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jueves, 27 de julio de 2017

Pedro Manuel Salado de Alba, Misionero

Pedro Manuel Salado de Alba, Misionero
Enero 1, 1968 †Febrero 5, 2012

Pedro Manuel Salado de Alba, Misionero Pe­dro Ma­nuel Sa­la­do de Alba, na­ci­do en Chi­cla­na en Enero 1, 1968, co­men­zó el no­vi­cia­do en el ho­gar del Na­za­ret de Cór­do­ba en 1990.

Nue­ve años des­pués, es des­ti­na­do a Qui­nin­dé (Ecua­dor) don­de, ade­más de cui­dar a los ni­ños del ho­gar, lle­gó a ser de­le­ga­do pas­to­ral del Obis­pa­do de Es­me­ral­da, pro­vin­cia a la que per­te­ne­ce Qui­nin­dé.
Pedro Manuel pertenecía a la Familia eclesial Hogar de Nazaret, fundada por María del Prado Almagro

El hermano Pedro se consagró al Señor en el año 1990 y hasta 1998 vivió en el Hogar de Nazaret de Córdoba. En este año fue destinado a la misión que el instituto tiene en Quinindé (Ecuador).

Y allí ha servido al Señor, y a los niños desamparados dirigiendo un Hogar y la Escuela-Colegio Sagrada Familia de Nazaret, con una entrega reconocida por aquellos que lo conocían y habían convivido con él.

Tenía 43 años y dirigía un hogar-escuela en Ecuador

Fa­lle­ció el 5 de fe­bre­ro de 2012, en una pla­ya de Ata­ca­mes, ex­haus­to, al sal­var a sie­te ni­ños de mo­rir aho­ga­dos en un mar em­bra­ve­ci­do.

«Estaba en la playa con los niños a los que cuidaba, en un día que parecía tranquilo», explica el padre Manuel, compañero de la institución religiosa familiar Hogar Nazaret. «Siete niños quedaron atrapados entre las olas y se lanzó al agua para sacarlos uno a uno», explica.

«Luchando con el agua, las fuerzas se le fueron agotando y utilizó el último esfuerzo para sacar al último niño», relata. «Él no habría podido vivir sabiendo que un niño había fallecido», concluye el padre.

"Era un hombre sencillo y humilde", confiesa el padre Manuel. Y siempre se rodeo de niños. De hecho trabajaba en una escuela, en la que vivían niños en situación de riesgo o desamparo y donde le llamaban 'el papi'. "Él no quería volver a España, decía que no podía dejar a los niños allí". Y, al final, lo dio todo por ellos.


Al conocer la noticia el obispo de Esmeraldas, el español Mons.
Eugenio Arellano, afirmaba que

“el hermano Pedro murió como vivió” entregado a Dios y a los niños.
1. Chiclana de la Fronter

Pedro Manuel Salado nace el 1 de enero de 1968 en el seno de una familia cristiana de Chiclana de la Frontera (Cádiz); es el tercero de 6 hermanos. En esta familia numerosa aprende el valor de la fraternidad y de la sencillez. Es un joven emprendedor y, a la vez, tímido; apasionado de la electrónica.

Coro de la parroquia San Juan Bautista

Además de la vida de familia, y del estudio, Pedro dedicaba su tiempo libre a la guitarra; ya desde pequeño se fue aficionando a ella y después comenzó a compartir con otros ese arte. Así lo constata Miguel Ángel, un hermano de la Salle que coincidió con Pedro Manuel entorno al año 1985:

“Pedro Manuel y yo participábamos del coro que funcionaba en el Colegio cuando yo rondaba los 15 años. Este coro se dedicaba a animar las misas de la mañana del domingo en la Iglesia Mayor. Allí, tuve la posibilidad de conocer a chicos que vibraban con el mundo de la música, algo que a mí me inquietaba y me gustaba, entre estas personas estaba Pedro. Era fácil conectar con él, sonreía, y hablaba con sencillez. Lo que más recuerdo es su mirada, una foto que tengo en la retina, donde solo se muestra alguien tranquilo, relajado, sin prejuicios, sin aditivos añadidos, transparente. Me llama la atención que el encuentro con Pedro me marcara tanto, de tal manera que cuando he tenido la oportunidad de encontrarme con alguien de vuestra institución he preguntado por él y le he mandado recuerdos.

J. Manuel, otro ciudadano chiclanero vinculado a los Hermanos de la Salle recuerda a Pedro Manuel cuando iban a tocar la guitarra en las misas que se celebraban en el Hogar; según él, así Pedro conoció el Hogar de Nazaret”.


Taizé
Varias experiencias van marcando el camino espiritual de Pedro Manuel, que oye desde su corazón una voz que cada vez le va pidiendo más. Una de esas experiencias es el viaje que hizo a Taizé. Siempre recordará Pedro ese viaje como un encuentro de oración y de silencio, en las celebraciones, en la comunidad joven.



Hogar de Nazaret

Esta comunidad católica pertenece a los nuevos movimientos eclesiales, y es fundada por María del Prado Almagro en 1978, en Córdoba (España). Está integrada por dos ramas, una de mujeres célibes y otra de hombres célibes, clérigos y laicos. Los miembros de estas dos ramas se consagran a Dios, asumiendo los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Viven en fraternidad una exclusiva y radical disponibilidad en la misión.
En Chiclana de la Frontera hay dos casas de Hogar de Nazaret: una es el Albergue, abierto a principios de los años 80; durante el año es la vivienda de un grupo de niños junto con varias hermanas de la comunidad. El otro lugar de Nazaret es el Campamento. Que es utilizado para albergar hermanos y niños de otros hogares de España durante el verano.
Es en este lugar, durante el verano de 1987, cuando Pedro Manuel conoce el Hogar con más profundidad, y el Hogar a Pedro. Había muchos jóvenes que se acercaban durante este periodo estival para ayudar a los hermanos con los niños. Cuando le preguntaron a Pedro por sus habilidades el respondió: “Yo sólo se tocar la guitarra”. Y con su guitarra siempre estaba rodeado de un grupito de niños que escuchaban con atención.

2. Córdoba
Noviciado
Al conocer la situación de sufrimiento y abandono en la que tantos niños y jóvenes se encuentran, Pedro responde a la llamada del Señor en el Hogar de Nazaret. En 1988 comienza el noviciado en el Hogar que había en la calle Menéndez Pelayo, en Córdoba. El que fuera su formador, el hermano Pedro Pablo Gómez, destaca de él:
“Durante los dos años de duración, fue uno de los novicios que menos ruido dio. Pudiera decirse que “pasó sin ser notado”. Se que le costó mucho asumir la separación de su familia, y de un modo especial la lejanía de su madre Pilar. Él siempre estaba muy atento y pendiente de su madre prodigándose en detalles de cariño para con ella.  Pronto superó esta circunstancia integrándola en las renuncias y sacrificios que exigía la llamada y el seguimiento de Jesús.

Jamás impuso un criterio en la comunidad. En los encuentros con el formador se mostraba satisfecho y aceptaba de buen grado las observaciones que se le indicaban. Siempre deseaba superarse.

Cuando llegaba Navidad y en el patio del Hogar se montaba el monumental Belén, Pedro Manuel se encargaba de la instalación eléctrica: era un “manitas” para los cables.
Cuando hicimos el Proyecto para Manos Unidas con vistas a la fundación de Ecuador en Quinindé, en el año 1990, él se encargó de transcribir y dar forma a todos los datos que fueron recopilando los novicios a instancias del formador, y metiéndolos en el ordenador. Se quedó varios días hasta altas horas de la noche. Realizó un gran trabajo; por entonces, ni imaginaba que años más tarde, él sería uno de los que marcharan a aquellas tierras y dejara una huella tan  profunda.

Espiritualmente, era un muchacho profundo, devoto y temeroso de Dios.”
Pedro Manuel emitió los primeros votos el 15 de agosto de 1990.

