandez- Salvador y con Maria Antonieta Pillois de Ycaza, en la boda de María Zaldumbide con Pierre Denis. En Abril del 24 asistió a la de sus amigos íntimos chilenos Enriqueta Huneeus y Eduardo Ruiz Tagle.


Viajaban mucho y por toda Europa, como siempre lo habían hecho en vida de su padre y siguió conociendo sitios especialmente de España, Portugal, Inglaterra, Italia. Existe una fotografía turística de Mercedes vestida de mora en la Alhambra de Granada.

La década de los 30 sirvió para que profundizara su vida espiritual. Entró a la Asociación de hijas de Maria de los Padres Claretianos, visitaba templos, asilos, hospitales. En el Orfelinato de Anteneil fue el brazo derecho del Padre Pedro Brottier, de la Congregación del Espíritu Santo. Iba los jueves a la cárcel para ayudar a los presos y también a la Maison de Santé. En el Asilo de Ciegos éstos la reconocía por el sonido de sus pasos y hasta le hacían calle de honor pues la querían mucho.


Durante la II Guerra Mundial, a causa de las sirenas y bombas que asustaban tanto a su madre, tuvieron que salir con la familia Sucre y a través de carreteros atestados de gente a pie, marcharon en automóvil a Pau, instalándose en la Pensión de los Dos Corazones de la calle Dupla. Las remesas de dinero del Ecuador se fueron espaciando, no llegaban puntuales, existía racionamiento de víveres. Una larga época de privaciones pero el 45 fue desocupado su departamento de París por las tropas alemanas y recibió una llamada telefónica para que concurriera a recibirlo, encontrando que todos los muebles e instalaciones estaban intactos y en perfecto orden. Nada se había perdido.

Poco después adquirieron una casa en la calle Saint D' Dier No. 74 cerca de la iglesia de los Claretianos donde asistía diariamente a misa. En 1.950 falleció su madre y el 51 volvieron a reunirse las tres hermanas Morla Flor. Alejandrina estaba inválida en silla de ruedas. A sus sobrinas las Mayol Morla mimó haciéndolas concurrir a los espectáculos públicos (Teatro, Opera, Conciertos) y a los monumentos principales (Lugares Históricos, Museos, Bibliotecas) Repartidos los bienes sucesorios, a fines del 52 se embarcó en Amberes con destino a Guayaquil. El Arzobispo César Antonio Mosquera Corral le había dicho que por acá se la necesitaba con urgencia y ella no pudo rehuir tal reclamo. Venía de 57 años, joven aún y en la plenitud de sus facultades, dispuesta a entregarse por entero al servicio social.


Una nueva etapa se abría. Traía consigo a su hermana Carolina, a sus sobrinas las Mayol y los cuerpos de sus padres y abuela para darles sepultura en la tierra de los mayores. También le acompañó el tio Jacinto Reyes Saona, muchos años demente, a quien internó en una clínica y siguió protegiendo y ayudando hasta su muerte. Encontró la vieja casa del malecón en ruinas y convertida en conventillo.

Se hospedó en el Hotel Crillon, luego pasó al Continental, recién inaugurado y de más aseo; al final terminó por alquilar un departamento en el quinto piso de un edificio nuevo en Malecón No. 2.001, comenzó a trabajar en la catequesis con el Padre José Benavides y un grupo de amigas de su edad formado por Mercedes Carbo de Cepeda, las hermanas Eugenia y Graciela Carbo Puig, Leticia Alvarado que fue su compañera inseparable y con quien estableció "El Costurerito"

En 1.954 vivió seis meses en Buenos Aires acompañando a su hermana Alejandrina que seguía inválida, después embarcó a Europa y vivió seis meses en París en el departamento de una amiga. Para el año Santo visitó Roma y trató con el Padre Eduardo Fabregat, Asistente General de América del Centro de la Orden Claretiana, para que enviara algunos misioneros a Guayaquil, ciudad que estaba creciendo y requería esos servicios en las zonas mas pobres de nuevos asentamientos.
Pronto arribaron los Padres Angel María Canals y Fructuoso Pérez. El primero se haría famoso con el paso de los años en La Chala y por haber fundado la parroquia y el Barrio del Cristo del Consuelo, la iglesia del mismo nombre y la tradicional procesión de Semana Santa. Mercedes les había prometido en Roma cubrir los gastos de alimentación y otros gastos menores por cinco años y mantuvo su promesa hasta mucho después.

Con los Claterianos visitó incansablemente el suburbio; primero en canoa, luego a pie por los puentes y tarabitas con peligro de resbalar y accidentarse pues ya no era joven, pero su fe era cada vez más grande. A los pobres llevaba alimentos, voces de aliento y de esperanza. También iba a la Cárcel y al Hospital de los Leprosos. En esto último acompañaba a su parienta Teresita Platón de Morla, que presidía la fundación pro ayuda a los enfermos del Mal de Hansen.

