jueves, 27 de julio de 2017

Pedro Manuel Salado de Alba, Misionero

Pedro Manuel Salado de Alba, Misionero
Enero 1, 1968 †Febrero 5, 2012

Pedro Manuel Salado de Alba, Misionero Pe­dro Ma­nuel Sa­la­do de Alba, na­ci­do en Chi­cla­na en Enero 1, 1968, co­men­zó el no­vi­cia­do en el ho­gar del Na­za­ret de Cór­do­ba en 1990.

Nue­ve años des­pués, es des­ti­na­do a Qui­nin­dé (Ecua­dor) don­de, ade­más de cui­dar a los ni­ños del ho­gar, lle­gó a ser de­le­ga­do pas­to­ral del Obis­pa­do de Es­me­ral­da, pro­vin­cia a la que per­te­ne­ce Qui­nin­dé.
Pedro Manuel pertenecía a la Familia eclesial Hogar de Nazaret, fundada por María del Prado Almagro

El hermano Pedro se consagró al Señor en el año 1990 y hasta 1998 vivió en el Hogar de Nazaret de Córdoba. En este año fue destinado a la misión que el instituto tiene en Quinindé (Ecuador).

Y allí ha servido al Señor, y a los niños desamparados dirigiendo un Hogar y la Escuela-Colegio Sagrada Familia de Nazaret, con una entrega reconocida por aquellos que lo conocían y habían convivido con él.

Tenía 43 años y dirigía un hogar-escuela en Ecuador

Fa­lle­ció el 5 de fe­bre­ro de 2012, en una pla­ya de Ata­ca­mes, ex­haus­to, al sal­var a sie­te ni­ños de mo­rir aho­ga­dos en un mar em­bra­ve­ci­do.

«Estaba en la playa con los niños a los que cuidaba, en un día que parecía tranquilo», explica el padre Manuel, compañero de la institución religiosa familiar Hogar Nazaret. «Siete niños quedaron atrapados entre las olas y se lanzó al agua para sacarlos uno a uno», explica.

«Luchando con el agua, las fuerzas se le fueron agotando y utilizó el último esfuerzo para sacar al último niño», relata. «Él no habría podido vivir sabiendo que un niño había fallecido», concluye el padre.

"Era un hombre sencillo y humilde", confiesa el padre Manuel. Y siempre se rodeo de niños. De hecho trabajaba en una escuela, en la que vivían niños en situación de riesgo o desamparo y donde le llamaban 'el papi'. "Él no quería volver a España, decía que no podía dejar a los niños allí". Y, al final, lo dio todo por ellos.


Al conocer la noticia el obispo de Esmeraldas, el español Mons.
Eugenio Arellano, afirmaba que

“el hermano Pedro murió como vivió” entregado a Dios y a los niños.
1. Chiclana de la Fronter

Pedro Manuel Salado nace el 1 de enero de 1968 en el seno de una familia cristiana de Chiclana de la Frontera (Cádiz); es el tercero de 6 hermanos. En esta familia numerosa aprende el valor de la fraternidad y de la sencillez. Es un joven emprendedor y, a la vez, tímido; apasionado de la electrónica.

Coro de la parroquia San Juan Bautista

Además de la vida de familia, y del estudio, Pedro dedicaba su tiempo libre a la guitarra; ya desde pequeño se fue aficionando a ella y después comenzó a compartir con otros ese arte. Así lo constata Miguel Ángel, un hermano de la Salle que coincidió con Pedro Manuel entorno al año 1985:

“Pedro Manuel y yo participábamos del coro que funcionaba en el Colegio cuando yo rondaba los 15 años. Este coro se dedicaba a animar las misas de la mañana del domingo en la Iglesia Mayor. Allí, tuve la posibilidad de conocer a chicos que vibraban con el mundo de la música, algo que a mí me inquietaba y me gustaba, entre estas personas estaba Pedro. Era fácil conectar con él, sonreía, y hablaba con sencillez. Lo que más recuerdo es su mirada, una foto que tengo en la retina, donde solo se muestra alguien tranquilo, relajado, sin prejuicios, sin aditivos añadidos, transparente. Me llama la atención que el encuentro con Pedro me marcara tanto, de tal manera que cuando he tenido la oportunidad de encontrarme con alguien de vuestra institución he preguntado por él y le he mandado recuerdos.