Interrupción por el Servicio Militar
Hubo de interrumpir el noviciado por un período de 9 meses, tiempo en que realizó el servicio militar entre 1989 y 1990 en Cerro Muriano (Córdoba). Sobre este hecho cuenta la hermana Pepa:

“Un día Pedro Manuel me dijo: «Pepa, a mi no me gusta pedir favores, pero no quiero coger armas, ¿Tú no conoces a nadie que me pueda ayudar para hacerme objetor de conciencia?»”.
La objeción de conciencia no fue posible hacerla pero, contra toda esperanza, fue trasladado a las oficinas del cuartel. Un compañero decía de él en Internet cuando conoció la noticia:
“Lo conocí haciendo la mili en Cerro Muriano, 1990, una gran persona” (Rafa)

Hogar de la calle Osio

Después de profesar los votos temporales es destinado al Hogar que estaba situado en el nº 10 de la calle Osio, una calle de la judería cercana a la Catedral, donde Pedro iría a escuchar Misa asiduamente.

Su labor en Córdoba puede definirse como abnegada y silenciosa. Durante 9 años acogió y educó a varios grupos de hermanos. Además, era hermano de referencia para algunos niños mayores del Hogar que ya se habían emancipado. La sencillez de Pedro Manuel hacía posible que todos se pudieran acercar a él.


Mansedumbre, paciencia, bondad y mucha humildad
Así lo definen los que lo conocieron en Córdoba. Se prodigaba en atenciones a “sus niños”; nunca levanto la mano a uno. Hubo uno que un día hizo una gran trastada. Esa quizá fue la única vez que Pedro Manuel dio un cachete a un niño, y antes de hacerlo le advirtió de lo que iba a hacer y le pidió perdón. El niño, hoy ya adulto, recuerda este hecho con gracia, pues él mismo reconoce que apenas fue una cachetada en el trasero y que le hizo cosquillas. Pero este hecho no deja de decirnos esa bondad y delicadeza que siempre tuvo con los menores que se le encomendaban.

Además, Pedro Manuel siempre ha destacado por su humildad. El obispo de Esmeraldas decía que la humildad del hermano Pedro era una humildad institucional. Una de las hermanas que más lo trató en Córdoba, la hermana Pepa, dirá de él:
“Pedro Manuel era paciente y humilde. ¡La humildad la tenía tan asumida!, y ahora lo veo más claro. Esa humildad que tenía la trasmitía también a los niños en su forma de ser; ¡como corregía al otro sin hacerlo con violencia! en eso destacó muchísimo Pedro Manuel.
En una ocasión, estando en el campamento, en Chiclana, yo le gritaba a Pedro Manuel diciéndole «¡Pedro Manuel! ¡A tu niño, Antoñito, lo tienes hecho caca hasta arriba!» aquel niño tendría siete u ocho años. Pedro Manuel llamó enfadado al niño: «¡Antoñito, ven para aquí!». Yo pensé (cuenta la hermana) que le iba a regañar, pero cuando el niño se acercaba le decía «¡Papá, papá!», y eso a él lo desarmó y le dijo suavemente: «anda y vete para la ducha».”

Trabajo de oficina y dedicado a los niños
Una vez instalado en la calle Osio, se le encomendó llevar el archivo del Hogar de Nazaret, que se encontraban en la misma casa, pues ésta fue, hasta el 2010, la Casa Madre de la Asociación. También llevó este trabajo con suma dedicación y cuidado. Pero este trabajo le absorbía, por lo que se vio conveniente pedir ayuda a don Ángel Yergo, un amigo de la comunidad que había trabajado como administrador en un banco. También don Ángel guarda buenos recuerdos de Pedro Manuel, al que trató asiduamente:
“La primera vez que yo vi a Pedro Manuel, estando él en el noviciado, me dije: «pero si este es un crío». No sé que edad tendría; pensé que sería uno de los niños de la hermana Pepa, era muy joven.

Hasta 1995 Pedro Manuel se encargaba de llevar la parte de la administración de toda la Asociación, además de los niños que tenía encomendados y de la casa; fue Pepa quien me pidió si le podía echar una mano. Para él era mucho trabajo.
A partir de 1995, aproximadamente, colaboraré más directamente con el Hogar, yendo a trabajar y arreglar papeles en el Hogar de Pedro Manuel, en la calle Osio. Iba una vez por semana.

Fue entonces cuando Pedro Manuel, la verdad, se quedó más tranquilo, se dedicaba a los niños. Todas las mañanas yo iba muy temprano, y si él no había vuelto de llevar a los niños me tocaba esperarlo en la puerta, hasta que un día me dijo, «tú te quedas con las llaves y entras». Así lo hice; Pedro Manuel se dedicaba más a las cosas propias del Hogar, en particular a los niños: Era una alegría porque los niños estaban siempre muy contentos.
Además era muy ordenado con el archivo, que no dejó de cuidar. Pedro Manuel tenia un sitio determinado para cada cosa, recuerdo que había veces que le tenía que llamar por teléfono, a Ecuador, para encontrar algún papel, y me decía exactamente donde estaba («en la carpeta tal, en tal sitio»)”.

3. Quinindé (Ecuador)
En 1999 Pedro Manuel es destinado a Ecuador, al Hogar que la Institución tiene en la ciudad de Quinindé, para reforzar el trabajo que estaban realizando allí los hermanos. Así lo cuenta la hermana Juani, directora de Hogar de Nazaret en Ecuador:

“Pedro llegó a Ecuador a finales de marzo del año 1999. Yo no lo conocía bien, sólo tenía referencias de él. Recuerdo, a su llegada, la alegría que traía y los grandes deseos de servir.
Al llegar a Quinindé encontró a un gran número de niños y mucha actividad fuera del Hogar: Escuela, catequesis, formación de catequistas y profesores,… A pesar de ser muy hogareño, intentó integrarse, pues sabía que iba a este lugar para apoyar y ayudar a los hermanos; puso todo de su parte. Pero esta actividad hacia afuera no impidió que él reaccionara y dedicara el tiempo necesario a cada cosa: tenía bien claro que la vida interior se alimentaba principalmente de la meditación y la oración. Esto me lo fue comentando en Quito, cunado tuvo que estar dos semanas de rehabilitación, pues se torció un tobillo. En ese tiempo pude conocerlo mejor; vi que tenía deseo de que se le ayudara, y puedo decir que se dejó guiar.”

Rodeado de sus niños
No había pasado mucho tiempo y todos los niños y niñas se le fueron acercando, era un imán; siempre tenía tiempo para jugar con ellos y contarle su repertorio de historietas. Los niños no tardaron en llamarle “papi Pedro”, pues realmente encontraban en él la ayuda que necesitaban: si había que arreglar algún juguete u otra cosa, acudían a «papi Pedro», si necesitaban ayuda para alguna explicación del colegio, sobre todo de matemáticas, acudían a «papi Pedro»; si necesitaban información de Internet, o hacer algún trabajo en ordenador, allí estaba el paciente «papi Pedro» para echar una mano. “Ya pudiera estar ocupadísimo que nunca decía «no, no puedo»; esta virtud se les ha quedado a los niños muy grabada”, nos recuerda la hermana Juani.

Son muchos los testimonios que han llegado de sus niños; presentemos algunos:
“El papi Pedro nos enseñó a valorar a todas las personas tal como son. Siempre hacíamos teatros con él; era tan divertido y alegre. Nunca dejaba de tener su guitarra, la llevaba a la Misa y en el Rosario; él así demostraba su felicidad con todos los jóvenes. Generoso, inteligente y muy humilde, ese era para mi Papi Pedro.

Nos ayudaba en los deberes, especialmente en inglés. Me encantaba cuando le pedíamos algo, él enseguida lo iba a hacer, tan detallista; siempre estuvo para nosotros.
Él me enseñó a luchar por todo lo que deseaba en la vida, que tenemos que estudiar para salir adelante y eso me gustaba de él: le encantaba estudiar, en cada viaje que hacíamos él no olvidaba sus libros, y yo voy a seguir su ejemplo, esforzándome en mis estudios y demostrándole que yo sí puedo” (Alexandra, 16 años).

“Mis hermanos, Francisco y Toño, y yo, nos quedamos con papi Pedro en Quinindé cuando los otros muchachos se fueron al Hogar de Quito. Todo el tiempo que el papi pasó con nosotros supo brindarnos su amor de padre. Cuando él se iba a España siempre nos daba miedo pensar que no regresaría, cuando regresaba era una gran alegría para todos tener al papi Pedro de vuelta” (Ramón Tenorio, 19 años).