Su carácter estable nunca le producía arrebatos de mal humor. Su conversación fluida y discreta era agradable a todos. Enemiga del chisme y la maledicencia, cuando alguien en el Costurerito hablaba del prójimo, se levantaba disimuladamente y se iba a su cuarto para no escuchar.

Nunca quiso tener automóvil, se movilizaba en el taxi de un chofer conocido. En 1.980 ayudó a los damnificados de Loja y fue agraciada con un Diploma por esa Municipalidad. Tenía de confesor al Padre Mantilla del Sagrario, nonagenario sordo y bueno que casi no mandaba penitencias o las daba poco rigurosas. Ella se seguía confesando con él para que no pensara que estaba inútil por la edad. I como el padre sabía qué clase de alma tenía Mercedes le dijo un día: "Vayase a comulgar sin confesión pues Ud. No la necesita..."

Judith Suárez de Tompkins la hizo ingresar a la Guardia de Honor de la Virgen de la Merced. Iba a misa de San José y protegía a todos los eclesiásticos, principalmente a los extranjeros, los más necesitados de compañía y ayuda.

Por ello, el 6 de Marzo de 1.959, el Nuncio Apostólico la Condecoró con la Medalla "Pro Eclesia et Pontífice" dada su fama de bienhechora, pero ella cometió el error de entregar en préstamo la Medalla a alguien conocido, que se la quedó para si y nunca la devolvió. Mercedes sonreía cuando recordaba ese chasco, pues generosa como era, se desprendía de todo lo suyo. En eso no conocía límites.

En 1.974 vendió a Pedrito Robles y Chambers su fabuloso juego de cubiertos de 144 piezas, hojas de acero inoxidable y mangos de marfil indú, antiguos y firmados. Cada pieza contenía tallas con motivos diversos. Un sacerdote le había perurgido que lo haga, porque según él, debía cubrir una necesidad urgente, que de paso, no se la contó. Después comenzaron a sacarle lo demás. En eso de pedir, algunos fueron insaciables y no tuvieron ni vergüenza ni caridad con ella, porque se enseñaron a que todo lo diera porque si.

En 1.976 la traté mucho en el nuevo local de la Alianza Francesa. Era puntualísima en todos los actos, llegaba entre las primeras y siempre con una joya distinta, de factura francesa de comienzos de siglo, Art Nouveau.

Cuando la felicité por tan lindas joyas me ofreció muy bajito que se las pondría todas, una por una, para que yo pudiera conocerlas. Ese fue nuestro secreto por varios meses. A mi no me interesaban las gemas, de por si bonitas y caras, sino la orfebrería complicada y barroca de Favergé. Habían sido obsequiadas por su padre pues ella jamás gustó ni frecuentó joyerías. Entre el 79 y su muerte las fue vendiendo para dar el dinero a quienes se acercaban a su casa con necesidades, todas urgentes, por supuesto. I terminó por quedarse sin un cuartillo de dinero.

La noche del 26 de Junio de 1.984, pidió a su amiga Graciela Carbo Puig que intercediera en la concesión de unas becas a dos niñitos pobres, se cansó demasiado y entró a su cuarto a dormir, pero al poco tiempo gritó a su doméstica Genoveva, dama anciana como ella, porque se sentía mal.

Aún tuvo fuerzas para llamar a un médico y a Teresita Platón de Morla, a quien advirtió que no se demorara mucho; luego se sentó en una silla con la ayuda de Genoveva, demostró algo de dolor pero le advirtió "No es nada, nada, ya pasará" y enseguida murió sin agonía, dando solo un gemido. No tenía ni los diez sucres que le hubiera costado un taxi para el hospital, a tanto había llegado su generosidad. El entierro fue al día siguiente en la Capilla de la Sociedad de Beneficencia de Señoras:

Concurrieron sus amigas, los sacerdotes y monjas de la ciudad y todos exclamaban que había fallecido una santa por su entrega sin límites, carácter sencillo y atrayente, fe en Dios, deseos de agradar y buen trato a su semejantes y a los animales.

Fue una mujer moderna, sin inútiles complicaciones de rituales ni beaterías insulsas. No era de golpes de pecho sino de golpes de bolsillo, que son los más urgentes y necesarios, sobre todo en ciudades como Guayaquil, que crecía a costilla del sacrificio y la miseria de sus obreros y trabajadores, condenados a llevar una vida de privaciones.
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Fuente: diccionariobiograficoecuador.com

lunes, 27 de febrero de 2017

Julio María Matovelle Maldonado, Misionero Oblato

Padre Julio María Matovelle Maldonado, Sacerdote Misionero Oblato
 8 de septiembre de 1852 - 18 de junio de 1929

«Por donde pasaba quería sembrar el bien y lo sembró con su palabra y, lo que es más importante, con su ejemplo. Durante los primeros años entre sus compañeros, y luego en la vida pública, en el Congreso Nacional, en el convento, en la congregación que fundara, entre sus discípulos, durante las misiones, desde la Catedral Sagrada, entre sus amigos, entre sus conciudadanos, entre todos los que le conocían, en todas partes, por donde sus nobles empeños lo llevaban, y lo hizo siempre con el carácter inalterable y dadivoso del sembrador congénito del bien».