J. Manuel, otro ciudadano chiclanero vinculado a los Hermanos de la Salle recuerda a Pedro Manuel cuando iban a tocar la guitarra en las misas que se celebraban en el Hogar; según él, así Pedro conoció el Hogar de Nazaret”.


Taizé
Varias experiencias van marcando el camino espiritual de Pedro Manuel, que oye desde su corazón una voz que cada vez le va pidiendo más. Una de esas experiencias es el viaje que hizo a Taizé. Siempre recordará Pedro ese viaje como un encuentro de oración y de silencio, en las celebraciones, en la comunidad joven.



Hogar de Nazaret

Esta comunidad católica pertenece a los nuevos movimientos eclesiales, y es fundada por María del Prado Almagro en 1978, en Córdoba (España). Está integrada por dos ramas, una de mujeres célibes y otra de hombres célibes, clérigos y laicos. Los miembros de estas dos ramas se consagran a Dios, asumiendo los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Viven en fraternidad una exclusiva y radical disponibilidad en la misión.
En Chiclana de la Frontera hay dos casas de Hogar de Nazaret: una es el Albergue, abierto a principios de los años 80; durante el año es la vivienda de un grupo de niños junto con varias hermanas de la comunidad. El otro lugar de Nazaret es el Campamento. Que es utilizado para albergar hermanos y niños de otros hogares de España durante el verano.
Es en este lugar, durante el verano de 1987, cuando Pedro Manuel conoce el Hogar con más profundidad, y el Hogar a Pedro. Había muchos jóvenes que se acercaban durante este periodo estival para ayudar a los hermanos con los niños. Cuando le preguntaron a Pedro por sus habilidades el respondió: “Yo sólo se tocar la guitarra”. Y con su guitarra siempre estaba rodeado de un grupito de niños que escuchaban con atención.

2. Córdoba
Noviciado
Al conocer la situación de sufrimiento y abandono en la que tantos niños y jóvenes se encuentran, Pedro responde a la llamada del Señor en el Hogar de Nazaret. En 1988 comienza el noviciado en el Hogar que había en la calle Menéndez Pelayo, en Córdoba. El que fuera su formador, el hermano Pedro Pablo Gómez, destaca de él:
“Durante los dos años de duración, fue uno de los novicios que menos ruido dio. Pudiera decirse que “pasó sin ser notado”. Se que le costó mucho asumir la separación de su familia, y de un modo especial la lejanía de su madre Pilar. Él siempre estaba muy atento y pendiente de su madre prodigándose en detalles de cariño para con ella.  Pronto superó esta circunstancia integrándola en las renuncias y sacrificios que exigía la llamada y el seguimiento de Jesús.

Jamás impuso un criterio en la comunidad. En los encuentros con el formador se mostraba satisfecho y aceptaba de buen grado las observaciones que se le indicaban. Siempre deseaba superarse.

Cuando llegaba Navidad y en el patio del Hogar se montaba el monumental Belén, Pedro Manuel se encargaba de la instalación eléctrica: era un “manitas” para los cables.
Cuando hicimos el Proyecto para Manos Unidas con vistas a la fundación de Ecuador en Quinindé, en el año 1990, él se encargó de transcribir y dar forma a todos los datos que fueron recopilando los novicios a instancias del formador, y metiéndolos en el ordenador. Se quedó varios días hasta altas horas de la noche. Realizó un gran trabajo; por entonces, ni imaginaba que años más tarde, él sería uno de los que marcharan a aquellas tierras y dejara una huella tan  profunda.

Espiritualmente, era un muchacho profundo, devoto y temeroso de Dios.”
Pedro Manuel emitió los primeros votos el 15 de agosto de 1990.

Interrupción por el Servicio Militar
Hubo de interrumpir el noviciado por un período de 9 meses, tiempo en que realizó el servicio militar entre 1989 y 1990 en Cerro Muriano (Córdoba). Sobre este hecho cuenta la hermana Pepa:

“Un día Pedro Manuel me dijo: «Pepa, a mi no me gusta pedir favores, pero no quiero coger armas, ¿Tú no conoces a nadie que me pueda ayudar para hacerme objetor de conciencia?»”.
La objeción de conciencia no fue posible hacerla pero, contra toda esperanza, fue trasladado a las oficinas del cuartel. Un compañero decía de él en Internet cuando conoció la noticia:
“Lo conocí haciendo la mili en Cerro Muriano, 1990, una gran persona” (Rafa)

Hogar de la calle Osio

Después de profesar los votos temporales es destinado al Hogar que estaba situado en el nº 10 de la calle Osio, una calle de la judería cercana a la Catedral, donde Pedro iría a escuchar Misa asiduamente.