La escuela Santa María de Nazaret
En el año 2001 asume la dirección de la escuela Santa María de Nazaret; una opción difícil, pues había algunos padres de familia muy conflictivos y otros profesores que también estaban dando problemas. Dice la hermana Juani:

“Cuando se le propuso dirigir la escuela no hubo por su parte ninguna negativa a pesar de ser consciente de cómo estaba la situación. Todo lo aceptó como voluntad de Dios”.
Acto seguido el obispo de Esmeraldas, Mons. Eugenio Arellano, lo nombró delegado suyo por ser la escuela de carácter fiscomisional (lo que en España conocemos como colegios concertados).

Pronto los profesores y padres de alumnos descubrieron que el hermano Pedro Manuel no tenía las cualidades de los hermanos anteriores: abiertos, emprendedores... Y comenzaron a hacer comparaciones. Esto para él fue también difícil, pues tuvo que sufrir muchas indiferencias y comentarios como estos: «No sabe ni hablar en público», «no se presenta a todos los eventos», «es muy blando, muy tímido».

Pero poco a poco todo fue cambiando, la gente fue descubriendo quien era el hermano Pedro  Manuel y Quién lo sostenía. Así lo afirma Mercedes Cano, directora y profesora de la Escuela, que comparte este precioso testimonio:
“No habrá una persona en este Quinindé y en la institución nazarena que no haya respetado y amado al Hermano Pedro, porque él, con su ejemplo de vida, nos condujo a la sencillez, a la bondad, a la solidaridad.

El Hermano Pedro es un testimonio de cómo vivir plenamente: amaba lo que hacía, disfrutaba de su trabajo, quería mucho a los niños, y digo que hasta los consentía demasiado; consideró mucho a los maestros de la institución y nos ayudó a superarnos pues él decía que debíamos ser perfectos porque Dios es perfecto. En un retiro espiritual que nos dio yo no entendía esto, incluso refuté lo que mencionaba diciéndole: «¡Cómo voy a ser perfecta si sólo Dios es perfecto!»; a lo que el hermano me respondió: «¿Acaso tú no eres hija de Dios?». Le dije «Si», «entonces (me dijo) ¿Cómo crees tú que quiere Dios a sus hijos? Los quiere perfectos y felices, por lo tanto trata de vivir tu vida lo más perfecta posible a pesar de las tentaciones».

Era muy humilde en su manera de vivir, y accesible, pero imponía con delicadeza su autoridad y ya sabíamos que una orden era una orden y debía cumplirse.
Nos enseñó que el amor todo lo puede y que la rutina destruye todo, por lo tanto teníamos que renovarnos, preparándonos en todo sentido; por ello nos dio la oportunidad de estudiar, sacar un título; la mayoría de los que estuvimos en esa época sacamos un titulo profesional. Él fue como nuestro padre, nos decía: «El maestro nazareno debe tener predisposición al cambio y esa es nuestra fortaleza». También sembró en nosotros el deseo de preocuparnos por nuestra economía y tener cada uno nuestra casita propia, y así no vivir pagando el alquiler, es decir, nos impulsaba a mejorar. Nos alentó a la superación, al servicio y a la paciencia, él tenía tanta paciencia”.

Confianza en la Virgen y cuidadoso con lo sagrado.
 Como decíamos hace un momento, fueron años duros, pues a él le toca la labor de fortalecer y proyectar una escuela con sólo 8 años de existencia y con más de 500 alumnos, muchos de ellos procedentes de familias muy pobres. En este tiempo el “hermano Pedro” (así lo conocían en Ecuador), con su abnegada labor, no sólo logró mantener la Escuela, sino que realizó la ampliación hasta Bachiller. Para esta ardua labor tuvo dos secretos: el primero de ellos es la obediencia, lo consultaba todo a sus superiores. El segundo era su confianza en la Virgen María; en los años más difíciles de la escuela él, cuando iba a Quito, al Hogar del hermano Manuel, le decía: “Si la escuela se mantiene en pie es por la acción de la Virgen; eso parece claro”.

 Otro signo del amor y confianza en la Virgen María era el escapulario de la Virgen del Carmen que llevaba consigo; esto procuraba que nadie lo supiese. También el hermano Manuel da testimonio de ello.

El hermano Pedro era, además, cuidadoso y atento con lo Sagrado. En una ocasión el hermano Manuel organizó a un grupo de jóvenes de Quito para ayudar a Pedro y arreglar voluntariamente algunos desperfectos de la escuela: columpios, ordenadores, pintar una pared de un patio; cuando ya los tenía organizados al grupo de los diez jóvenes el hermano Pedro Manuel le pidió tres de ellos para arreglar una buena capilla para el Sagrario, pues en ese tiempo el Sagrario estaba en el despacho del padre Cristóbal, también en la escuela. El hermano Pedro sacrificó una de las mejores aulas para montar ahí una linda y digna capilla.
La directora, Mercedes Cano apunta a este respecto:

“El Hermano Pedro amaba mucho su misión, tenía una fe muy grande en María. Le gustaba leer mucho y estudiar, no era ostentoso y nos exigía preparar las procesiones, las misas, la noche cultural con gran esmero, especialmente las representaciones del nacimiento de Jesús; nos daba los videos, los libros, nos ayudaba en el guión para que las representaciones salieran como él decía, perfectas”.


Este es el hermano Pedro Manuel
Sin embargo, el hermano Pedro huía de cargos; por ello, en el año 2008 pidió el relevo en la dirección de la Escuela, petición que le fue concedida sin dejar por ello la docencia. Su vida eran los niños, pero sobre todo los que estaban acogidos en el Hogar. No escatimaba en tiempo y en esfuerzo para dedicarse a ellos: estudio, juegos, excursiones, teatros familiares, catequesis…

Además de su entrega a los niños, el hermano destacaba por su sencillez. De él se ha dicho que “pasó por la vida sin hacer ruido”. Unida a esta sencillez destacan también su pobreza evangélica (espiritual y material); su alegría y su bondad: “para servir era el primero” (Nos dice Mª del Prado, Directora General del Hogar de Nazaret.

Además de sencillo, era, realmente, pobre consigo mismo. En una de sus visitas a España, en el año 2003, se vino con el único calzado de unos zapatos para todo. Cuando le entregaron unas zapatillas para jugar fútbol y se le preguntó si le quedaban bien él respondió: “Sí, tengo pie de pobre”. El novicio que escuchó esa expresión se pensaba que tener “pie de pobre” era una anomalía en los pies, como puede ser tener los “pies planos”. Con el tiempo comprendió que más que una anomalía, era una virtud: todo lo aceptaba como venido de la mano de Dios, y, por lo mismo, no lo exigía.

Otra de las virtudes por las que se caracterizaba Pedro Manuel era por su sentido profundo de la fraternidad. Lo primero para él eran sus hermanos de comunidad; dejaba todo por acudir a atender a algún hermano que pasara por una situación difícil; “era todo para todos”. También el hermano Manuel nos refiere alguna anécdota al respecto:

“Cuando tuve alguna dificultad en Quito, sabiendo Pedro Manuel que podía sentirme solo, no dudaba en dejar aparcado todo lo que tenía entre manos en la misión para venir a acompañarnos a mí y a los niños. Dejaba clases, catequesis, reuniones, y, si era necesario, a sus propios niños con familias conocida para estar con la comunidad.

 Así lo hizo, por ejemplo, cuando me comunicaron que en breve tenía que retornar a España para entrar en el seminario de Córdoba. Cuando se lo dije a Pedro por teléfono me dio que no podía venir a acompañarme pues en septiembre el trabajo se le acumulaba en la Escuela; pero, no sé como, en menos de cinco horas ya estaba en Quito para pasar esos últimos días conmigo. Siempre procuró estar muy cerca de la comunidad”.

Otro amigo del hermano Pedro, el padre Cristóbal, que ejerció su ministerio en la escuela Santa María de Nazaret durante el tiempo que Pedro Manuel fue director nos cuenta de él:
“El hermano Pedro era humilde, sencillo, caritativo, de espiritualidad profunda; alegre. A tiempo completo trabajaba atendiendo a los niños a él confiados. Sonreía con alegría; jamás lo vi molesto ni le oí regañar a nadie. Fue un hombre en quien se podía confiar: cuando yo tenía alguna necesidad por motivo de mi misión, él dejaba su trabajo para ayudarme; varias veces me echó una mano concluyendo mis trabajos de la universidad y me los enviaba a Quito”.

Sí, este es el hermano Pedro Manuel. Un hijo de Dios, que procuró responder con fidelidad a su vocación, un hermano muy cercano para sus hermanos y hermanas, un padre para los niños, un compañero para los profesores de la Escuela, un maestro atento para los alumnos, un buen amigo para todos los que lo conocieron.