(Lucio Salazar Tamariz.- Una Comarca y sus Destellos, p. 129 / Casa de la Cultura de Cuenca)

JULIO MATOVELLE
El padre Matovelle fue un escritor cuya obra a trascendido a las generaciones: En ella se destacan títulos como «El Catolicismo y la Libertad», «Un Drama en las Catacumbas», «Nuestra Señora de la Nube», «La Asunción de la Santísima Virgen», «Meditaciones Sobre el Apocalipsis» y «Documentos Para la Historia de la Beata Mariana de Jesús», entre otras, en las cuales pone de manifiesto su calidad literaria y su profunda fe religiosa.

MATOVELLE, Padre Julio María.- Sacerdote, abogado, poeta y político nacido en la ciudad de Cuenca el 8 de septiembre de 1852, hijo de don Santiago Matovelle y de la señora Juana Maldonado.

Por razones de índole familiar que no vienen al caso analizar, el pequeño pasó una infancia muy triste, pues desde su más tierna edad vivió primero con una tía, posteriormente fue criado por una india de un lugar cercano a Cuenca y finalmente pasó a cuidados de una mujer del pueblo llamada María Quinde, que lo amó y cuidó como una verdadera madre, aunque por su pobreza no pudo alimentarlo adecuadamente, por lo que el niño creció débil y enfermizo.

A los 10 años de edad entró en el Seminario de Cuenca donde en 1871 se graduó de Bachiller, e inmediatamente ingresó a la Universidad para estudiar Derecho.

Profundo amante de las letras y la literatura, dedicaba al estudio todas las horas libres que le dejaba la universidad. Leía y estudiaba todo libro que caía en sus manos, especialmente los de autores antiguos, que lo cautivaban no precisamente por la perfección de la forma sino por su gran sentido de la sencillez y la verdad. Entregado a estos estudios, tomó en sus manos también el Nuevo Testamento y se adentró en él para nutrirse con las Epístolas de los Apóstoles.

Por esa época fundó el "Liceo de la Juventud", al que pertenecieron los más brillantes jóvenes de la intelectualidad cuencana de esos años, como Remigio Crespo Toral, Honorato Vásquez, Alberto Muñoz Vernaza, etc.

En 1877 obtuvo el título de Doctor en Jurisprudencia y en Ciencias Religiosas, y el 21 de febrero de 1880, el Ilmo. Obispo de Cuenca, Mons. Estévez de Toral, lo consagró sacerdote.

Asistió como Diputado por su provincia a varias asambleas y congresos donde su elocuencia y erudición le dieron gran renombre político, pero también le significó la enemistad y el destierro al Perú por parte del gobierno liberal del Gral. Eloy Alfaro.

Su vocación por las letras hizo que fundara muchas revistas y centros literarios como "Luciérnaga", "El Liceo de la Juventud", "La República del Sagrado Corazón de Jesús", "La Academia del Derecho Público", "El Boletín de la Basílica del Sagrado Corazón " y "El Reinado Social de Jesucristo". Publicó además "El Catolicismo y la Libertad", "Un Drama en las Catacumbas", "Nuestra Señora de la Nube", "La Asunción de la Santísima Virgen", "Meditaciones sobre el Apocalipsis", "Documentos para la Historia de la Beata Mariana de Jesús", etc., obras en las cuales pone de manifiesto su calidad literaria y su profunda fe religiosa.

Gracias a sus gestiones obtuvo que los padres salesianos vengan al Ecuador; fue el mentalizador, defensor y constructor de la Basílica del Voto Nacional y del Monumento a la Santísima Virgen en el Panecillo; fue fundador de los Oblatos y las Oblatas de los Sagrados Corazones de Jesús y María; y de numerosos centros históricos, patrióticos y de beneficencia social.

"Por donde pasaba quería sembrar el bien, y lo sembró con su palabra y, lo que es más importante, con su ejemplo. Durante los primeros años entre sus compañeros, luego en la vida pública, en el Congreso Nacional, en el Convento, en la Congregación que fundara, entre sus discípulos, durante las Misiones, desde la Cátedra Sagrada, entre sus amigos, entre sus conciudadanos, entre todos los que le conocían, en todas partes, por donde sus nobles empeños lo llevaban, y lo hizo siempre con el carácter inalterable y dadivoso del sembrador congénito del Bien" (L. Salazar Tamariz.- Una Comarca y sus Destellos, p. 129).