Su labor en Córdoba puede definirse como abnegada y silenciosa. Durante 9 años acogió y educó a varios grupos de hermanos. Además, era hermano de referencia para algunos niños mayores del Hogar que ya se habían emancipado. La sencillez de Pedro Manuel hacía posible que todos se pudieran acercar a él.


Mansedumbre, paciencia, bondad y mucha humildad
Así lo definen los que lo conocieron en Córdoba. Se prodigaba en atenciones a “sus niños”; nunca levanto la mano a uno. Hubo uno que un día hizo una gran trastada. Esa quizá fue la única vez que Pedro Manuel dio un cachete a un niño, y antes de hacerlo le advirtió de lo que iba a hacer y le pidió perdón. El niño, hoy ya adulto, recuerda este hecho con gracia, pues él mismo reconoce que apenas fue una cachetada en el trasero y que le hizo cosquillas. Pero este hecho no deja de decirnos esa bondad y delicadeza que siempre tuvo con los menores que se le encomendaban.

Además, Pedro Manuel siempre ha destacado por su humildad. El obispo de Esmeraldas decía que la humildad del hermano Pedro era una humildad institucional. Una de las hermanas que más lo trató en Córdoba, la hermana Pepa, dirá de él:
“Pedro Manuel era paciente y humilde. ¡La humildad la tenía tan asumida!, y ahora lo veo más claro. Esa humildad que tenía la trasmitía también a los niños en su forma de ser; ¡como corregía al otro sin hacerlo con violencia! en eso destacó muchísimo Pedro Manuel.
En una ocasión, estando en el campamento, en Chiclana, yo le gritaba a Pedro Manuel diciéndole «¡Pedro Manuel! ¡A tu niño, Antoñito, lo tienes hecho caca hasta arriba!» aquel niño tendría siete u ocho años. Pedro Manuel llamó enfadado al niño: «¡Antoñito, ven para aquí!». Yo pensé (cuenta la hermana) que le iba a regañar, pero cuando el niño se acercaba le decía «¡Papá, papá!», y eso a él lo desarmó y le dijo suavemente: «anda y vete para la ducha».”

Trabajo de oficina y dedicado a los niños
Una vez instalado en la calle Osio, se le encomendó llevar el archivo del Hogar de Nazaret, que se encontraban en la misma casa, pues ésta fue, hasta el 2010, la Casa Madre de la Asociación. También llevó este trabajo con suma dedicación y cuidado. Pero este trabajo le absorbía, por lo que se vio conveniente pedir ayuda a don Ángel Yergo, un amigo de la comunidad que había trabajado como administrador en un banco. También don Ángel guarda buenos recuerdos de Pedro Manuel, al que trató asiduamente:
“La primera vez que yo vi a Pedro Manuel, estando él en el noviciado, me dije: «pero si este es un crío». No sé que edad tendría; pensé que sería uno de los niños de la hermana Pepa, era muy joven.

Hasta 1995 Pedro Manuel se encargaba de llevar la parte de la administración de toda la Asociación, además de los niños que tenía encomendados y de la casa; fue Pepa quien me pidió si le podía echar una mano. Para él era mucho trabajo.
A partir de 1995, aproximadamente, colaboraré más directamente con el Hogar, yendo a trabajar y arreglar papeles en el Hogar de Pedro Manuel, en la calle Osio. Iba una vez por semana.

Fue entonces cuando Pedro Manuel, la verdad, se quedó más tranquilo, se dedicaba a los niños. Todas las mañanas yo iba muy temprano, y si él no había vuelto de llevar a los niños me tocaba esperarlo en la puerta, hasta que un día me dijo, «tú te quedas con las llaves y entras». Así lo hice; Pedro Manuel se dedicaba más a las cosas propias del Hogar, en particular a los niños: Era una alegría porque los niños estaban siempre muy contentos.
Además era muy ordenado con el archivo, que no dejó de cuidar. Pedro Manuel tenia un sitio determinado para cada cosa, recuerdo que había veces que le tenía que llamar por teléfono, a Ecuador, para encontrar algún papel, y me decía exactamente donde estaba («en la carpeta tal, en tal sitio»)”.