El Señor en todos esos años, los de Cádiz, con su familia; los de Córdoba, en el noviciado y en su hogar de la calle Osio; y los años en Ecuador, lo fue preparando y él le fue respondiendo muy generosamente, hasta que nuestro mismo Padre Dios vio que el fruto ya estaba maduro…

“Si el grano de trigo muere…” Jn 12,24
El  5 de febrero de 2012, domingo, la comunidad misionera se había ido con los niños y niñas que tienen acogidos a una playa cercana a la misión.

Ese día habían ido todos juntos a la parroquia de Atacames, a la Misa  dominical. Después de la Eucaristía la hermana Rosi, con otra niña mayor, se quedó en una casita que les habían prestado para la ocasión, haciendo la comida. El hermano Pedro y la hermana Juani acompañaron a todos los niños para que se bañaran en las aguas del océano Pacífico, en las playas del mismo Atacames. Esa mañana habían avisado por radio que esa zona del Pacífico era insegura pues se preveían pequeños terremotos. Pero, lamentablemente, la noticia no llegó a esta zona de la costa, los mismos guardacostas desconocían esta advertencia y no pusieron la bandera amarilla que sí ondeaba en otras playas de Esmeraldas.

Estando los niños jugando en el agua tranquila cerca de la orilla, de pronto un remolino se llevó a siete de ellos hacia dentro. El hermano Pedro, a pesar del respeto que solía tener al mar, no dudó en lanzarse al agua  diciendo “tengo que salvar a mis niños” y los fue sacando uno por uno.

Fue una lucha despiadada, ya que el mar se había embravecido e iba metiendo a los niños hacia dentro. Una mujer se aventuró a intentar ayudar a una de las niñas, Ashly, pero al comprobar la fuerza que tenía el mar se salió del agua dejando a la niña decepcionada. El hermano Pedro sí los fue alcanzando uno a uno. Los mismos niños mostraron ese día lo mucho que se querían entre ellos. Cuando Pedro logró sacar a Zairo, se dio cuenta que este niño se había vuelto al mar para intentar ayudar a Ashly, y se lo tuvo que impedir.

Los dos últimos niños fueron Selena y Alberto. Estaban ya muy lejos, dice la hermana Juani, “apenas se distinguían sus cabecitas desde la orilla”. Selena nos cuenta la lucha despiadada del hermano Pedro para ayudarlos:

“Aunque yo no sabía nadar muy bien, estaba tranquila, pues sabía que mi papi nos iba a salvar. Pero cuando llegó hasta nosotros vimos que estaba muy cansado. Nosotros le animábamos. Cuando ya nos tenía cogidos una ola nos volvió a separar, y el papi volvió a acercarse para ayudarnos, pero también nosotros le teníamos que ayudar a él.”

Un hombre que tenía una tabla de surf se la intentó acercar al hermano Pedro. Lo último que pudo hacer por sus niños fue impulsarlos y montarlos en la tabla. El surfista los sacó a la orilla, y volvió a por el hermano, que ya tenía los pulmones encharcados.

Consiguieron acercarlo a la orilla, todavía con pulso, pero allí, rodeado de sus niños, fallecía exhausto. Ellos le pedían a Dios que no se llevase a su papi, pero Él ya le tenía preparado un lugar en el Cielo, seguramente muy cerca de la Virgen María, la Madre a quién tanto amó y a  quien acudiría para conseguir salvar a sus niños.

Al conocer la noticia, el obispo de Esmeraldas, Mons. Eugenio Arellano, afirmaba que “el hermano Pedro murió como vivió” entregado a Dios y a los niños.

En un domingo en el que en muchas diócesis se celebraba la jornada de la Vida Consagrada, nuestro hermano nos recordó hasta dónde puede llegar el amor a Dios y al prójimo. El lema de la Familia Hogar de Nazaret es: “Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Así lo ha vivido Pedro Manuel.
Estatua a un héroe, Pedro Manuel Salado de Alba
Los niños lo despiden
Chabela (13 años)
“Gracias por ser el mejor Papi. Contigo aprendí lo bella que es la vida y a valorar lo importante que es tener amigos. Te quiere mucho tu hija: Isabel Andrade”.

Siria (11 años)
“Cuando yo decía «no puedo», él me decía «no pierdas las esperanzas, Siria, no las pierdas».

Papi Pedro era cariñoso con sus niños y con nosotras, siempre estaba ahí para ayudarnos y por eso nunca lo voy a decepcionar. Yo sé, Mami Prado, que todos estamos con pena, pero deberíamos tener más pena de nosotros mismos.

Al enterarme que mi Papi Pedro tenía 20 minutos de vida sentí que el mundo se me venía encima. Yahaira me decía «Siria no llores, Papi Pedro está en el cielo y no quiere que llores y además vamos a comprar a otro Papi Pedro». Las palabras de Yaha me ayudaron, pero al mismo tiempo me ponía triste porque yo sabía que no compraríamos a otro Papi Pedro.
Pero ya no estoy triste bueno, no tanto como antes, porque cuando duermo lo veo y saltamos, jugamos, cantamos, tocamos en un hermoso jardín y cuando terminamos siento que se alegra de mí y yo le digo «chao» o «nos vemos», y él me dice «Sí, nos vemos en la otra vida, Siria, donde gozaremos de la alegría».

Cuando el hermano Pedro Manuel estaba en la orilla, exhausto y con los pulmones encharcados, fue Siria, sin nadie decirle nada, la que movilizó a todos los niños y niñas, y los movió a rezar, todos de rodillas, en la orilla, pidiéndole a Dios que no se llevara a su “papi Pedro”.

Tania Maribel (13 años)

“Hola Mami Prado, soy Tania Maribel, no puedo expresar con letras lo que a sido para mi papi Pedro. Desde chica yo he vivido siempre con sus enseñanzas y sus ejemplos, lo he visto como el padre desprendido y pendiente de todos nosotros.

Era alegre y le gustaba la música, su ilusión era hacer un coro con nosotras. Este año cantamos en las comuniones y confirmaciones, era divertido, él era la voz principal y guitarra. Y ahora ¿cómo cantaremos? Sin él ya no es lo mismo. También era mi profesor de religión, la paciencia era su don, nos enseñó muchas cosas de Dios en nuestro grado. Nuestro lema era “Amar a nuestros enemigos”.

Su partida nos duele, pero estamos alegres de que esté donde quería estar, Junto a Dios. Nosotros siempre te llevaremos en nuestro corazón. No nos preocuparemos porque muy pronto estaremos juntos otra vez.”

Angélica (22 años)

“Papi Pedro me enseñó, que hay que entregar amor a los demás, aunque nos desagraden algunas personas, él decía: «nunca dejes de sonreír a sus enemigos, verás los resultados después, que todo se puede con paciencia y amor». Cuando a veces me escuchaba hablar desanimada me decía, «sonríe, Angélica, que la vida hay que vivirla con alegría, con la ayuda de Dios todo se puede».

Cuando tuve un problema en mi hogar el papi estuvo como un padre ayudándonos en mi problema, con la mami Juani, esa noche; me sentí tan alegre por dentro viendo que la mami y el papi Pedro estaban con nosotros, apoyándonos y aconsejándonos. Y al siguiente día, como buen padre, me preguntó: «¿Cómo estás, Angélica?»; le dije «bien, papi, gracias por su consejo». Me sonrió y me dijo «de nada, aquí estoy par ayudarte».

Papi Pedro a pesar que era un padre para mi, también cumplió con su papel de padrino. Un día en la tarde fui a la casa y me nació decirle: «¡Buenas tardes, padrino!». El sonrió y me dijo: «Recién me lo vienes a decir», y yo le dije: «es que usted es mi papi Pedro». Mi papi Pedro sabía que tenía 2 papeles conmigo: era mi papi y padrino.

La última vez que hable con él fue cuando se fue a la playa; le dije: «Cuídese, papi, maneje con cuidado, que quiero que regresen pronto»; y él me dijo: «no te preocupes, ahijada, que vamos a regresar muy pronto».

Lorena Andrade (12 años)
“A papi Pedro no le hubiera gustado que haya tristeza ni llantos en esta casa, le hubiera gustado que estemos contentos. Sabemos que ya no le volveremos a ver, ni que estará con nosotros personalmente, pero está en nuestro “corazón”. A él le hubiera gustado que estemos muy felices, porque ahora él está con Dios gozando del Paraíso.