Adornado de méritos y virtudes sobrenaturales, murió en su ciudad natal, Cuenca, el 18 de junio de 1929, dejando en este mundo un caudal luminoso de ejemplos magníficos y enlutando a la Iglesia y a la Patria.

Su causa está abierta al proceso de beatificación, y en marzo de 1994 el Vaticano reconoció sus virtudes y milagros.

Enciclopedia del Ecuador.
Histórica * Geográfica * Biográfica

Por: Efrén Avilés Pino.

martes, 2 de agosto de 2016

Fray José María de Jesús Yerovi y Pintado, Sacerdote

Fray José María de Jesús Yerovi y Pintado

Abril 12, 1819 - Junio 20, 1867

«De corazón verdaderamente paternal, el padre Yerovi no esperaba que la necesidad llame a sus puertas, él mismo sale en busca de ella para remediarla... Insultado, jamás se queja; perseguido, ama siempre al perseguidor; su aspecto revela un no sé qué de grave y amable, que inspira amor e infunde devoción en cuantos le tratan...».
                                               González Suárez
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ILMO. JOSE MARIA YEROVI
Dos años después de su muerte, el cuerpo incorrupto y flexible del Ilmo. José María de Jesús Yerovi -en cumplimiento a lo dispuesto por S. S. el Papa Pío IX- fue exhumado de su tumba y sentado en la silla arzobispal de Quito, para ser investido como tal. Recibió entonces honores y plegarias.

YEROVI PINTADO, Ilmo. Fray José María de Jesús.- Sacerdote quiteño nacido el 12 de abril de 1819, hijo de don Joaquín Yerovi y Camacho y de la Sra. Josefa Pintado y Camacho.

Sus primeras enseñanzas -de acuerdo con las costumbres establecidas en esa época- las recibió en el cristiano hogar de sus padres, quienes lo encaminaron por los senderos de la religión y la ciencia. «A los ocho años Yerovi sabe más de la ciencia de la Filosofía que Aristóteles, Platón y los más grandes cerebros del paganismo. Conoce el insondable misterio de la Sma. Trinidad, el pecado original, la encarnación de la segunda persona del Verbo, vida y muerte de Cruz, su presencia adorable en el Santísimo Sacramento del Altar, y que será eterno el premio o el castigo de la otra vida. Los impíos pueden reírse; pero tarde, cuando ya no hay remedio, conocerán su error» (W. Loor.- José María Yerovi, tomo I, p. 16).

Posteriormente ingresó en el centenario Colegio de San Fernando -de los padres dominicos-, donde desde 1829 estudió y profundizó en Latinidad, Filosofía, Gramática, Literatura, Geografía, Historia, Física, Matemáticas, Humanidades y por supuesto Religión. A finales de 1835 ingresó a la Universidad de Santo Tomás para continuar con el aprendizaje de la parte teórica del Derecho Canónico, Civil y de Gentes; y en julio de 1839 culminó sus estudios de Derecho, pero tuvo que esperar hasta el año siguiente para poder -de acuerdo con las leyes de educación vigentes en dicha época- rendir el grado de Bachiller en Jurisprudencia. Luego y en cumplimiento de dichas leyes, continuó estudios de Humanidades Superiores hasta obtener, el 25 de febrero de 1843, el título de Doctor en Jurisprudencia.

Entonces -como era de rigor en esa época- la Corte Suprema lo nombró para desempeñar el cargo de Abogado de Pobres. «Nunca estuvo la suerte de aquellos en manos tan puras y honestas...»

Al cumplir los 23 años de edad y estrenando su flamante título, el mundo le abrió de par en par sus puertas, pues tenía simpatía, buen porte, salud, talento, y lo más importante, una conducta moral intachable; pero a pesar de las notables virtudes que lo adornaban, también surgieron en su joven corazón algunas inquietudes que lo llevaron por caminos muy peligrosos. Fue así como su afición por la «farra», la guitarra, las compañías poco recomendables, la lectura de libros prohibidos y la presencia de bellas mujeres a cuyos encantos no pudo resistirse, lo llevaron a principios de noviembre de 1844 -junto a varios amigos y señoritas- a un paseo al lago de Cuicocha, en la provincia de Imbabura.

Con la alegría propia de los jóvenes de su edad, se embarcaron en dos balsas de totora en busca de la intimidad que les proporcionaría la pequeña isla situada en el centro de la laguna. Ya habían alcanzado la orilla de la isla y sólo le faltaba a él desembarcar, cuando un infortunado movimiento hecho por uno de sus amigos alejó la embarcación, que por su vetustez empezó a desbaratarse. Cayó entonces a las heladas aguas, y a pesar de estar relativamente cerca de la orilla no pudo alcanzarla, pues no sabía nadar. «Ante la perspectiva de la muerte, grita pidiendo auxilio. Se acerca a socorrerle la otra balsa: pero a la media luz de las aguas teñidas de rojo por los rayos del sol moribundo, que se ha puesto ya en el horizonte, cree ver el fuego justiciero con que Dios castiga al ángel y al hombre que violan su ley» (W. Loor.- José María Yerovi, p. 51).