3. Quinindé (Ecuador)
En 1999 Pedro Manuel es destinado a Ecuador, al Hogar que la Institución tiene en la ciudad de Quinindé, para reforzar el trabajo que estaban realizando allí los hermanos. Así lo cuenta la hermana Juani, directora de Hogar de Nazaret en Ecuador:

“Pedro llegó a Ecuador a finales de marzo del año 1999. Yo no lo conocía bien, sólo tenía referencias de él. Recuerdo, a su llegada, la alegría que traía y los grandes deseos de servir.
Al llegar a Quinindé encontró a un gran número de niños y mucha actividad fuera del Hogar: Escuela, catequesis, formación de catequistas y profesores,… A pesar de ser muy hogareño, intentó integrarse, pues sabía que iba a este lugar para apoyar y ayudar a los hermanos; puso todo de su parte. Pero esta actividad hacia afuera no impidió que él reaccionara y dedicara el tiempo necesario a cada cosa: tenía bien claro que la vida interior se alimentaba principalmente de la meditación y la oración. Esto me lo fue comentando en Quito, cunado tuvo que estar dos semanas de rehabilitación, pues se torció un tobillo. En ese tiempo pude conocerlo mejor; vi que tenía deseo de que se le ayudara, y puedo decir que se dejó guiar.”

Rodeado de sus niños
No había pasado mucho tiempo y todos los niños y niñas se le fueron acercando, era un imán; siempre tenía tiempo para jugar con ellos y contarle su repertorio de historietas. Los niños no tardaron en llamarle “papi Pedro”, pues realmente encontraban en él la ayuda que necesitaban: si había que arreglar algún juguete u otra cosa, acudían a «papi Pedro», si necesitaban ayuda para alguna explicación del colegio, sobre todo de matemáticas, acudían a «papi Pedro»; si necesitaban información de Internet, o hacer algún trabajo en ordenador, allí estaba el paciente «papi Pedro» para echar una mano. “Ya pudiera estar ocupadísimo que nunca decía «no, no puedo»; esta virtud se les ha quedado a los niños muy grabada”, nos recuerda la hermana Juani.

Son muchos los testimonios que han llegado de sus niños; presentemos algunos:
“El papi Pedro nos enseñó a valorar a todas las personas tal como son. Siempre hacíamos teatros con él; era tan divertido y alegre. Nunca dejaba de tener su guitarra, la llevaba a la Misa y en el Rosario; él así demostraba su felicidad con todos los jóvenes. Generoso, inteligente y muy humilde, ese era para mi Papi Pedro.

Nos ayudaba en los deberes, especialmente en inglés. Me encantaba cuando le pedíamos algo, él enseguida lo iba a hacer, tan detallista; siempre estuvo para nosotros.
Él me enseñó a luchar por todo lo que deseaba en la vida, que tenemos que estudiar para salir adelante y eso me gustaba de él: le encantaba estudiar, en cada viaje que hacíamos él no olvidaba sus libros, y yo voy a seguir su ejemplo, esforzándome en mis estudios y demostrándole que yo sí puedo” (Alexandra, 16 años).

“Mis hermanos, Francisco y Toño, y yo, nos quedamos con papi Pedro en Quinindé cuando los otros muchachos se fueron al Hogar de Quito. Todo el tiempo que el papi pasó con nosotros supo brindarnos su amor de padre. Cuando él se iba a España siempre nos daba miedo pensar que no regresaría, cuando regresaba era una gran alegría para todos tener al papi Pedro de vuelta” (Ramón Tenorio, 19 años).

La escuela Santa María de Nazaret
En el año 2001 asume la dirección de la escuela Santa María de Nazaret; una opción difícil, pues había algunos padres de familia muy conflictivos y otros profesores que también estaban dando problemas. Dice la hermana Juani:

“Cuando se le propuso dirigir la escuela no hubo por su parte ninguna negativa a pesar de ser consciente de cómo estaba la situación. Todo lo aceptó como voluntad de Dios”.
Acto seguido el obispo de Esmeraldas, Mons. Eugenio Arellano, lo nombró delegado suyo por ser la escuela de carácter fiscomisional (lo que en España conocemos como colegios concertados).