Gracias papito. Eres nuestro héroe y también nuestro ángel de la guarda que va a estar siempre con nosotros” (Lorena).
=

Fuente: Me fue enviado desde el
HOGAR DE NAZARET

Dirección:  C/ Poeta García Lorca, nº 2A, 1º
14500 Puente Genil (Córdoba) Telf: 957604648
Email: hnpuentegenil@yahoo.es
Web: www.hogardenazaret.org

jueves, 13 de julio de 2017

Fray José María Aguirre Moreno

Fray José María Aguirre Moreno
Diciembre 21, 1851 - Febrero 13, 1919

ORADOR.- Nació en la población de El Valle, cercana a Cuenca el 21 de Diciembre de 1.851 y le bautizaron con los nombres de Miguel Tomás Vicente. Sus primeros años los pasó bajo la protección de su tía Francisca Moreno. Muy Joven cursó Humanidades Latinas en el Colegio Seminario apasionándose por la Filosofía y los idiomas al punto que aprendió francés con la ayuda de un Diccionario.

En 1.869 entró a la recién creada Facultad de Jurisprudencia, formó parte de la Sociedad de la Esperanza, colaboró en su órgano "La Aurora" y al terminar la carrera rápidamente y con brillantez, se sintió atraído por la vocación religiosa y viajó el 71 a Quito, pidiendo su ingreso en el templo franciscano y se le vió desde entonces en los claustros, pero su salud se resintió con la estrictes de la regla y los superiores le aconsejaron que no continuara. Matriculado en la escuela Politécnica de los sabios jesuitas alemanes tampoco persistió, pues su vocación era humanística y no científica, aunque tenía la inteligencia abstracta.

Su amigo, el Obispo de Cuenca, Remigio Estévez de Toral, que conocía su talento, le invitó a abrazar el estado sacerdotal y concedió el diaconado en 1.872, año en que se trasladó a Chile para lograr el Doctorado en Teología y Derecho Canónico, que finalmente alcanzó el 76, recibiendo el Presbiterado y finalmente el Sacerdocio en la iglesia de Santa Clara de Vitoria el 8 de Octubre, de manos del Obispo de La Serena, José Manuel Orrego, quien le solicitó con insistencia que se quedara en Santiago a ejercer su ministerio, propuesta que le formuló en varias ocasiones, pero Aguirre no aceptó.

En 1.879, nuevamente en Cuenca, su figura delgada y como recortada por el ascetismo, pronto se hizo popular. Nicanor Aguilar, entonces solamente estudiante, le recordaría años después con la siguiente frase: Sacerdote inolvidable el Dr. Miguel Aguirre, los de mi generación teníamos conocimientos que él existía... Llegaba tras muchos años de extrañamiento y enrolóse para el magisterio... Con que respetuosa y amable curiosidad contemplábamos al joven sacerdote que pasaría apenas de los treinta años. Su fisonomía aguileña y devota solo inspiraba atención y miramientos.

Nada igualaba la amenidad de su trato y el atrayente aticismo de su insuperable gracia, tan inofensiva como cautivadora. Desde el principio las asignaturas que dictaba correspondían a su fama: Filosofía racional y Sagrado dogma, en el Colegio Seminario. Mas, el renombre del catedrático sin igual, llenando los espacios de la gallarda y amplia escuela, llegaba hasta los niños minoristas y supimos que en su método insuperable la doctrina que exponía en cada clase se le ocupaba en escasa media hora y después le era imposible al estudiante, por talentoso que fuese, el aventurar objeción alguna que no estuviese resuelta de antemano en la exposición del luminoso maestro.

Director espiritual del único y notable Colegio de señoritas que funcionaba en esta ciudad, el de los Sagrados Corazones, desde 1.877. El recuerdo de su catequesis, de sus lecciones y su celo perdura sobre el tiempo. En ese mismo plantel y entre la juventud masculina preparaba y dirigía con exquisito gusto literario, los actos que tanto lustre procuraron a las clases estudiosas. En faenas, así útiles, espirituales y cultas, empleaba la mayor parte de su tiempo y se atraía irresistiblemente el profundo aprecio de la sociedad. La predicación del señor Aguirre en época de tanta fé y entusiasmo religioso, constituía en Cuenca la admiración del pueblo. Cuando se anunciaban sus sermones rebosaba la multitud el templo; pues, apto para todas las disciplinas de la inteligencia, el cumplido sacerdote, singularmente lo fue, para la santa predicación.

En Cuenca llegó a ocupar el Vicerrectorado del Colegio Seminario y si llamaba la atención por la eficacia en el método y la amplitud de conocimientos que diestramente transmitía a sus discípulo, mayor admiración despertaba su manera de conducirse y el modo ejemplar que observaba en las practicas del culto, aunque lo más importante de su persona era, como ya se dijo, las dotes oratorias.

El Sermón más recordado, de los que predicó con admiración de todas las clases sociales, fue el de la Octava del Santísimo Sacramento, en la catedral, el 16 de Junio de 1.884, sobre Jesucristo, el pobre del tabernáculo. Por eso, a la sola noticia de que iba a predicar, las gentes acudían en tropel y ponían suma atención, profundo silencio, interrumpido solo por sollozos y lágrimas. Y sintiéndose Aguirre objeto de la expectación, y no queriendo provocar escándalo salió poco menos que escondido y pasó nuevamente al convento franciscano de Quito como simple lego; él, que tenía títulos doctorales y gran mundo por sus viajes y cátedras.

Entre el 85 y el 86 hizo el Noviciado en San Diego y el 29 de Noviembre adoptó el nuevo nombre de José María con promesa de ejercitar invariablemente la humildad, pobreza y castidad.

En 1.888 escribió un artículo necrológico con motivo del XIII aniversario de la muerte de García Moreno, publicado en 26 pags. en la Imprenta del Clero y predicó en San Francisco. Pronto fue considerado el primer orador sagrado de la capital y aunque no poseía las dotes histriónicas que tanto habían distinguido al agustino Manuel Salcedo,tenido por el mayor orador sagrado de su siglo y con quien se le comparaba de continuo, en cambio era más profundo, más conocedor de la doctrina y poseía una sensibilidad casi musical cuando hablaba, que igualmente atraía las multitudes.

Un testigo de la época le ha descrito así: En la tribuna sagrada su figura tornábase imponente: alta, cenceña, algo inclinada hacia tierra como rendida al peso de la modestia, retrataba la tranquilidad interior en el ademán reposado y en la armoniosa ternura de su voz. No clavaba la mirada en el auditorio pero lo dominaba con el peso de la humildad, pues muchos quedaban cautivos de esos ojos bajos que parecían entrecerrados por constantes vigilias y que los rescataban los lentes cuya armadura descansaba en la corva nariz. Tan buenas disposiciones le habían abierto el camino a la cátedra de Religión en la Universidad Central y de la Historia Eclesiástica, Escritura Sagrada, Teología Dogmática y Moral, Literatura y Filosofía de su comunidad.

Sus sermones eran reproducidos en Quito y Cuenca a través de las revistas de "'El Sagrado Corazón de Jesús" y "El reinado eucarístico del Sagrado Corazón de Jesús", en el periódico "El Pueblo" y en la imprenta del Clero, por eso gozaba de gran aceptación, pero su pensamiento encasquillado en una ortodoxia ya superada en Europa y los Estados Unidos excepto en España por supuesto - de ideas basadas en el gobierno teocrático y absolutista de García Moreno, le daba una tónica de ultra derecha.

El 10 de Agosto de 1.893 pronunció un célebre discurso con motivo del 84 aniversario de la Independencia nacional, editado en 19 pags. en la Imprenta Clero.

A principios de 1.895, al iniciarse las montoneras liberales en la costa en protesta contra el negociado de la venta de la bandera, cometió el error de tomar partido y como Guardián del Convento de San Francisco organizó frecuentes procesiones por las calles con solemnes rogativas. El 30 de Junio, sabedor que la revolución había triunfado en Guayaquil, realizó la mayor de ellas con la participación del Arzobispo Pedro Rafael González Calisto y las demás comunidades religiosas y aprovechó la ocasión para explicar desde la cátedra sagrada que "Satanás, salido del infierno o algún emisario suyo de las logias - en clara alusión al ex Presidente Antonio Flores Jijón – había dividido al único partido Católico de la República, el Conservador (terrorista o garciano) fraccionándolo con el Progresismo.... Prendida la tea de la discordia se acercan el demonio y sus secuaces y cantan y bailan al fulgor del incendio..! Brillante ejército de mártires, venid y enseñad a este pueblo cómo se derrama la sangre para defender la fe. Antonio de Padua, hermano mío, martillo de los herejes, ven a destruirlos! El pueblo, absorto y embobaliconado, respondía Amen.