Este hecho, al que nadie ha puesto jamás en duda, marcó un cambio definitivo en su conducta, y «no pudiendo resistir al interior impulso que lo lleva a Dios, secretamente advertido y con el consentimiento de sus padres, se retira por seis meses a una hacienda en donde, entregado al silencio, la oración y los sagrados estudios, examina y prueba su divina vocación», y en busca de la santidad y de la sabiduría de Dios, «se da por completo a la oración, místico laboratorio en que se confeccionan las saludables medicinas que curan las heridas del alma. Se enciende en místicos ardores del divino amor, y, al contacto con ese fuego celestial, van deshaciéndose los hielos de las aficiones terrenas». (Vida y Muerte de Fray José María Yerovi.- Fr. A. Luzuriaga C.- O.F.M.).

Luego de casi un año de estudios y meditación religiosa, el 31 de mayo de 1845, en la Iglesia Catedral de Quito y de manos del Ilmo. Obispo Dr. Nicolás Arteta y Calisto, recibió finalmente las órdenes sacerdotales.

«Libre de los compromisos que le unen al mundo empieza una vida completamente santa. El estudio de las divinas escrituras y de las ciencias propias de un sacerdote, la oración al pie del Sagrario en que encuentra todas sus delicias, la penitencia y mortificación son el pan cotidiano con que alimenta y fortalece su alma ansiosa de ser cada día más perfecta» (Luzuriaga.- ídem p. 39).

Al año siguiente fue nombrado párroco de Guano, pero cuatro meses más tarde, debido a una grave afección que sufrió en los ojos tuvo que renunciar al cargo y viajó a Quito en busca de recuperación. Fue entonces designado cura párroco de Pomasqui, población a la que se trasladó a mediados de febrero de 1847 y donde permaneció hasta febrero del año siguiente, en que obedeciendo a una nueva solicitud hecha esta vez por el obispo Arteta, renunció al curato de Pomasqui para poder aceptar la capellanía del convento de las madres conceptas, en la ciudad de Ibarra.

En dicha ciudad encontró un campo mucho más amplio para cumplir con su sagrado apostolado, pero la misión encomendada no le fue fácil, pues su principal encargo consistió en reorganizar y corregir el monasterio y guiar a las monjas del mismo por el verdadero camino de su vocación. Allí, con suave energía y dulzura trabajó para poner fin a costumbres poco edificantes en el claustro, que escandalizan al pueblo; pero cuando sus buenos modales no fueron suficientes, abandonó las medidas conciliadoras y drásticamente sometió a las monjas a la vida de comunidad, separando inclusive de ésta a dos de ellas que se negaron a obedecer.

Así, desde esa época, su talento, patriotismo y espíritu de justicia se hicieron notables, sobre todo cuando asistió como Diputado suplente por la provincia de Imbabura a la Asamblea Constituyente de 1851, donde tuvo destacada y brillante participación demostrando a cada momento que sus postulados estaban por encima de los intereses políticos que primaban en la mayoría de los asistentes a dicho Congreso.

A mediados de 1852, Mons. Francisco Javier Garaicoa -que acababa de ser nombrado Obispo de Quito- lo nombró Subsecretario de la Curia. Entonces y con gran pena por tener que dejar a sus feligreses, abandonó Ibarra y se trasladó a Quito para asumir su nueva responsabilidad.

Al poco tiempo, y a pesar de que solo contaba con treinta y tres años de edad, el Ilmo. Francisco Javier Garaicoa pidió poder a S. S. el Papa Pío IX, y luego de obtenerlo lo designó Vicario Apostólico de Guayaquil, pues lo consideraba imparcial, justo y capacitado; y era «muy conocido por su moderación, tino y prudencia en el manejo y servicio de la iglesia» (Luis Escalante.- Fray José María de Jesús Yerovi).

Así, a pesar de que su nombramiento disgustó a varias autoridades políticas, al Dr. Cayetano Ramírez y Fita y al mismísimo padre Solano; a mediados de febrero de 1853 se puso en marcha hacia Guayaquil y el 9 de marzo asumió su nuevo cargo. Inmediatamente comenzó a trabajar y a preocuparse por resolver los problemas de la Curia, especialmente los relacionados con el aspecto económico de la misma -que se encontraba en bancarrota- y al poco tiempo, gracias a su acertada administración los escasos ingresos empezaron a rendir sus beneficios. Reparó las iglesias, cubrió los gastos de los párrocos, organizó ejercicios espirituales, hizo obras de caridad, y por último, designó una pequeña cantidad en beneficio de los pobres de Ibarra.