Pronto los profesores y padres de alumnos descubrieron que el hermano Pedro Manuel no tenía las cualidades de los hermanos anteriores: abiertos, emprendedores... Y comenzaron a hacer comparaciones. Esto para él fue también difícil, pues tuvo que sufrir muchas indiferencias y comentarios como estos: «No sabe ni hablar en público», «no se presenta a todos los eventos», «es muy blando, muy tímido».

Pero poco a poco todo fue cambiando, la gente fue descubriendo quien era el hermano Pedro  Manuel y Quién lo sostenía. Así lo afirma Mercedes Cano, directora y profesora de la Escuela, que comparte este precioso testimonio:
“No habrá una persona en este Quinindé y en la institución nazarena que no haya respetado y amado al Hermano Pedro, porque él, con su ejemplo de vida, nos condujo a la sencillez, a la bondad, a la solidaridad.

El Hermano Pedro es un testimonio de cómo vivir plenamente: amaba lo que hacía, disfrutaba de su trabajo, quería mucho a los niños, y digo que hasta los consentía demasiado; consideró mucho a los maestros de la institución y nos ayudó a superarnos pues él decía que debíamos ser perfectos porque Dios es perfecto. En un retiro espiritual que nos dio yo no entendía esto, incluso refuté lo que mencionaba diciéndole: «¡Cómo voy a ser perfecta si sólo Dios es perfecto!»; a lo que el hermano me respondió: «¿Acaso tú no eres hija de Dios?». Le dije «Si», «entonces (me dijo) ¿Cómo crees tú que quiere Dios a sus hijos? Los quiere perfectos y felices, por lo tanto trata de vivir tu vida lo más perfecta posible a pesar de las tentaciones».

Era muy humilde en su manera de vivir, y accesible, pero imponía con delicadeza su autoridad y ya sabíamos que una orden era una orden y debía cumplirse.
Nos enseñó que el amor todo lo puede y que la rutina destruye todo, por lo tanto teníamos que renovarnos, preparándonos en todo sentido; por ello nos dio la oportunidad de estudiar, sacar un título; la mayoría de los que estuvimos en esa época sacamos un titulo profesional. Él fue como nuestro padre, nos decía: «El maestro nazareno debe tener predisposición al cambio y esa es nuestra fortaleza». También sembró en nosotros el deseo de preocuparnos por nuestra economía y tener cada uno nuestra casita propia, y así no vivir pagando el alquiler, es decir, nos impulsaba a mejorar. Nos alentó a la superación, al servicio y a la paciencia, él tenía tanta paciencia”.

Confianza en la Virgen y cuidadoso con lo sagrado.
 Como decíamos hace un momento, fueron años duros, pues a él le toca la labor de fortalecer y proyectar una escuela con sólo 8 años de existencia y con más de 500 alumnos, muchos de ellos procedentes de familias muy pobres. En este tiempo el “hermano Pedro” (así lo conocían en Ecuador), con su abnegada labor, no sólo logró mantener la Escuela, sino que realizó la ampliación hasta Bachiller. Para esta ardua labor tuvo dos secretos: el primero de ellos es la obediencia, lo consultaba todo a sus superiores. El segundo era su confianza en la Virgen María; en los años más difíciles de la escuela él, cuando iba a Quito, al Hogar del hermano Manuel, le decía: “Si la escuela se mantiene en pie es por la acción de la Virgen; eso parece claro”.

 Otro signo del amor y confianza en la Virgen María era el escapulario de la Virgen del Carmen que llevaba consigo; esto procuraba que nadie lo supiese. También el hermano Manuel da testimonio de ello.

El hermano Pedro era, además, cuidadoso y atento con lo Sagrado. En una ocasión el hermano Manuel organizó a un grupo de jóvenes de Quito para ayudar a Pedro y arreglar voluntariamente algunos desperfectos de la escuela: columpios, ordenadores, pintar una pared de un patio; cuando ya los tenía organizados al grupo de los diez jóvenes el hermano Pedro Manuel le pidió tres de ellos para arreglar una buena capilla para el Sagrario, pues en ese tiempo el Sagrario estaba en el despacho del padre Cristóbal, también en la escuela. El hermano Pedro sacrificó una de las mejores aulas para montar ahí una linda y digna capilla.
La directora, Mercedes Cano apunta a este respecto:

“El Hermano Pedro amaba mucho su misión, tenía una fe muy grande en María. Le gustaba leer mucho y estudiar, no era ostentoso y nos exigía preparar las procesiones, las misas, la noche cultural con gran esmero, especialmente las representaciones del nacimiento de Jesús; nos daba los videos, los libros, nos ayudaba en el guión para que las representaciones salieran como él decía, perfectas”.