El 20 de Julio, al arribar a Quito el terrible Obispo de Manabí Pedro Schumacher y el batallón Cuarto de Línea al mando del Coronel Ricardo Cornejo, tras una aparatosa retirada huyendo de las guerrillas liberales de Manabí y Esmeraldas unidas, estuvo entre los que conformaron la comisión de recepción y el Obispo ingresó entre el Nuncio y el Arzobispo, guirnaldas y arcos. El 7 de Agosto Alfaro triunfó en Gatazo y el 4 de Septiembre entró victorioso en Quito.

Angustiado por sus anteriores imprudencias, Aguirre emprendió el voluntario camino del ostracismo y fue a parar al Convento franciscano de Cali donde se mantuvo siete años, que no fueron del todo desaprovechados pues le sirvieron para emprender dos viajes a Lima y dos a Europa, donde también se hizo conocido por sus notables facultades admirando a los auditorios más selectos y cultos de varias capitales

En 1.902 regresó a Quito tras acogerse al Decreto de Amnistía del Presidente Leonidas Plaza. Manso y humilde volvió al convento franciscano. Habían pasado los tiempos de las cruzadas, existía otra visión, recién comenzaba el siglo XX pero ya la gente no se ocupaba de la cátedra sagrada ni esos oradores tenían alguna importancia. Su fama ya no volvió a ser lo mismo, pues la modernidad es enemiga del dogma.

De allí en adelante y fiel a su ministerio, volvió a ocupar la cátedra sagrada pero discretamente. En 1.903, al crearse en Roma la Comisaría General de la Orden Franciscana en el Ecuador, le fue concedida tal dignidad, que ocupó por muchos años porque los padres Dionisio Schuler y Pacífico Monza, Ministros Generales de la Seráfica Orden en Roma, le tenían en elevadísimo concepto.

En 1.910 pronunció una célebre Alocución patriótica con motivo de la bendición de la bandera del Batallón No. 7 que marcharía a la provincia de El Oro durante la movilización nacional. El 17 fue designado Visitador General de la Provincia franciscana en el Perú, comisión delicadísima que ejecutó con inteligencia y sagacidad.

Murió en el convento quiteño el 13 de Febrero de 1.919 de solo 67 años de edad, a causa de una congestión pulmonar, pues siempre había sido de contextura más bien delicada. El Partido Conservador dictó un encomiástico Acuerdo en su memoria y el 14 de Marzo se celebraron sus exequias en el templo de Santo Domingo de Cuenca. Nicanor Aguilar tomó la palabra.

En 1.924, gracias a la munificencia de Jacinto Jijón y Caamaño se editaron en Quito sus "Obras Oratorias" en tres volúmenes de 456,512 y 515 págs. de suerte que a través de ellas se puede establecer su pensamiento, que dedicó casi por entero a asuntos religiosos y dogmáticos, aunque por ser orador de mérito no es lo mismo leerlo hoy en día, que escucharlo, como cuando atraía las masas a los templos donde iba a predicar.
Fuente: diccionariobiograficoecuador.com

martes, 2 de agosto de 2016

Fray Pedro Bedón y Díaz de Pineda, Sacerdote Dominico

Retrato de fray Pedro Bedón a la hora de su muerte
-atrinuido a Tomás del Castillo
 Fray Pedro Bedón y Díaz de Pineda, Pintor Sacerdote Dominico
1556 - Febrero 27, 1621

Según noticias que se tienen, fray Pedro Bedón escribió algunas obras de importancia, pero la mayor parte ellas, lamentablemente ha desaparecido. Entre las que se conservan, es notable una "Vida del Padre Cristóbal Pardavé". Como artista de delicada sensibilidad, el padre Bedón creó obras de inigualable belleza, una de ellas es la "Virgen de Chiquinquirá" que existe en el Monasterio de Santa Clara, en Quito. "Pintor vigoroso y expresivo como lo demuestran sus cuadros murales y su impresionante "Vida del Beato Enrique Susón", así como sus viñetas ejecutadas para los libros cantorales del Convento de Santo Domingo de Quito, fray Pedro Bedón fue llamado por el pueblo el "Padre Pintor".

Sus pinturas adornaron los claustros de San Pedro Mártir, de la Recoleta de Quito y del Rosario de Santa Fe, y se pueden considerar como los primeros frutos del arte indohispánico".

(Jorge Carrera Andrade.- Galería de Místicos y de Insurgentes / oleo por Tomás del Castillo que se guarda en el Convento de Santo Domingo, en Quito)

Entre las obras del padre Bedón se destaca esta "Virgen de la Escalera", oleo sobre muro que se conserva en la iglesia de Santo Domingo.

BEDON, Fray Pedro.- Sacerdote dominico nacido en Quito en el año 1556, hijo de don Pedro Bedón de Agüero y de doña Juana Díaz de Pineda.

Desde muy joven ingresó al Convento Máximo de Santo Domingo, de su ciudad natal, donde cursó estudios hasta que cumplió 21 años de edad. Viajó luego a Lima, Perú, en cuya universidad permaneció ampliando sus conocimientos durante diez años hasta lograr los más altos grados académicos; inmediatamente recibió la ordenación sacerdotal de manos del santo Toribio de Modrovejo e ingresó a la orden de los dominicos donde se convirtió en poco tiempo en una de las personalidades más notables de dicha institución religiosa, en la que se destacó además por sus virtudes cristianas y por su gran ilustración.

Al poco tiempo volvió a la ciudad de Quito donde fue nombrado profesor de Artes, Teología, Filosofía, Gramática Latina y la Lengua del Inca, ciencias en las que lució toda la fuerza de su gran talento y el maravilloso caudal de sus conocimientos.

Fue misionero y maestro de novicios, y fundó en Quito el convento de "Nuestra Señora de la Peña de Francia", conocido posteriormente como la "Recoleta de Santo Domingo". Más tarde se trasladó a Riobamba donde fijó su residencia, y al igual que en Quito fundó también un convento de dominicos.

Se destacó como pintor muralista y decorador, y sus trabajos se conservan aún en el templo de Santo Domingo, en Quito, y en varios de Bogotá y Tunja.

Fue provincial de su orden e intervino con sus pensamientos democráticos durante la Revolución de las Alcabalas.

Los últimos años de su vida los disfrutó en la ciudad de Riobamba, donde murió el 27 de febrero de 1621.
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Enciclopedia del Ecuador.
Histórica * Geográfica * Biográfica
Por: Efrén Avilés Pino.

PINTOR.- Nació en Quito el año de 1.556, hijo legítimo de Pedro Bedón y González de Agüero, natural de Miñón en las montañas vecinas a Medina del Pomar en Castilla. Pasó a Quito, fue minero y Mayordomo de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, luego ascendió a Mayordomo de la Ciudad, avecindándose finalmente en Riobamba, y de Juana Díaz de Pineda, 15 años menor a su marido, que tuvo nueve hijos, siendo Pedro el mayor de todos.

Muy niño aprendió el quichua con su nodriza y visitó el hábito de dominicano por devoción de su padre muy afecto a esa Orden; pero en 1.566, el recién llegado Obispo de Quito Fray Pedro de la Peña, insinuó que se lo quiten. El niño lloró mucho -porque solamente tenía diez años de edad- pero dice la tradición que dizque se le apareció la Virgen y le aseguró que de todas maneras vestiría el hábito dominicano para siempre. Esta fue una pasada del subconsciente. Finalmente en 1.568 profesó solemnemente.

En 1.570 aprendió latín con los dominicanos y recibió el anhelado hábito de manos de Fray Domingo de Valdés; enseguida estudió el año de noviciado y dio inicio a los cursos de Filosofía y Teología. En 1.577 viajó a Lima con Fray Juan de Aller, prosiguió en su formación y recibió las Sagradas Ordenes de manos del Arzobispo de Lima, Toribio de Mogrovejo.