A pesar de haberse dedicado con abnegación y sacrificio a cumplir con sus obligaciones pastorales, no pudo mantenerse ajeno a los problemas políticos que día tras día sacudían al país, por lo que sus constantes enfrentamientos con las disposiciones del Gral. Urbina culminaron el 20 de octubre de ese mismo año, cuando ante las autoridades respectivas presentó su renuncia, «por motivos de conciencia y deseos de mirar por el decoro de la autoridad eclesiástica» (carta del padre Yerovi al Deán y al Cabildo), que le fue rechazada en dos ocasiones.

«En estas condiciones, Yerovi se siente incómodo en su cargo de Vicario Apostólico. No es su persona lo que le interesa, sino su dignidad, su autoridad, humillada por la interferencia de Urbina en el negocio de la diócesis, por sí o por medio del Ministro o del Gobernador. Cree Yerovi que en Sede vacante es él el que reemplaza al Obispo y que en este altísimo cargo no puede convertirse en peón del Presidente de la República. En conciencia tiene que abandonar la Vicaría; eso no es fuga, es amor a la Santa Iglesia, esposa de Cristo» (W. Loor.- ídem p. 244).

A fines de marzo de 1854 se embarcó en un velero y abandonó Guayaquil con destino a Tumaco, donde desembarcó para seguir viaje a pie hasta la ciudad de Pasto (Colombia) con el propósito de ingresar al oratorio de los padres filipenses. En Pasto, al igual que lo había hecho desde su ordenación, en Ibarra, en Guayaquil y en tantas otras poblaciones, continuó ofreciendo a Dios su dolorosa penitencia lacerando su carne con silicios, y en la soledad de su celda, sólo con la compañía de Dios, comprendió que debía estudiar más profundamente las Sagradas Escrituras, porque ellas son las que conducen a la vida eterna.

A mediados de 1861 la situación política de Nueva Granada (Colombia) vivía momentos de gran agitación debido al golpe de estado que había llevado al Gral. Tomás Cipriano Mosquera al poder. Quiso entonces viajar al Perú, pero los puertos estaban muy controlados por miembros del ejército de Mosquera, quien también pretendía intervenir en los asuntos de la Iglesia. En estas circunstancias prefirió dirigirse a la ciudad de Cali, donde tocó las puertas del convento de San Joaquín con el ánimo de adoptar el hábito franciscano.

«En un obscuro claustro de otra ciudad lejana camina un fraile por la noche con su lámpara en la mano: entra a la capilla del convento, se postra ante el crucifijo y permanece inmóvil, agachado, cruzados los brazos. ¿Qué hace? Habla con Dios; ¿Quién es? El Vicario Apostólico, el congregado de San Felipe Neri, el literato distinguido, el jurisconsulto consumado, el joven brillante de la ciudad de Quito. La muceta de Doctor se convirtió en corona de religioso, las borlas del humanista en cíngulos de franciscano. Pues no satisfecho con su humildad, la quiso todavía más subida, y tomó el grosero y pesado ropaje del convento. Y éste sí que sabe imitar a su modelo, Francisco revive en el fraile sabio y penitente. ¿Cuándo vio Cali persona más humilde? ¿Cuándo vio Cali monje más piadoso? ¿Cuándo vio Cali cristiano más caritativo?. Caritativo, piadoso, humilde, todo lo fue aquel fraile, y como ninguno de estos tiempos. Por el ayuno, el insomnio y la devoción, San Jerónimo le hubiera envidiado, y viviendo en un desierto, los ángeles hubieran bajado a servirle» (Juan Montalvo.- El Cosmopolita).

En 1863 la situación Estado-Iglesia de Colombia hizo crisis y el Gral. Mosquera ordenó la supresión de todas las comunidades religiosas y el destierro de todos sus miembros. Entonces fue ubicado en la categoría de delincuente extranjero, y ante el dolor de la ciudadanía fue desterrado a Lima, Perú, donde luego de completar su noviciado fue admitido en la orden de San Francisco.

Dos años más tarde «es el denodado paladín de la verdad católica, que, con la palabra y el ejemplo, predica la doctrina que ha aprendido de los labios del Divino Maestro. Su elocuencia fervorosa atrae a las muchedumbres; su dialéctica invencible da con los errores al traste; su bondad aprisiona con dulces lazos las almas; cura las más enconadas dolencias del espíritu; persigue a la incredulidad; fortalece a los débiles; es luz que ilumina a los que viven en las tinieblas; ejemplo de los buenos; martillo de los impíos...» (L. R. Escalante.- ídem p. 126).