Este es el hermano Pedro Manuel
Sin embargo, el hermano Pedro huía de cargos; por ello, en el año 2008 pidió el relevo en la dirección de la Escuela, petición que le fue concedida sin dejar por ello la docencia. Su vida eran los niños, pero sobre todo los que estaban acogidos en el Hogar. No escatimaba en tiempo y en esfuerzo para dedicarse a ellos: estudio, juegos, excursiones, teatros familiares, catequesis…

Además de su entrega a los niños, el hermano destacaba por su sencillez. De él se ha dicho que “pasó por la vida sin hacer ruido”. Unida a esta sencillez destacan también su pobreza evangélica (espiritual y material); su alegría y su bondad: “para servir era el primero” (Nos dice Mª del Prado, Directora General del Hogar de Nazaret.

Además de sencillo, era, realmente, pobre consigo mismo. En una de sus visitas a España, en el año 2003, se vino con el único calzado de unos zapatos para todo. Cuando le entregaron unas zapatillas para jugar fútbol y se le preguntó si le quedaban bien él respondió: “Sí, tengo pie de pobre”. El novicio que escuchó esa expresión se pensaba que tener “pie de pobre” era una anomalía en los pies, como puede ser tener los “pies planos”. Con el tiempo comprendió que más que una anomalía, era una virtud: todo lo aceptaba como venido de la mano de Dios, y, por lo mismo, no lo exigía.

Otra de las virtudes por las que se caracterizaba Pedro Manuel era por su sentido profundo de la fraternidad. Lo primero para él eran sus hermanos de comunidad; dejaba todo por acudir a atender a algún hermano que pasara por una situación difícil; “era todo para todos”. También el hermano Manuel nos refiere alguna anécdota al respecto:

“Cuando tuve alguna dificultad en Quito, sabiendo Pedro Manuel que podía sentirme solo, no dudaba en dejar aparcado todo lo que tenía entre manos en la misión para venir a acompañarnos a mí y a los niños. Dejaba clases, catequesis, reuniones, y, si era necesario, a sus propios niños con familias conocida para estar con la comunidad.

 Así lo hizo, por ejemplo, cuando me comunicaron que en breve tenía que retornar a España para entrar en el seminario de Córdoba. Cuando se lo dije a Pedro por teléfono me dio que no podía venir a acompañarme pues en septiembre el trabajo se le acumulaba en la Escuela; pero, no sé como, en menos de cinco horas ya estaba en Quito para pasar esos últimos días conmigo. Siempre procuró estar muy cerca de la comunidad”.

Otro amigo del hermano Pedro, el padre Cristóbal, que ejerció su ministerio en la escuela Santa María de Nazaret durante el tiempo que Pedro Manuel fue director nos cuenta de él:
“El hermano Pedro era humilde, sencillo, caritativo, de espiritualidad profunda; alegre. A tiempo completo trabajaba atendiendo a los niños a él confiados. Sonreía con alegría; jamás lo vi molesto ni le oí regañar a nadie. Fue un hombre en quien se podía confiar: cuando yo tenía alguna necesidad por motivo de mi misión, él dejaba su trabajo para ayudarme; varias veces me echó una mano concluyendo mis trabajos de la universidad y me los enviaba a Quito”.

Sí, este es el hermano Pedro Manuel. Un hijo de Dios, que procuró responder con fidelidad a su vocación, un hermano muy cercano para sus hermanos y hermanas, un padre para los niños, un compañero para los profesores de la Escuela, un maestro atento para los alumnos, un buen amigo para todos los que lo conocieron.

El Señor en todos esos años, los de Cádiz, con su familia; los de Córdoba, en el noviciado y en su hogar de la calle Osio; y los años en Ecuador, lo fue preparando y él le fue respondiendo muy generosamente, hasta que nuestro mismo Padre Dios vio que el fruto ya estaba maduro…

“Si el grano de trigo muere…” Jn 12,24
El  5 de febrero de 2012, domingo, la comunidad misionera se había ido con los niños y niñas que tienen acogidos a una playa cercana a la misión.