Allí fue Maestro de Novicios en el Convento dominicano y sacó grandes y buenos discípulos. También estudió en sus ratos de ocio el arte de la pintura para el que estaba muy bien dotado desde su más tierna infancia. En 1.586 regresó y de paso por Riobamba visitó a su madre y hermanos, aprovechando la estadía para planear la fundación de un Convento dominicano.

Siguió a Quito y fue recibido con cariño. Fray Rodrigo de Lara le brindó su confianza y entregó la Dirección de estudios en el incipiente Seminario denominado Colegio de San Pedro Mártir. Leyó el curso de Filosofía y enseñó el idioma del Inca tanto "a los aspirantes del clero secular como a los coristas dominicanos". Al mismo tiempo reorganizó la Cofradía del Rosario y la dividió en dos, una para los españoles y otra para los indios (aquí la novedad) a los que preparó en artes y oficios, muy necesarios para el diario sustento: idioma castellano, canto gregoriano, pintura, dibujo y decoración de libros.

Cuando en 1.588 abrió el libro de la Cofradía del Rosario con una viñeta, delató el influjo del arte italiano, más tarde cambió al español. Como provincial dominicano fundó cuatro Conventos: 1)El de la Recolección en Quito 2) El de Ibarra consagrado a Nuestra Señora de la Peña de Francia 3) El de Riobamba y 4) El de Caranqui.

En 1.591 recibió el grado de "Presentado" en razón de sus estudios en Lima. En 1.592 las autoridades trataron de establecer en Quito el cobro de impuestos de las "Alcabalas" y habiendo sido preguntado por el Cabildo si existía el derecho de protestar y oponerse a dicho cobro, Bedón contestó que el Cabildo podía oponerse. Tiempo después fue desterrado a Bogotá por esta causa, y fue el primero en enseñar Teología a religiosos seglares en su Convento del Rosario.

Radicando en Tunja, pintó varios frescos en el refectorio del Convento dominicano, también fundó la Cofradía del Rosario y dio clases a los indios. En 1.594 concurrió al Cabildo ampliado convocado por motivo de la imposición de las Alcabalas en dicha ciudad y escribió una disertación muy mesurada que sirvió para calmar los ánimos del vecindario. ¡Había aprendido su lección!.

En 1.597 estaba nuevamente en Quito. Enseguida visitó las gobernaciones de Popayán y Quijos, esta última en la región Oriental, como delegado provincial dominicano. En 1.598 se quejó ante el Presidente de la Audiencia, Lic. Esteban de Marañón, por la forma que eran tratados los indios. El Presidente le aconsejó que escribiera al Rey haciéndole conocer el caso. Bedón hizo algo mejor, compuso un libro titulado "Modelo de promulgar el Evangelio a los indios de estos reinos e instrucción para administrar los Sacramentos a los naturales de este Nuevo Mundo.” obteniendo la licencia de publicación "por ser libro muy útil y necesario".

El 30 de Abril de ese año se celebró el capítulo de la Orden y Bedón escribió una "Circular" tratando sobre el problema del arte y la enseñanza. En 1.598 obtuvo el grado de "Maestro en Teología" por haberla enseñado en el Colegio de San Pedro Mártir cuatro años y siete meses.

Durante ese capitulo fue tres veces electo para Provincial de la Orden aunque su nombre no figuraba entre los candidatos y otras tantas se excusó, hasta que al fin aceptaron dejarlo en paz.

En 1.600 fundó en Quito la recoleta de "Nuestra Señora de la Peña de Francia" en honor a una imagen muy venerada en la península, escogiendo un sitio apartado para la práctica de la vida austera y contemplativa y decorando sus claustros con escenas de la vida del beato Enrique Susón.

En el descanso de la grada pintó un mural sobre una pared de adobe con la imagen de "Nuestra Señora de la Escalera" donde aparece la Virgen del Rosario y varios santos dominicanos, tema que en la Colonia se repetirá hasta el cansancio. "Dicha Virgen ha sido calificada de obra al óleo de seguro color y sabio empleo de los pigmentos, pintura ingenua pero barroca por la diversidad de los motivos y su ordenamiento y quiteña, por el gusto, por el detalle y el primor que testimonian la túnica y el Manto de la Virgen. También se le atribuyen dos tablas que representan a San Pedro de Verona y a San Nicolás Tolentino donde se apunta el claroscuro y los ritmos barrocos. Ingenuidad en rostros y manos fue la nota distintiva de Bedón; y un "Libro coral de viñetas" de 1.613, iluminando y con su monograma.

Posteriormente se trasladó a Caranqui a fundar otra Recolección y no habiendo acuerdo sobre el sitio preciso, se postergó el acto hasta que el día 7 de septiembre "Víspera de la Natividad de Nuestra Señora" y estando aun oscuro y de madrugada, un español y dos indios vieron venir por un camino a una señora flotando hacia ellos y envuelta en una claridad enorme que provenía de dos blandones y todo el valle se llenó de luz y fue tanta, que se alborotó el ganado y unos perros que lo cuidaban, y despertaron los pastores".

La visión desapareció cuando llegó al lugar escogido por Bedón y de allí en adelante se inició la construcción con las limosnas de numerosos vecinos. Tres mil indios se convirtieron y pidieron el bautismo.

En 1.605 fundó el Convento dominicano de Ibarra. En 1.621 fue electo Provincial de Quito y comenzó a sentirse enfermo. Sus hermanos del Convento, por hacerle bien, le aplicaban numerosos remedios, de donde se agravó el mal que resultó ser "opilación del estómago", según cuentan las crónicas de ese tiempo.

Su amigo el Regidor Melchor de Villegas lo llevó a su casa y le tuvo en gran cuidado y con asistencia de varios médicos, pero el mal progresó y hallábase tan flaco que apenas podía moverse de la cama. El día 26 de Febrero, víspera de su fallecimiento, aun tuvo fuerzas para levantarse y decir misa en el Oratorio de su protector, no pudiendo concluirla porque al llegar al último Evangelio casi se desmayó y nuevamente fue conducido a la cama. Entonces llamó a sus compañeros y les pidió que lo trasladen al Convento, muriendo "en olor de santidad" el 27, no sin antes declarar que había "conservado la preciosísima joya de la virginidad".

El Sepelio fue tan concurrido que el Presidente y el Obispo no pudieron entrar por la puerta principal, haciéndolo por otra más pequeña. El gentío quería cortar los hábitos del difunto, disputábanse hasta los más pequeños pedazos de tela, tomándolos por reliquias.

El cadáver fue sepultado en el suelo de la Capilla Mayor al lado del Evangelio, entre clamores y vocerío del pueblo que lo tenia por Santo.

La historia ecuatoriana ha recogido su nombre por ser el más antiguo pintor nacional y el primer profesor de ese arte. Su retrato al óleo se conserva en el Convento dominicano de Quito. "Era muy integro, de costumbres austeras y de exterior edificante. Andaba siempre lleno de modestia; con la capilla calada y los ojos bajos, por lo cual, su autoridad para con el pueblo, era inmensa".

Su biografía ha sido escrita por el Padre José María Vargas, O.P,- Hernán Rodríguez Castelo ha opinado que fue de los primeros criollos que se afirmó frente a los peninsulares, lo mismo en la Cátedra que en la discusión teológica y en el gobierno de su orden. Amó hacer fundaciones y decorarlos con lienzos y paredes pintadas de su propia mano.
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Biografía tomado del:
Dr. Rodolfo Pérez Pimentel
Tomo # 1,

Beata María de la Caridad del Espíritu Santo Brader, Fundadora

Beata María de la Caridad del Espíritu Santo Brader, Fundadora
Febrero 27

Virgen y Fundadora de la Congregación de Franciscanas Hijas de María Inmaculada

Martirologio Romano: En la ciudad de Pasto, en Colombia, beata María de la Caridad del Espíritu Santo (Carolina) Brader, virgen, que supo conjugar admirablemente la vida contemplativa con la actividad misionera y, para promover la formación cristiana, fundó las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada (1943)

Fecha de beatificación: 23 de marzo de 2003 por el Papa Juan Pablo II

Caridad Brader, hija de Joseph Sebastián Brader y de María Carolina Zahner, nació el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn, St. Gallen (Suiza). Fue bautizada al día siguiente con el nombre de María Josefa Carolina.