Erigida desde 1862 a la calidad de Ciudad Episcopal, Ibarra necesitaba en esa época de un Administrador Apostólico de elevadas cualidades espirituales, y gracias a las gestiones del Delegado del Vaticano, Mons. Francisco Tavani, y a la buena predisposición del Presidente de la República, Dr. Gabriel García Moreno, fue designado para desempeñar dicha dignidad, por lo que el 24 de agosto de 1865 se embarcó en el puerto de Callao con destino a Guayaquil, desde donde continuó viaje a pie hacia Quito. En dicha ciudad permaneció varios días visitando a su familia, y luego continuó hacia Ibarra, a donde llegó en la lluviosa noche del 3 de noviembre, y donde, a pesar de lo avanzado de la hora, fue esperado por toda la población que lo recibió entre muestras de verdadera alegría y regocijo. Finalmente y luego de cumplir con los trámites de rigor, el 10 de noviembre tomó posesión de su nuevo cargo.

Durante el tiempo que permaneció en Ibarra nunca usó su cama para dormir; dedicando su sacrificio a Dios prefería dormir en el suelo, sirviéndole de almohada para reclinar la cabeza el borde de una grada que había en su habitación; y sus escasas rentas, tal era su costumbre, las distribuía entre los pobres guardando para sí únicamente lo necesario para su alimentación.

En Ibarra, «no duró un año su administración; pero dejó una estela de luz vivísima, perfume perenne y celestial, sabor divino. La diócesis necesitaba comenzar así; pobre en bienes materiales, rica en los del espíritu, poderosa en influencia de santidad, ubicua en servicio a las almas» (Biog. del Padre Yerovi, p. 227, Dr. J. Tobar Donoso).

El 7 de octubre de 1865, S. S. el Papa Pío IX lo nombró Obispo de Cidonia «in partibus infidelium». Dicho nombramiento le fue entregado en enero de 1866, y lo conminaba además a que, a la brevedad posible, se traslade a Quito y se encargue del gobierno eclesiástico de dicha ciudad. A pesar de la presión tuvo que demorar algunos meses su viaje debido a que tenía que cumplir varios trámites de orden administrativo; pero, no pudiendo retrasar más su partida, el 20 de junio de ese mismo año -y manteniendo su costumbre de viajar a pie a pesar de su edad- abandonó para siempre su muy amada ciudad de Ibarra.

Durante los cuatro días que duró su viaje vio a Cristo en cada pobre que se le cruzaba en el camino, y olvidando sus propias necesidades, repartió entre ellos los pocos alimentos que llevaba en sus alforjas. Finalmente, en la noche del domingo 22 llegó a Quito, cansado y con los pies ensangrentados.

El domingo 5 de agosto, ante la presencia del Presidente de la República don Jerónimo Carrión, de autoridades civiles y religiosas, del cuerpo diplomático y de una enorme multitud que colmaba las naves de la catedral de Quito; recibió la consagración episcopal de manos del Ilmo. José Ignacio Checa y Barba.

Al día siguiente inició su labor apostólica publicando una serie de pastorales que circularon semanalmente, y como si presintiera su próximo fin se prodigó en atender a la diócesis cumpliendo todas sus obligaciones: Exhortaba diariamente a los sacerdotes para que diesen buen ejemplo a sus fieles, visitaba las cárceles para reconfortar a los presos y darles sabios consejos, fundó la Casa de Santa María del Refugio para acoger a las mujeres desamparadas, y luego de realizar un concienzudo estudio escribió una nota a la delegación apostólica explicando las dispensas que debían tener los indígenas debido a sus creencias y tradiciones. Finalmente, obtuvo su mayor satisfacción al lograr que la Iglesia sea independiente de los lazos de la política del Estado, que hasta esa época había tenido gran influencia sobre ella. Y así, toda la Arquidiócesis de Quito sintió la benefactora influencia de este noble, abnegado y santo servidor de Dios.

Desgraciadamente, los ayunos, sacrificios, silicios y penitencias a los que se había sometido durante toda su vida, habían debilitado su salud, y su cuerpo no pudo resistir tanto trabajo y esfuerzos, por lo que en junio de 1867 cayó gravemente enfermo.

Tuvo la dicha de conservar hasta el final de sus días el don del recogimiento íntimo y fervoroso. Oraba constantemente con una unción que le conmovía no pocas veces hasta arrancar lágrimas de sus cansados ojos, y después de orar levantaba la mirada al cielo con la seguridad de que sus oraciones habían sido escuchadas.

Presintiendo el llamado de Dios, el día 19, luego de reconciliarse pidió que le cantaran el «Tedéum», y al amanecer del día siguiente, 20 de junio de 1867, después de recibir la sagrada comunión, entregó su alma al Creador.