Ese día habían ido todos juntos a la parroquia de Atacames, a la Misa  dominical. Después de la Eucaristía la hermana Rosi, con otra niña mayor, se quedó en una casita que les habían prestado para la ocasión, haciendo la comida. El hermano Pedro y la hermana Juani acompañaron a todos los niños para que se bañaran en las aguas del océano Pacífico, en las playas del mismo Atacames. Esa mañana habían avisado por radio que esa zona del Pacífico era insegura pues se preveían pequeños terremotos. Pero, lamentablemente, la noticia no llegó a esta zona de la costa, los mismos guardacostas desconocían esta advertencia y no pusieron la bandera amarilla que sí ondeaba en otras playas de Esmeraldas.

Estando los niños jugando en el agua tranquila cerca de la orilla, de pronto un remolino se llevó a siete de ellos hacia dentro. El hermano Pedro, a pesar del respeto que solía tener al mar, no dudó en lanzarse al agua  diciendo “tengo que salvar a mis niños” y los fue sacando uno por uno.

Fue una lucha despiadada, ya que el mar se había embravecido e iba metiendo a los niños hacia dentro. Una mujer se aventuró a intentar ayudar a una de las niñas, Ashly, pero al comprobar la fuerza que tenía el mar se salió del agua dejando a la niña decepcionada. El hermano Pedro sí los fue alcanzando uno a uno. Los mismos niños mostraron ese día lo mucho que se querían entre ellos. Cuando Pedro logró sacar a Zairo, se dio cuenta que este niño se había vuelto al mar para intentar ayudar a Ashly, y se lo tuvo que impedir.

Los dos últimos niños fueron Selena y Alberto. Estaban ya muy lejos, dice la hermana Juani, “apenas se distinguían sus cabecitas desde la orilla”. Selena nos cuenta la lucha despiadada del hermano Pedro para ayudarlos:

“Aunque yo no sabía nadar muy bien, estaba tranquila, pues sabía que mi papi nos iba a salvar. Pero cuando llegó hasta nosotros vimos que estaba muy cansado. Nosotros le animábamos. Cuando ya nos tenía cogidos una ola nos volvió a separar, y el papi volvió a acercarse para ayudarnos, pero también nosotros le teníamos que ayudar a él.”

Un hombre que tenía una tabla de surf se la intentó acercar al hermano Pedro. Lo último que pudo hacer por sus niños fue impulsarlos y montarlos en la tabla. El surfista los sacó a la orilla, y volvió a por el hermano, que ya tenía los pulmones encharcados.

Consiguieron acercarlo a la orilla, todavía con pulso, pero allí, rodeado de sus niños, fallecía exhausto. Ellos le pedían a Dios que no se llevase a su papi, pero Él ya le tenía preparado un lugar en el Cielo, seguramente muy cerca de la Virgen María, la Madre a quién tanto amó y a  quien acudiría para conseguir salvar a sus niños.

Al conocer la noticia, el obispo de Esmeraldas, Mons. Eugenio Arellano, afirmaba que “el hermano Pedro murió como vivió” entregado a Dios y a los niños.

En un domingo en el que en muchas diócesis se celebraba la jornada de la Vida Consagrada, nuestro hermano nos recordó hasta dónde puede llegar el amor a Dios y al prójimo. El lema de la Familia Hogar de Nazaret es: “Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Así lo ha vivido Pedro Manuel.
Estatua a un héroe, Pedro Manuel Salado de Alba
Los niños lo despiden
Chabela (13 años)
“Gracias por ser el mejor Papi. Contigo aprendí lo bella que es la vida y a valorar lo importante que es tener amigos. Te quiere mucho tu hija: Isabel Andrade”.

Siria (11 años)
“Cuando yo decía «no puedo», él me decía «no pierdas las esperanzas, Siria, no las pierdas».

Papi Pedro era cariñoso con sus niños y con nosotras, siempre estaba ahí para ayudarnos y por eso nunca lo voy a decepcionar. Yo sé, Mami Prado, que todos estamos con pena, pero deberíamos tener más pena de nosotros mismos.