Dotada de una inteligencia poco común y guiada por las sendas del saber y la virtud por una madre tierna y solícita, la pequeña Carolina moldeaba su corazón mediante una sólida formación cristiana, un intenso amor a Jesucristo y una tierna devoción a la Virgen María.

Conocedora del talento y aptitudes de su hija, su madre procuró darle una esmerada educación. En la escuela de Kaltbrunn hizo, con gran aprovechamiento, los estudios de la enseñanza primaria; y en el instituto de María Hilf de Altstätten, dirigido por una comunidad de religiosas de la Tercera Orden Regular de san Francisco, los de enseñanza media.

Cuando el mundo se abría ante ella atrayéndola con todos sus halagos, la voz de Cristo empezó a hacer eco en su corazón y decidió abrazar la vida consagrada. Esta elección de vida, como era previsible, provocó en primera instancia la oposición de su madre, dado que ésta era viuda y Carolina su única hija.

El 1 de octubre de 1880 ingresó en el convento franciscano de clausura «María Hilf», en Altstätten, que regentaba un colegio como servicio necesario a la Iglesia católica de Suiza.

El primero de marzo de 1881 vistió el hábito de Franciscana, recibiendo el nombre de María Caridad del Amor del Espíritu Santo. El 22 de agosto del siguiente año emitió los votos religiosos. Dada su preparación pedagógica, fue destinada a la enseñanza en el colegio adosado al monasterio.

Abierta la posibilidad para que las religiosas de clausura pudieran dejar el monasterio y colaborar en la extensión del Reino de Dios, los obispos misioneros, a finales del siglo XIX, se acercaron a los conventos en busca de monjas dispuestas a trabajar en los territorios de misión.

Monseñor Pedro Schumacher, celoso misionero de san Vicente de Paúl y Obispo de Portoviejo (Ecuador) escribió una carta a las religiosas de María Hilf, pidiendo voluntarias para trabajar como misioneras en su diócesis.

Las religiosas respondieron con entusiasmo a esta invitación. Una de las más entusiastas para marchar a las misiones era la Madre Caridad Brader. La Santa María Bernarda Bütler, superiora del convento que encabezará el grupo de las seis misioneras, la eligió entre las voluntarias diciendo: «A la fundación misionera va la madre Caridad, generosa en sumo grado, que no retrocede ante ningún sacrificio y, con su extraordinario don de gentes y su pedagogía podrá prestar a la misión grandes servicios».

El 19 de junio de 1888 la Madre Caridad y sus compañeras emprendieron el viaje hacia Chone, Ecuador.


En 1893, después de duro trabajo en Chone y de haber catequizado a innumerables grupos de niños, la Madre Caridad fue destinada para una fundación en Túquerres, Colombia.

Allí desplegó su ardor misionero: amaba a los indígenas y no escatimaba esfuerzo alguno para llegar hasta ellos, desafiando las embravecidas olas del océano, las intrincadas selvas y el frío intenso de los páramos. Su celo no conocía descanso. Le preocupaban sobre todo los más pobres, los marginados, los que no conocían todavía el evangelio.

Ante la urgente necesidad de encontrar más misioneras para tan vasto campo de apostolado, apoyada por el padre alemán Reinaldo Herbrand, fundó en 1894 la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada. La Congregación se surtió al inicio de jóvenes suizas que, llevadas por el celo misionero, seguían el ejemplo de la Madre Caridad. A ellas se unieron pronto las vocaciones autóctonas, sobre todo de Colombia, que engrosaron las filas de la naciente Congregación y se extendieron por varios países.

La Madre Caridad, en su actividad apostólica, supo compaginar muy bien la contemplación y la acción. Exhortaba a sus hijas a una preparación académica eficiente pero «sin que se apague el espíritu de la santa oración y devoción». «No olviden —les decía— que cuanto más instrucción y capacidad tenga la educadora, tanto más podrá hacer a favor de la santa religión y gloria de Dios, sobre todo cuando la virtud va por delante del saber. Cuanto más intensa y visible es la actividad externa, más profunda y fervorosa debe ser la vida interior».

Encauzó su apostolado principalmente hacia la educación, sobre todo en ambientes pobres y marginados. Las fundaciones se sucedían donde quiera que la necesidad lo requería. Cuando se trataba de cubrir una necesidad o de sembrar la semilla de la Buena Nueva, no existían para ella fronteras ni obstáculo alguno.

Alma eucarística por excelencia, halló en Jesús Sacramentado los valores espirituales que dieron calor y sentido a su vida. Llevada por ese amor a Jesús Eucaristía, puso todo su empeño en obtener el privilegio de la Adoración Perpetua diurna y nocturna, que dejó como el patrimonio más estimado a su comunidad, junto con el amor y veneración a los sacerdotes como ministro de Dios.

Amante de la vida interior, vivía en continua presencia de Dios. Por eso veía en todos los acontecimientos su mano providente y misericordiosa y exhortaba a los demás a «Ver en todo la permisión de Dios, y por amor a Él, cumplir gustosamente su voluntad». De ahí su lema: «Él lo quiere», que fue el programa de su vida.

Como superiora general, fue la guía espiritual de su Congregación desde 1893 hasta el 1919 y de 1928 hasta el 1940, año en el que manifestó, en forma irrevocable, su decisión de no aceptar una nueva reelección. A la superiora general elegida le prometió filial obediencia y veneración. En 1933 tuvo la alegría de recibir la aprobación pontificia de su Congregación.

A los 82 años de vida, presintiendo su muerte, exhortaba a sus hijas: «Me voy; no dejen las buenas obras que tiene entre manos la Congregación, la limosna y mucha caridad con los pobres, grandísima caridad entre las Hermanas, la adhesión a los obispos y sacerdotes».

El 27 de febrero de 1943, sin que se sospechara que era el último día de su vida, dijo a la enfermera: «Jesús, ...Me muero». Fueron las últimas palabras con las que entregó su alma al Señor.

Apenas se divulgó la noticia de su fallecimiento, comenzó a pasar ante sus restos mortales una interminable procesión de devotos que pedían reliquias y se encomendaban a su intercesión.

Los funerales tuvieron lugar el 2 de marzo de 1943, con la asistencia de autoridades eclesiásticas y civiles y de una gran multitud de fieles, que decían: «ha muerto una santa».

Después de su muerte, su tumba ha sido meta constante de devotos que la invocan en sus necesidades.

Las virtudes que practicó se conjugan admirablemente con las características que su Santidad Juan Pablo II destaca en su Encíclica «Redemptoris Missio» y que deben identificar al auténtico misionero. Entre ellas, como decía Jesús a sus apóstoles: «la pobreza, la mansedumbre y la aceptación de los sufrimientos».

La Madre Caridad practicó la pobreza según el espíritu de san Francisco y mantuvo durante toda la vida un desprendimiento total. Como misionera en Chone, experimentó el consuelo de sentirse auténticamente pobre, al nivel de la gente que había ido a instruir y evangelizar. Entre los valores evangélicos que como fundadora se esforzó por mantener en la Congregación, la pobreza ocupaba un lugar destacado.

La aceptación de los sufrimientos, según el Papa, son un distintivo del verdadero misionero. !Qué bien encontramos realizado este aspecto en la vida espiritual de la Madre Caridad! Su vida se deslizó día tras día bajo la austera sombra de la cruz. El sufrimiento fue su inseparable compañero y lo soportó con admirable paciencia hasta la muerte.

Otro aspecto de la vida misionera que destaca el Papa es la alegría interior que nace de la fe. También la Madre Caridad vivió intensamente esa alegría en medio de su vida austera. Era alegre de ánimo y quería que todas su hijas estuvieran contentas y confiaran en el Señor.

Estas y muchas otras virtudes fueron reconocidas por la Congregación de las Causas de los Santos y aprobadas como primer paso para llegar a la Beatificación.

Se diría que Dios ha querido ratificar la santidad de la Madre Caridad con un admirable milagro concedido por su intercesión en favor de la niña Johana Mercedes Melo Díaz. Una encefalitis aguda había producido un daño cerebral que le impedía el habla y la deambulación. Al término de una novena que hizo su madre con fe viva y profunda devoción, la niña pronunció las primeras palabras llamando a su madre y comenzó a caminar espontáneamente, adquiriendo en poco tiempo la normalidad. Ella estubo presente para agradecer a la Madre Caridad en la solemne Beatificación realizada por S.S. Juan Pablo II el 23 de Marzo de 2003.
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Fuente: Vatican.va