«Los dos o tres días que pasó expuesto el cadáver en la Capilla del Palacio, el concurso de gentes fue inmenso a todas horas, y la traslación a la Catedral para las exequias, que se celebraron el sábado 22, no fue un cortejo fúnebre, sino la apoteosis de un santo» (Escalante.- ídem p. 200).

Pocos meses antes, el 2 de abril, Su Santidad el Papa Pío IX había aceptado la renuncia del Arzobispo de Quito, Ilmo. José María Riofrío, y en fuerza a su derecho de sucesión dicha dignidad le correspondía al padre Yerovi, Obispo de Cidonia, por lo que el Pontífice romano, apenas tuvo conocimiento de su muerte, ordenó que se exhumara el cadáver para imponerle el sagrado palio. Para cumplir con tal disposición, el 5 de marzo de 1869, casi dos años después de su muerte, el Ilmo. José Ignacio Checa y Barba procedió a exhumar el cuerpo de Yerovi, que con gran pompa fue colocado en la Catedral, sentado en un sillón, investido con las vestiduras e insignias pontificales. Milagrosamente y para regocijo de la Iglesia Católica y de todos los fieles, el cadáver aún mantenía su flexibilidad y no había en él ninguna muestra de descomposición.

En 1954, ochenta y siete años después de su muerte, al instalarse el proceso apostólico para su beatificación, ante la presencia del cardenal quiteño Carlos María de la Torre se descubrió su tumba en busca de reliquias, pero un nuevo milagro se había realizado para dar fe de su santidad: El cadáver aún se mantenía intacto.
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Histórica * Geográfica * Biográfica
Por: Efrén Avilés Pino.

Beata Mercedes de Jesús Molina y Ayala, Virgen Fundadora

Beata Mercedes de Jesús Molina y Ayala, Virgen Fundadora
Junio 12

Fundadora de las Marianitas

Nació en Baba, población perteneciente en esa época a la provincia de Guayaquil (hoy provincia de Los Ríos), el 24 de septiembre de 1828, hija de don Miguel Molina y Arbeláez y de doña Rosa Ayala y Aguilar.

Dos años más tarde murió su padre, por lo que con su madre se trasladó a vivir a Guayaquil, donde ingresó a estudiar en una de las escuela de la ciudad. Por esa época su madre le enseñó a rezar y a conocer la doctrina cristiana.

A los quince años de edad sufrió el gran dolor de perder a su madre; era entonces una bella jovencita que atraía poderosamente a muchos gentiles galanes que rondaban su casa con pretensiones amorosas, pero en 1849, cuando acababa de cumplir veintiún años, renunció a un brillante matrimonio, y al frente de un asilo de huérfanos se dedicó a la acción social y evangélica. Entonces repartió todos los bienes que había heredado de sus padres -destinándolos a obras para los pobres-, y colaboró con la incipiente Junta de Beneficencia de Guayaquil.


Mercedes se entregó por entero a Dios y emitió votos de virginidad perpetua tomando el camino del sacrificio, la bondad, la oración y la meditación. Sucedió entonces que estando en oración contemplativa, siguiendo los pasos de Mariana de Jesús a quien imitaba en su amor a Dios, éste le manifestó, a través de un rosal florido, que fundaría un colegio religioso.

En 1862 comenzó a levitar cuando oraba, perdía los sentidos y entraba en éxtasis después de comulgar. Al año siguiente su fama de beata se extendió por toda la ciudad ocasionando los más variados comentarios. Fue justamente por esa época cuando conoció a Narcisa de Jesús Martillo Morán, con quien compartió su casa por largo tiempo para ayudarse mutuamente en el camino de la cruz, y practicar juntas la virtud, la oración y la penitencia.


En 1870 viajó al oriente con el propósito de evangelizar a los jíbaros, y tres años más tarde, luego de cumplir con su labor cristiana a costa de muchos sufrimientos, el Señor la condujo a la ciudad de Riobamba donde el 14 de abril de 1873 vio cristalizado su deseo de fundar un instituto religioso, al que puso bajo el patrocinio de la santa quiteña Mariana de Jesús.

Posteriormente continuó llevando una vida ejemplar, de amor al prójimo y de sacrificio hasta el heroísmo, y debido al ayuno y la penitencia su cuerpo se fue debilitando poco a poco hasta que la muerte la sorprendió, en olor a santidad, el 12 de junio de 1883.

El 8 de febrero de 1946, Su Santidad el Papa Pío XII decretó la introducción de la causa de su beatificación, y el 27 de noviembre de 1981, el Papa Juan Pablo II expidió el Decreto sobre las Virtudes Heroicas y le dio el título de Venerable. Cuatro años más tarde, el 1 de febrero de 1985, «La Rosa del Guayas» fue beatificada durante la visita pastoral que el Santo Padre realizó a la ciudad de Guayaquil.

Sus restos descansan en la ciudad de Riobamba, en la misma casa donde fundó la Congregación de las Marianitas.
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