Al enterarme que mi Papi Pedro tenía 20 minutos de vida sentí que el mundo se me venía encima. Yahaira me decía «Siria no llores, Papi Pedro está en el cielo y no quiere que llores y además vamos a comprar a otro Papi Pedro». Las palabras de Yaha me ayudaron, pero al mismo tiempo me ponía triste porque yo sabía que no compraríamos a otro Papi Pedro.
Pero ya no estoy triste bueno, no tanto como antes, porque cuando duermo lo veo y saltamos, jugamos, cantamos, tocamos en un hermoso jardín y cuando terminamos siento que se alegra de mí y yo le digo «chao» o «nos vemos», y él me dice «Sí, nos vemos en la otra vida, Siria, donde gozaremos de la alegría».

Cuando el hermano Pedro Manuel estaba en la orilla, exhausto y con los pulmones encharcados, fue Siria, sin nadie decirle nada, la que movilizó a todos los niños y niñas, y los movió a rezar, todos de rodillas, en la orilla, pidiéndole a Dios que no se llevara a su “papi Pedro”.

Tania Maribel (13 años)

“Hola Mami Prado, soy Tania Maribel, no puedo expresar con letras lo que a sido para mi papi Pedro. Desde chica yo he vivido siempre con sus enseñanzas y sus ejemplos, lo he visto como el padre desprendido y pendiente de todos nosotros.

Era alegre y le gustaba la música, su ilusión era hacer un coro con nosotras. Este año cantamos en las comuniones y confirmaciones, era divertido, él era la voz principal y guitarra. Y ahora ¿cómo cantaremos? Sin él ya no es lo mismo. También era mi profesor de religión, la paciencia era su don, nos enseñó muchas cosas de Dios en nuestro grado. Nuestro lema era “Amar a nuestros enemigos”.

Su partida nos duele, pero estamos alegres de que esté donde quería estar, Junto a Dios. Nosotros siempre te llevaremos en nuestro corazón. No nos preocuparemos porque muy pronto estaremos juntos otra vez.”

Angélica (22 años)

“Papi Pedro me enseñó, que hay que entregar amor a los demás, aunque nos desagraden algunas personas, él decía: «nunca dejes de sonreír a sus enemigos, verás los resultados después, que todo se puede con paciencia y amor». Cuando a veces me escuchaba hablar desanimada me decía, «sonríe, Angélica, que la vida hay que vivirla con alegría, con la ayuda de Dios todo se puede».

Cuando tuve un problema en mi hogar el papi estuvo como un padre ayudándonos en mi problema, con la mami Juani, esa noche; me sentí tan alegre por dentro viendo que la mami y el papi Pedro estaban con nosotros, apoyándonos y aconsejándonos. Y al siguiente día, como buen padre, me preguntó: «¿Cómo estás, Angélica?»; le dije «bien, papi, gracias por su consejo». Me sonrió y me dijo «de nada, aquí estoy par ayudarte».

Papi Pedro a pesar que era un padre para mi, también cumplió con su papel de padrino. Un día en la tarde fui a la casa y me nació decirle: «¡Buenas tardes, padrino!». El sonrió y me dijo: «Recién me lo vienes a decir», y yo le dije: «es que usted es mi papi Pedro». Mi papi Pedro sabía que tenía 2 papeles conmigo: era mi papi y padrino.

La última vez que hable con él fue cuando se fue a la playa; le dije: «Cuídese, papi, maneje con cuidado, que quiero que regresen pronto»; y él me dijo: «no te preocupes, ahijada, que vamos a regresar muy pronto».

Lorena Andrade (12 años)
“A papi Pedro no le hubiera gustado que haya tristeza ni llantos en esta casa, le hubiera gustado que estemos contentos. Sabemos que ya no le volveremos a ver, ni que estará con nosotros personalmente, pero está en nuestro “corazón”. A él le hubiera gustado que estemos muy felices, porque ahora él está con Dios gozando del Paraíso.

Gracias papito. Eres nuestro héroe y también nuestro ángel de la guarda que va a estar siempre con nosotros” (Lorena).
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Fuente: Me fue enviado desde el
HOGAR DE NAZARET

Dirección:  C/ Poeta García Lorca, nº 2A, 1º
14500 Puente Genil (Córdoba) Telf: 957604648
Email: hnpuentegenil@yahoo.es
Web: www.hogardenazaret.org

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